Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
¿Por qué me tocó a mí esta mala suerte?
Siempre me levanto a las cinco del poco sueño
que mal dormí
y me pregunto si seguiré siendo tan Pedro
como ayer por la tarde. Y sí, soy tan Pedro
precisamente porque pienso en estas cosas idiotas,
estériles de significado,
y paso media hora al borde de la cama,
al borde del inodoro, al borde del acantilado,
con los pies hundidos en el charco del suelo,
ideando cómo ser un cuarto menos de mí mismo
para ser otra cosa, ¿pero qué?
Probé a ser árbol; hice fotosíntesis al lado del camino,
bajo el sol sudándome el tronco, más negro que verde,
aguantándome las ganas de mear mis raíces,
de abrir mi sombrilla o meterme en mi sombra,
de fumarme mis hojas secas.
Pero los escuché, a ellos tan callados, tan auténticos
en su cofradía de bosque embrujado,
los que se queman sin drama,
los que se dejan ser pulmón, mesa o librero.
Me dijeron lo mismo que tú, pero sin reírse:
Estás muy, pero muy pendejo.
Solo sal de ti mismo.
¿Salir de mí para entrar en qué?
¿En la intemperie con impuestos, en la libertad con selfies,
en la biblioteca municipal, en tus cólicos menstruales?
Si no es que viera la puerta abierta del primer Pedro
que me encontró o me encontré,
y dijera Ah, qué buen lugar para pasar el verano.
Es que fui cayendo en mí cada que el horizonte privatizado
se llenaba de turistas escandalosos,
cada vez que salí en la preciosa foto del mar inmenso
con cara de estar oliendo una mierda de ballena,
cada que leí a Rimbau decir Yo soy otro,
y a Baudelaire Los poetas nunca salen de sí,
y a ti a cada rato ¡No te vengas adentro!
Allá fuera hay demasiados como yo y muchos más como tú,
y son todos mismo: todo lo que soy y no quiero ser.
Aquí al menos nunca estoy solo,
me tengo en todas mis improbabilidades.
No, no necesito ser menos Pedro y más mundo.
Puedo patalear para salir a flote y hundirme más en la arena
hasta rescatar mi cadáver profundo
y darle mi ternura desperdiciada en la vida ajena,
o tomar Lorazepan y no soñar durante doce horas de corrido,
o arrancar mis pies del charco inmundo
y volver a plantarme a la orilla del camino,
con poltrona de cedro, sombrilla de raso y cerveza bien fría,
y gritarle a esos viejos robles, estoicos y presuntuosos:
Si empiezo a arder, me tiro al río y ahogo al pirómano.
¡Soy mucho más árbol que todos ustedes, eh, putos!
Siempre me levanto a las cinco del poco sueño
que mal dormí
y me pregunto si seguiré siendo tan Pedro
como ayer por la tarde. Y sí, soy tan Pedro
precisamente porque pienso en estas cosas idiotas,
estériles de significado,
y paso media hora al borde de la cama,
al borde del inodoro, al borde del acantilado,
con los pies hundidos en el charco del suelo,
ideando cómo ser un cuarto menos de mí mismo
para ser otra cosa, ¿pero qué?
Probé a ser árbol; hice fotosíntesis al lado del camino,
bajo el sol sudándome el tronco, más negro que verde,
aguantándome las ganas de mear mis raíces,
de abrir mi sombrilla o meterme en mi sombra,
de fumarme mis hojas secas.
Pero los escuché, a ellos tan callados, tan auténticos
en su cofradía de bosque embrujado,
los que se queman sin drama,
los que se dejan ser pulmón, mesa o librero.
Me dijeron lo mismo que tú, pero sin reírse:
Estás muy, pero muy pendejo.
Solo sal de ti mismo.
¿Salir de mí para entrar en qué?
¿En la intemperie con impuestos, en la libertad con selfies,
en la biblioteca municipal, en tus cólicos menstruales?
Si no es que viera la puerta abierta del primer Pedro
que me encontró o me encontré,
y dijera Ah, qué buen lugar para pasar el verano.
Es que fui cayendo en mí cada que el horizonte privatizado
se llenaba de turistas escandalosos,
cada vez que salí en la preciosa foto del mar inmenso
con cara de estar oliendo una mierda de ballena,
cada que leí a Rimbau decir Yo soy otro,
y a Baudelaire Los poetas nunca salen de sí,
y a ti a cada rato ¡No te vengas adentro!
Allá fuera hay demasiados como yo y muchos más como tú,
y son todos mismo: todo lo que soy y no quiero ser.
Aquí al menos nunca estoy solo,
me tengo en todas mis improbabilidades.
No, no necesito ser menos Pedro y más mundo.
Puedo patalear para salir a flote y hundirme más en la arena
hasta rescatar mi cadáver profundo
y darle mi ternura desperdiciada en la vida ajena,
o tomar Lorazepan y no soñar durante doce horas de corrido,
o arrancar mis pies del charco inmundo
y volver a plantarme a la orilla del camino,
con poltrona de cedro, sombrilla de raso y cerveza bien fría,
y gritarle a esos viejos robles, estoicos y presuntuosos:
Si empiezo a arder, me tiro al río y ahogo al pirómano.
¡Soy mucho más árbol que todos ustedes, eh, putos!
13 de marzo de 2024