Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
SÓLO FUIMOS AVES NEGRAS
Fatigados. El amor había mojado la cama como un niño.
Las hormigas del frío en nuestros cuerpos nos habían despertado.
Yo pensaba en la engañosa inmovilidad del tiempo
y en cómo los edificios, mordiéndose los labios, permanecen quietos.
Pero la noche soltó las primeras aves negras y todo comenzó a moverse.
Las cosas nos miraban como animalillos desde su rincón seguro.
Tú, profeta de eso que algunos llaman rocío,
habías infectado de armisticios cada una de mis guerras
y de colores mis ojos blanco y negro.
Pero tras la agitación de alas se iban revirtiendo los procesos.
Las cigarras de mi lengua nacían, como todas, desahuciadas.
Tuve entonces que entonar en tu cuello el próximo segundo,
porque las agujas del reloj abandonaban ya el suspenso.
Las seis era nuestra hora cenicienta.
Yo quise guardar para el invierno algunas de tus migas.
Quise guardar en la memoria de mis dedos tus medidas,
y entre mis uñas el recurrente petricor de tus contornos.
Quise cuajarte de mis íntimas razones, pero no te descifraba.
No existe lenguaje para cada pixel que hace tu nombre.
Me quedaron siempre los márgenes en blanco
y más allá de las ventanas, tanta gente.
Recuerdo que rugían los motores y recuerdo los pasos de un diluvio,
y a los paraguas que nacidos en las testas zaherían el silencio
con el miedo a aguas extrañas. Hubiera preferido, del mar, sus improperios,
o los sorbos de espuma que a Alfonsina le hacen recordar,
su trayecto hasta ese punto. Demasiado para un día.
…Y esa pandemia de rostros que jamás habíamos visto.
“¿Es sólo sexo?” Preguntaste, y conteste preguntándote lo mismo.
“Es sólo sexo”, confirmábamos en coro,
mientras eyaculábamos las dudas que intentaban delatarnos.
Había en el ambiente esa mezcla de vino y mirra que lo seda todo,
mientras por los lados opuestos al punto seguido de otro encuentro,
abandonábamos el tálamo. Un nuevo párrafo
quizás nos hubiera deparado hasta una historia.
Pero ya sedados, fuimos dos cobardes en un duelo,
pidiéndonos perdón el uno al otro por cada vida arrebatada.
La exhumación hubiera sido mejor que “cada uno por su lado”.
Pero nacimos bajo las sombras de Hiroshima estampados en los muros,
donde nuestros cuerpos se volvieron radiactivos.
La noche siguiente volveríamos a extirparnos de todas las paredes,
y la siguiente a sembrar megatones en todas las orillas.
Desde luego, y ambos estábamos al tanto, así jamás seríamos.
La verdad: recolectábamos maná apegados a las reglas.
Mientras, se pudrían las raciones que excedían nuestros cuerpos.
Y hoy sabemos que cuando el ave negra se pose en el álamo
de todos los presagios, el argento en el revés de cada hoja
pintará de lunas nuestros nombres. Luego dejaremos los Avatares
en el lecho, para encontrarnos bajo el sol con el aliento entrecortado,
diciéndonos como viejos conocidos: “Pero ayer éramos tan jóvenes…
¿Por qué perdimos tanto tiempo?”.
Fatigados. El amor había mojado la cama como un niño.
Las hormigas del frío en nuestros cuerpos nos habían despertado.
Yo pensaba en la engañosa inmovilidad del tiempo
y en cómo los edificios, mordiéndose los labios, permanecen quietos.
Pero la noche soltó las primeras aves negras y todo comenzó a moverse.
Las cosas nos miraban como animalillos desde su rincón seguro.
Tú, profeta de eso que algunos llaman rocío,
habías infectado de armisticios cada una de mis guerras
y de colores mis ojos blanco y negro.
Pero tras la agitación de alas se iban revirtiendo los procesos.
Las cigarras de mi lengua nacían, como todas, desahuciadas.
Tuve entonces que entonar en tu cuello el próximo segundo,
porque las agujas del reloj abandonaban ya el suspenso.
Las seis era nuestra hora cenicienta.
Yo quise guardar para el invierno algunas de tus migas.
Quise guardar en la memoria de mis dedos tus medidas,
y entre mis uñas el recurrente petricor de tus contornos.
Quise cuajarte de mis íntimas razones, pero no te descifraba.
No existe lenguaje para cada pixel que hace tu nombre.
Me quedaron siempre los márgenes en blanco
y más allá de las ventanas, tanta gente.
Recuerdo que rugían los motores y recuerdo los pasos de un diluvio,
y a los paraguas que nacidos en las testas zaherían el silencio
con el miedo a aguas extrañas. Hubiera preferido, del mar, sus improperios,
o los sorbos de espuma que a Alfonsina le hacen recordar,
su trayecto hasta ese punto. Demasiado para un día.
…Y esa pandemia de rostros que jamás habíamos visto.
“¿Es sólo sexo?” Preguntaste, y conteste preguntándote lo mismo.
“Es sólo sexo”, confirmábamos en coro,
mientras eyaculábamos las dudas que intentaban delatarnos.
Había en el ambiente esa mezcla de vino y mirra que lo seda todo,
mientras por los lados opuestos al punto seguido de otro encuentro,
abandonábamos el tálamo. Un nuevo párrafo
quizás nos hubiera deparado hasta una historia.
Pero ya sedados, fuimos dos cobardes en un duelo,
pidiéndonos perdón el uno al otro por cada vida arrebatada.
La exhumación hubiera sido mejor que “cada uno por su lado”.
Pero nacimos bajo las sombras de Hiroshima estampados en los muros,
donde nuestros cuerpos se volvieron radiactivos.
La noche siguiente volveríamos a extirparnos de todas las paredes,
y la siguiente a sembrar megatones en todas las orillas.
Desde luego, y ambos estábamos al tanto, así jamás seríamos.
La verdad: recolectábamos maná apegados a las reglas.
Mientras, se pudrían las raciones que excedían nuestros cuerpos.
Y hoy sabemos que cuando el ave negra se pose en el álamo
de todos los presagios, el argento en el revés de cada hoja
pintará de lunas nuestros nombres. Luego dejaremos los Avatares
en el lecho, para encontrarnos bajo el sol con el aliento entrecortado,
diciéndonos como viejos conocidos: “Pero ayer éramos tan jóvenes…
¿Por qué perdimos tanto tiempo?”.