Maroc
Alberto
Yo veo cosas que vosotros no podéis ver
porque no habéis conocido a la Bestia;
como nosotros...
y no hablo de sus pupilos
que aún caminan,
sino de la verdadera Bestia.
Con cada bostezo, gruñido o reniego
llena el ambiente de partículas infinitesimales que,
dispuestas en bandas,
como los colores del arcoíris,
ocupan el aire a vuestro alrededor,
las pequeñas moléculas
entran por los párpados
y os hacen ver colores en los hombres
distintos unos de otros,
os hacen ver formas diferenciadas
entre los hombres y las mujeres,
conjugándose con las papilas gustativas
hacen que los tonos de los hombres
sean unos apetecibles
y otros desagradables,
hasta haceros querer u odiar a los hombres
según el particular color
con el que se os han aparecido,
y así, las formas diferentes
entre las mujeres y los hombres
se acentúan hasta creer
que son verdaderamente distintos en categoría,
y aplicar, por lo tanto,
medidas distintas para cada forma.
Entran sus impuras partículas
por vuestros oídos
y confunden los significados
haciéndoos escuchar
lo que jurasteis nunca haber querido oír,
nombres que jamás hubierais deseado escuchar,
proclamas,
consignas,
argumentos
que hubierais querido desechar al instante,
ahora que aparecen dulcificados
y disimulados en sus formas,
resultan apetecibles
creando ligera opinión,
para transformarse, más tarde, en pensamientos, ideología.
Y así la Bestia teje su red,
con sedimentos imperceptibles
prepara su lecho;
su sólido asiento,
mi suerte sería no estar aquí
para verla regresar,
pero como ya he comprobado,
no tengo suerte.
porque no habéis conocido a la Bestia;
como nosotros...
y no hablo de sus pupilos
que aún caminan,
sino de la verdadera Bestia.
Con cada bostezo, gruñido o reniego
llena el ambiente de partículas infinitesimales que,
dispuestas en bandas,
como los colores del arcoíris,
ocupan el aire a vuestro alrededor,
las pequeñas moléculas
entran por los párpados
y os hacen ver colores en los hombres
distintos unos de otros,
os hacen ver formas diferenciadas
entre los hombres y las mujeres,
conjugándose con las papilas gustativas
hacen que los tonos de los hombres
sean unos apetecibles
y otros desagradables,
hasta haceros querer u odiar a los hombres
según el particular color
con el que se os han aparecido,
y así, las formas diferentes
entre las mujeres y los hombres
se acentúan hasta creer
que son verdaderamente distintos en categoría,
y aplicar, por lo tanto,
medidas distintas para cada forma.
Entran sus impuras partículas
por vuestros oídos
y confunden los significados
haciéndoos escuchar
lo que jurasteis nunca haber querido oír,
nombres que jamás hubierais deseado escuchar,
proclamas,
consignas,
argumentos
que hubierais querido desechar al instante,
ahora que aparecen dulcificados
y disimulados en sus formas,
resultan apetecibles
creando ligera opinión,
para transformarse, más tarde, en pensamientos, ideología.
Y así la Bestia teje su red,
con sedimentos imperceptibles
prepara su lecho;
su sólido asiento,
mi suerte sería no estar aquí
para verla regresar,
pero como ya he comprobado,
no tengo suerte.
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