kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
TRISTE
Tras este trago sepia de cerveza
con el que suelo bautizar mis versos
acabo de caer en que el archivo
(me refiero al archivo en el que escribo)
lleva el nombre del último poema:
feliz definitivo punto doc.
¡Y no pienso cambiarlo!,
no pienso hacerlo, porque me define
de puta madre: una corteza alegre
no quita a que la pulpa sea amarga.
Tengo, no sé por qué, la sensación
de que esta tarde es buena para arar
este poema, porque es de esos días
en los que la nostalgia se abre paso
como aquel tren de Turner en la niebla.
Y despierto, de pronto, en ese tiempo
en el que mi tristeza era feliz
y mis huellas rodaban calle abajo
y sentía ese vértigo
de no encontrar la forma ni el momento
de saltar de una vez de aquel convoy
que fundía en el vientre de sus calderas
el carbón de mi tiempo.
Pero no sé por qué
siento que ya no siento lo de ayer...
Serán tal vez aquellas duras capas
de las que hablaba mi querido amigo
y que sepultan eso que subyace.
Me asomo a la ventana y frente a mí
un mundo entero que me mira verde
Verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas…
y que verde me silba
y que verde me dice:
Deja ya de escribir por escribir
y abrázate con fuerza a las caderas
de mis ondas y sácame a bailar
sobre las acuarelas de tus sueños.
¿Por qué no ejerces la locura cuerda
de vivir la poesía aquí y ahora?
Follemos hasta hartarnos
y de Bing-Bang en Bing-Bang agotemos
cada uno de nuestros universos.
Me gusta tanto lo que dices, mundo…,
pero yo no soy más que un gris robot.
Sigo las instrucciones que me dictan.
Emulamos los mundos del humano
y como hay tanto humano solo y triste
pues fui, ¡maldita sea!, concebido
como un triste al cuadrado.
Mi querido robot, ¿no te das cuenta
de que esa gente son también robots
como tú, programados a su vez
por otras mentes blancas de silicio?
Además, dudo mucho, ¡es imposible!
que el sentimiento sea computable.
Quien maneja los bits de este sistema
sabe muy bien que el único horizonte
que conoce el rebaño es el pastor:
ese pastor eléctrico del miedo
que os protege el redil y la ración
de salvado y patatas.
Es normal que no sientas la tristeza:
no hay tristeza sin vida que la esculpa
como tampoco existe
la llama sin un fuego que la prenda.
La noche ya ha bordado
de perlas negras mi ventana verde
y el mundo me habla con sus astros ciegos.
Mi admirado robot,
¿es que acaso es posible programar
la secuencia inefable
que crea la tristeza y su temblor?
Recuerda aquella tarde de diciembre
de espuma inmensa y fluctuante: el mar,
la lluvia, las gaviotas, el silencio,
todas aquellas bocas tan abiertas
y los puños cerrados sin aliento
ante un grito ancestral de caracolas.
La presencia brutal de todo un mundo
sostenido en el duro mineral
de las pupilas lisas de tu madre.
Ese temblor es la tristeza, solo
ese temblor. Recuerda, compañero,
que cuando todo pierda su sentido
y el cielo se desgaje
y ya nada te importe,
si tu existencia aún y todo tiembla,
entonces, no lo olvides: estás vivo.
Y de pronto su mano boreal
se posa en el collado de mi nuca
y con ternura corta aquellos cables
que secaron los vástagos de luz
de mi espina dorsal.
Y en este delicioso amanecer
el mundo estrena su tristeza en mí
y mis labios, sí sé por qué, recitan:
verde que te quiero verde,
verde viento, verdes ramas...
Kalkbadan
En Madrid, a 26 de octubre de 2019
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