Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
No miré los escombros
que había detrás de las paredes.
No miré las sábanas colgando,
como velas de navío
que llenaban de aire y humedad el lecho.
No miré la mano que descansaba
sobre la madera de la puerta
dando pequeños golpes,
sin sacrificios,
sin ninguna promesa
que no pudiera cumplirse
cuando el reloj se para en los recuerdos.
No miré a uno y otro lado
al cruzar la calle con todas sus heridas,
de vuelta de todo
en su camino hacia nada.
No miré los perfiles de tu risa,
la lengua de ese sol
que lame las montañas,
que se entretiene en ellas,
como niño descalzo en un jardín de bolas,
en un hemiciclo donde la paz no viene.
No miré el vínculo que te amarraba a mí,
el ángulo de esos lados convergentes
abierto hacia la luna
en su blanco despegue de la noche.
No miré hacia otro lado
sabiéndote cerca,
aún inexistente,
alborotando el cauce del desierto
fuente de la sinrazón del poeta,
desatino de la lógica suicida
de la estrella.
No miré cuando debí hacerlo
y tú reconociste
mis errores de cálculo,
mi falta de experiencia con los números,
la nula precisión del cero.