Acepto mi rol de cordero. Sigo
obediente al destino en un relieve
sumiso, en desamparo y sin abrigo,
aguardando entre sombras que me lleve
un dogma superior a mi castigo,
que tome mi dolor y lo releve,
que imponga todo el cobre sobre el trigo
y llore sangre sobre piel de nieve.
Mis incendios pictóricos remecen
el cínico carácter en la norma
de jueces que en sus heces envejecen.
Renuncio a todo encierro, a toda horna
y me entrego a placeres que me recen
todo el libertinaje de la forma.
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