Recuerdo que ese invierno fue un disparo.
Fue rompiente de mar a quemarropa
sobre el filo de piedras de aquel faro
que apuñalaba sombras en mi tropa
de agallas cada vez con más descaro,
diezmándome el pavor de baja estopa.
El cóctel de tinieblas se hizo claro.
Le vi beber mi sangre en una copa
mezclada y profanada por el rito
en esa negra iniciación maldita
cerrada en el ahogo de mi grito.
Si el hoy existe, tu clamor me irrita
y si me abres tu puerta te visito.
Tengo un silencio sádico que incita.
Última edición: