La vida

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Y al final resultó que la vida
era un sandwich del Rodilla
o ese bocata de calamares y dos cañas
mañaneras los primeros viernes
de primavera en el centro de tu ciudad.

Un polvo antológico e inesperado
con la mujer de tus sueños
esa noche de lluvia cerrada
mientras, abajo, los camiones de basura
digerían los restos del botellón
sobre el ultrajado asfalto
de una calle con insomnio.

Al final resultó que la vida eran
los Reyes Magos, tu primer sueldo,
tu primera medalla de judo
o la primera y estruendosa llorera
al mundo de tu hijo al nacer;

aquella noche de risas y resaca
tumbados en los asientos reclinables
de tu viejo descapotable en mitad
de ningún sitio, mirando las estrellas,
perdidos camino del mar, dos rayas
y los Estopa sonando a todo volumen
en un radiocassette del jurásico.

Quizás esa paellada (o barbacoa)
en la que -de manera inaudita -tus papis
fumaron un porro de maría
y se hicieron los putos amos de la fiesta,
divertidamente integrados
junto a tu panda de viejos amiguetes.

O la vez que salvaste a aquel asustado perrito
en plena autopista de un desenlace terrible;
incluso cuando el médico te dijo
que esa arritmia coronaria (mortal
según internet) era solo fruto de la ansiedad.

Y es que al final resultó que la vida
en realidad eran solo cuatro momentos
y medio entre un montón de relleno inútil
en el mejor de los casos,
que no dan ni para escribir
un triste y mediocre poema
de más de cuarenta y tres versos.

¡Y encima no te quejes, campeón!
______
Cuatro momentos, pues ya son muchos. Que afortunado. Muy buen final. Un gusto leerte.
 
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Y al final resultó que la vida
era un sandwich del Rodilla
o ese bocata de calamares y dos cañas
mañaneras los primeros viernes
de primavera en el centro de tu ciudad.

Un polvo antológico e inesperado
con la mujer de tus sueños
esa noche de lluvia cerrada
mientras, abajo, los camiones de basura
digerían los restos del botellón
sobre el ultrajado asfalto
de una calle con insomnio.

Al final resultó que la vida eran
los Reyes Magos, tu primer sueldo,
tu primera medalla de judo
o la primera y estruendosa llorera
al mundo de tu hijo al nacer;

aquella noche de risas y resaca
tumbados en los asientos reclinables
de tu viejo descapotable en mitad
de ningún sitio, mirando las estrellas,
perdidos camino del mar, dos rayas
y los Estopa sonando a todo volumen
en un radiocassette del jurásico.

Quizás esa paellada (o barbacoa)
en la que -de manera inaudita -tus papis
fumaron un porro de maría
y se hicieron los putos amos de la fiesta,
divertidamente integrados
junto a tu panda de viejos amiguetes.

O la vez que salvaste a aquel asustado perrito
en plena autopista de un desenlace terrible;
incluso cuando el médico te dijo
que esa arritmia coronaria (mortal
según internet) era solo fruto de la ansiedad.

Y es que al final resultó que la vida
en realidad eran solo cuatro momentos
y medio entre un montón de relleno inútil
en el mejor de los casos,
que no dan ni para escribir
un triste y mediocre poema
de más de cuarenta y tres versos.

¡Y encima no te quejes, campeón!
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Exacto, es la reunión de momentos y si logramos hacer que cada vez sean más los buenos que los malos, pasaremos una vida más llevadera. Un abrazo, amigo.
 
Última edición por un moderador:
Exacto, es la reunión de momentos y si logramos hacer que cada vez sean más los buenos que los malos, pasaremos una vida más llevadera. Un abrazo, amigo.


A menudo la felicidad la "regula" únicamente nuestra mente. Supongo que con lograr que no haya momentos malos innecesariamente ya es suficiente; los momentos muy buenos, como los muy malos, suelen venir por sí solos, ajenos a nuestra actuación.
Gracias por tu amable lectura, Thael. Otro abrazo de vuelta.
 
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Y al final resultó que la vida
era un sandwich del Rodilla
o ese bocata de calamares y dos cañas
mañaneras los primeros viernes
de primavera en el centro de tu ciudad.

Un polvo antológico e inesperado
con la mujer de tus sueños
esa noche de lluvia cerrada
mientras, abajo, los camiones de basura
digerían los restos del botellón
sobre el ultrajado asfalto
de una calle con insomnio.

Al final resultó que la vida eran
los Reyes Magos, tu primer sueldo,
tu primera medalla de judo
o la primera y estruendosa llorera
al mundo de tu hijo al nacer;

aquella noche de risas y resaca
tumbados en los asientos reclinables
de tu viejo descapotable en mitad
de ningún sitio, mirando las estrellas,
perdidos camino del mar, dos rayas
y los Estopa sonando a todo volumen
en un radiocassette del jurásico.

Quizás esa paellada (o barbacoa)
en la que -de manera inaudita -tus papis
fumaron un porro de maría
y se hicieron los putos amos de la fiesta,
divertidamente integrados
junto a tu panda de viejos amiguetes.

O la vez que salvaste a aquel asustado perrito
en plena autopista de un desenlace terrible;
incluso cuando el médico te dijo
que esa arritmia coronaria (mortal
según internet) era solo fruto de la ansiedad.

Y es que al final resultó que la vida
en realidad eran solo cuatro momentos
y medio entre un montón de relleno inútil
en el mejor de los casos,
que no dan ni para escribir
un triste y mediocre poema
de más de cuarenta y tres versos.

¡Y encima no te quejes, campeón!

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Que resultona, como para quejarse... ya lo advierten las letras. Las cuales me dejan con una bobalicona y agradable sonrisa.
Qué bueno, Luis.
Un fuerte abrazo, beso
 
Que resultona, como para quejarse... ya lo advierten las letras. Las cuales me dejan con una bobalicona y agradable sonrisa.
Qué bueno, Luis.
Un fuerte abrazo, beso

Quejarnos no nos va a servir de nada; o sea, que a darlo todo hasta el fin, a ver si hacemos un poemilla un poco más largo :).
Muchas gracias, compi. Otro abrazo grande y beso para ti.
 
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Y al final resultó que la vida
era un sandwich del Rodilla
o ese bocata de calamares y dos cañas
mañaneras los primeros viernes
de primavera en el centro de tu ciudad.

Un polvo antológico e inesperado
con la mujer de tus sueños
esa noche de lluvia cerrada
mientras, abajo, los camiones de basura
digerían los restos del botellón
sobre el ultrajado asfalto
de una calle con insomnio.

Al final resultó que la vida eran
los Reyes Magos, tu primer sueldo,
tu primera medalla de judo
o la primera y estruendosa llorera
al mundo de tu hijo al nacer;

aquella noche de risas y resaca
tumbados en los asientos reclinables
de tu viejo descapotable en mitad
de ningún sitio, mirando las estrellas,
perdidos camino del mar, dos rayas
y los Estopa sonando a todo volumen
en un radiocassette del jurásico.

Quizás esa paellada (o barbacoa)
en la que -de manera inaudita -tus papis
fumaron un porro de maría
y se hicieron los putos amos de la fiesta,
divertidamente integrados
junto a tu panda de viejos amiguetes.

O la vez que salvaste a aquel asustado perrito
en plena autopista de un desenlace terrible;
incluso cuando el médico te dijo
que esa arritmia coronaria (mortal
según internet) era solo fruto de la ansiedad.

Y es que al final resultó que la vida
en realidad eran solo cuatro momentos
y medio entre un montón de relleno inútil
en el mejor de los casos,
que no dan ni para escribir
un triste y mediocre poema
de más de cuarenta y tres versos.

¡Y encima no te quejes, campeón!

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No no, mejor no me quejo.
Me quedo pensando en mis cuatro momentos.
Un gusto volver a este poema
Un abrazo.
 
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Y al final resultó que la vida
era un sandwich del Rodilla
o ese bocata de calamares y dos cañas
mañaneras los primeros viernes
de primavera en el centro de tu ciudad.

Un polvo antológico e inesperado
con la mujer de tus sueños
esa noche de lluvia cerrada
mientras, abajo, los camiones de basura
digerían los restos del botellón
sobre el ultrajado asfalto
de una calle con insomnio.

Al final resultó que la vida eran
los Reyes Magos, tu primer sueldo,
tu primera medalla de judo
o la primera y estruendosa llorera
al mundo de tu hijo al nacer;

aquella noche de risas y resaca
tumbados en los asientos reclinables
de tu viejo descapotable en mitad
de ningún sitio, mirando las estrellas,
perdidos camino del mar, dos rayas
y los Estopa sonando a todo volumen
en un radiocassette del jurásico.

Quizás esa paellada (o barbacoa)
en la que -de manera inaudita -tus papis
fumaron un porro de maría
y se hicieron los putos amos de la fiesta,
divertidamente integrados
junto a tu panda de viejos amiguetes.

O la vez que salvaste a aquel asustado perrito
en plena autopista de un desenlace terrible;
incluso cuando el médico te dijo
que esa arritmia coronaria (mortal
según internet) era solo fruto de la ansiedad.

Y es que al final resultó que la vida
en realidad eran solo cuatro momentos
y medio entre un montón de relleno inútil
en el mejor de los casos,
que no dan ni para escribir
un triste y mediocre poema
de más de cuarenta y tres versos.

¡Y encima no te quejes, campeón!

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Y resulta que sí, la vida es todo lo que suma envuelto entre tantos momentos de cosas inesperadas que nos sorprenden a través del tiempo y los instantes de alegría no son tantos, desafortunadamente. Siempre es bueno leerte, Luis. Un fuerte abrazo.
 
Y resulta que sí, la vida es todo lo que suma envuelto entre tantos momentos de cosas inesperadas que nos sorprenden a través del tiempo y los instantes de alegría no son tantos, desafortunadamente. Siempre es bueno leerte, Luis. Un fuerte abrazo.

Tú lo has dicho, Alejandro, aquello que nos sorprende para bien (y a veces para mal) suele adquirir una importancia especial a través del tiempo; y es que bueno, si la vida fuese una alegría constante no valoraríamos en su justa medida la alegría o la felicidad. Intentar hacer pesar más la balanza de lo bueno que la de lo malo es lo máximo a lo que podemos aspirar al final.
Gracias por pasar por este triste y mediocre poema, amigo. Un fuerte abrazo.
 
No me parece mediocre, es un poema que describe la vida desde tu punto de vista, tiene profundidad y hace que el lector reflexione y vea también su vida. Otro abrazo de vuelta, Luis.
 
Última edición:
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Y al final resultó que la vida
era un sandwich frío del Rodilla
o ese bocata de calamares y dos cañas
mañaneras los primeros viernes
de primavera en el centro de tu ciudad.

Un polvo antológico e inesperado
con la mujer de tus sueños
esa noche de lluvia cerrada
mientras, abajo, los camiones de basura
digerían los restos del último botellón
sobre el ultrajado asfalto
de una calle con insomnio.

Al final resultó que la vida eran
los Reyes Magos, tu primer sueldo,
tu primera medalla de judo
o la primera y enfadada llorera
al mundo de tu hijo al nacer;

aquella noche de risas y resaca
tumbados en los asientos reclinables
de tu viejo descapotable en mitad
de ningún sitio, mirando las estrellas,
perdidos camino del mar, dos rayas
y los Estopa sonando a todo volumen
en un radiocassette del jurásico.

Quizás esa paellada (o barbacoa)
en la que -de manera inaudita -tus papis
compartieron un porro de maría
y se hicieron los putos amos de la fiesta,
divertidamente integrados
junto a tu panda de viejos amiguetes.

O la vez que salvaste a aquel asustado perrito
en plena autopista de un desenlace terrible;
incluso cuando el médico te dijo
que esa arritmia coronaria (mortal
según internet) era solo fruto de la ansiedad.

Y es que al final resultó que la vida
en realidad eran solo cuatro momentos
y medio entre un montón de relleno inútil
en el mejor de los casos,
que no dan ni para escribir
un triste y mediocre poema
de más de cuarenta y tres versos.

¡Y encima no te quejes, campeón!


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Mira que ya lo dice el tango / la vida son cuatro días / y se pasan patinando, dice una rola argentina que tiene más de pop que de rock o tango.
Extraño comentarte, carnalito Luis, pero las estaciones frías me untan los huesos con el rumor del último hielo en el vaso cuando la agüita escocesa se ha acabado, y no me gusta venir con gaitas de cipreses anticipados, sino con la mala puntería de mi escopeta: a nada le atina, pero es ruidosa como los cohetes que anuncian la procesión de un santo. Así me gusta abonarme a la genial ironía que apuntala tus poemas y que no deja títere con cabeza. Si me gustara el soccer, de buena gana patearía la mía.
No nos pongamos lúgubres, que esto va de la vida y no de lo que hay fuera del paréntesis. Si puedes, suma cinco momentos y un verso cuarenta y cuatro. U olvídate de la pinche aritmética que al final solo aprendió a restar. ¿Qué decía el tipo al que le dispararon sobre la vida que pasa mientras la planeamos? Lo olvidé.
Que los villancicos de diciembre te encuentren lo suficientemente borracho de cualquier cosa para que los cantes como solo tú sabes, mi chingón.
Mando abrazos.
 
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