Cirhian
Poeta fiel al portal
"Irritóse tanto [Augusto] al principio contra un tal Corocotta, ladrón hispano muy poderoso, que hizo pregonar una recompensa de doscientos mil sestercios a quien lo apresase; pero más tarde, como se le presentase espontáneamente, no solo no le hizo ningún daño, sino que encima le regaló aquella suma."
Dión Casio 56, 43, 3 (traducción de A. Schulten en Fontes Hispaniae Antiquae, vol. V, Barcelona, 1940, p. 335)
Se presenta Corocotta
ante su augusta realeza,
el mayor ladrón de Hispania
que ha bajado de la sierra.
Sé leer en vuestro rostro
como escrita la sorpresa
del haberme presentado
esta noche en vuestra tienda.
Ni uno solo de sus hombres
detectara mi presencia
por lo que os animo, Octavio,
a la calma en la conciencia;
a mi castro han arribado
unas injuriantes nuevas
que han corrido como el fuego
por los bosques y las cuevas.
¿Os pensáis no conocemos
del romano la bajeza?
Fue Sagunto abandonada
en un acto de vileza.
En la cruz murió Mandonio
por querer la independencia;
en combate viera Indíbil
el final en su insistencia
de los yugos liberar
a su pueblo en resistencia.
Aun nos cuentan de Sertorio
en las noches nuestras viejas.
¿Que le hicistéis a Viriato
si no un acto de innobleza?
Vuestra marcha por Hispania
nos arroja a la pobreza,
nos conduce al bandidaje
y a los cuernos de la guerra,
nos extingue como pueblo
y cercena nuestra lengua.
Del veneno y su murmullo
responder he con firmeza
pues decídme, noble Augusto,
¿No buscabáis mi cabeza?
¿No mandábais asesinos
tras mi paso y tras mi suela,
dando plata a mis vecinos
por cobrar mi calavera?
Siendo tanto su valor,
de doscientas mil las piezas
del argento que ofrecéis:
¿Dónde está la recompensa?
Vuestro fuerte he infiltrado
con mayores sutilezas
y la guardia la he burlado
para dárosla en bandeja.
Yo podría degollaros
hasta ser carcasa muerta
y escaparme entre las sombras
antes de que den la alerta;
laudaríanme los bardos
en la gloria más eterna
por haber sido mi mano
la que acabe con la bestia.
¿Mas decídme, noble Augusto,
Roma nos perdonaría?
¿O tal vez conduciría,
al sangraros vuestro busto,
a mi pueblo a un trato injusto;
a la hambruna y la cadena,
a beber en luna llena
esa pócima del tejo
y ser pasto del cangrejo,
la gaviota y la sirena?
Vuestra muerte alentaría
a los perros de la guerra
por lo que vengo a ofreceros
más que un trato, una apuesta:
en mi haber tengo ese águila
de la fiel Legión Primera
que diezmada por mis gentes
ahora alfombra la ladera.
Os propongo retornarla
de una forma más postrera
si entregáis toda la plata
que ofrecéis por mi testera.
Juro que convenceré
en dejar las armas quietas
a otros jefes y caudillos,
a otras sabias y hechiceras;
esta historia contaré,
de que en Roma hay clemencia
y hemos de firmar la paz
en una acto de conciencia.
Nuestra era ha terminado,
fútil es la resistencia
si se apuesta la existencia
de aquel bien que es más amado.
¿Si es mi pueblo aniquilado
como otros ante Roma
y extinguido nuestro idioma
malviviendo en escondrijos
siendo esclavos nuestros hijos,
fuerte fe no se desploma?
Perderemos nuestros dioses
nuestra glosa, nuestro arte
para luego formar parte
de una plebe con engroses
a quién diga los adioses
a culturas ancestrales
por tomar los ideales
del Estado y su bolsillo,
sin el torque y el anillo,
olivados los rituales.
Pero sé que aun estaremos
en el son de un caramillo
en la falx y en el martillo
y en las gaitas que escuchemos.
Sé que sobreviviremos
en el son de una canción
que le alegre el corazón
a quién busque en la cerveza
el alivio a la certeza
de perder la tradición.
Mas si es cierta la proeza
de que pueda la palabra
se más fuerte que la espada
en poner fin a la guerra,
que mi gente sea indultada;
sus ofensas perdonadas
y devueltas seän las tierras.
De mí haced mayor dureza;
si negáis que la paz labra
con la carga más pesada
a quién sabe que se yerra
con matanza dilatada,
mis afrentas seän vengadas
en un carro y en la hoguera.
Si olvidamos la discordia,
la esperanza ya perdida
en el sueño de la vida
nos revive en la concordia.
Mana la misericordia
y es serena la entereza
si anda en juego la cabeza;
si estimáis la vuestra, Julio,
id trayendo ese peculio,
que no falte ni una pieza.
Dión Casio 56, 43, 3 (traducción de A. Schulten en Fontes Hispaniae Antiquae, vol. V, Barcelona, 1940, p. 335)
Se presenta Corocotta
ante su augusta realeza,
el mayor ladrón de Hispania
que ha bajado de la sierra.
Sé leer en vuestro rostro
como escrita la sorpresa
del haberme presentado
esta noche en vuestra tienda.
Ni uno solo de sus hombres
detectara mi presencia
por lo que os animo, Octavio,
a la calma en la conciencia;
a mi castro han arribado
unas injuriantes nuevas
que han corrido como el fuego
por los bosques y las cuevas.
¿Os pensáis no conocemos
del romano la bajeza?
Fue Sagunto abandonada
en un acto de vileza.
En la cruz murió Mandonio
por querer la independencia;
en combate viera Indíbil
el final en su insistencia
de los yugos liberar
a su pueblo en resistencia.
Aun nos cuentan de Sertorio
en las noches nuestras viejas.
¿Que le hicistéis a Viriato
si no un acto de innobleza?
Vuestra marcha por Hispania
nos arroja a la pobreza,
nos conduce al bandidaje
y a los cuernos de la guerra,
nos extingue como pueblo
y cercena nuestra lengua.
Del veneno y su murmullo
responder he con firmeza
pues decídme, noble Augusto,
¿No buscabáis mi cabeza?
¿No mandábais asesinos
tras mi paso y tras mi suela,
dando plata a mis vecinos
por cobrar mi calavera?
Siendo tanto su valor,
de doscientas mil las piezas
del argento que ofrecéis:
¿Dónde está la recompensa?
Vuestro fuerte he infiltrado
con mayores sutilezas
y la guardia la he burlado
para dárosla en bandeja.
Yo podría degollaros
hasta ser carcasa muerta
y escaparme entre las sombras
antes de que den la alerta;
laudaríanme los bardos
en la gloria más eterna
por haber sido mi mano
la que acabe con la bestia.
¿Mas decídme, noble Augusto,
Roma nos perdonaría?
¿O tal vez conduciría,
al sangraros vuestro busto,
a mi pueblo a un trato injusto;
a la hambruna y la cadena,
a beber en luna llena
esa pócima del tejo
y ser pasto del cangrejo,
la gaviota y la sirena?
Vuestra muerte alentaría
a los perros de la guerra
por lo que vengo a ofreceros
más que un trato, una apuesta:
en mi haber tengo ese águila
de la fiel Legión Primera
que diezmada por mis gentes
ahora alfombra la ladera.
Os propongo retornarla
de una forma más postrera
si entregáis toda la plata
que ofrecéis por mi testera.
Juro que convenceré
en dejar las armas quietas
a otros jefes y caudillos,
a otras sabias y hechiceras;
esta historia contaré,
de que en Roma hay clemencia
y hemos de firmar la paz
en una acto de conciencia.
Nuestra era ha terminado,
fútil es la resistencia
si se apuesta la existencia
de aquel bien que es más amado.
¿Si es mi pueblo aniquilado
como otros ante Roma
y extinguido nuestro idioma
malviviendo en escondrijos
siendo esclavos nuestros hijos,
fuerte fe no se desploma?
Perderemos nuestros dioses
nuestra glosa, nuestro arte
para luego formar parte
de una plebe con engroses
a quién diga los adioses
a culturas ancestrales
por tomar los ideales
del Estado y su bolsillo,
sin el torque y el anillo,
olivados los rituales.
Pero sé que aun estaremos
en el son de un caramillo
en la falx y en el martillo
y en las gaitas que escuchemos.
Sé que sobreviviremos
en el son de una canción
que le alegre el corazón
a quién busque en la cerveza
el alivio a la certeza
de perder la tradición.
Mas si es cierta la proeza
de que pueda la palabra
se más fuerte que la espada
en poner fin a la guerra,
que mi gente sea indultada;
sus ofensas perdonadas
y devueltas seän las tierras.
De mí haced mayor dureza;
si negáis que la paz labra
con la carga más pesada
a quién sabe que se yerra
con matanza dilatada,
mis afrentas seän vengadas
en un carro y en la hoguera.
Si olvidamos la discordia,
la esperanza ya perdida
en el sueño de la vida
nos revive en la concordia.
Mana la misericordia
y es serena la entereza
si anda en juego la cabeza;
si estimáis la vuestra, Julio,
id trayendo ese peculio,
que no falte ni una pieza.
Estructuras usadas: romance, séptima arromanzada, décima espinela, décima arromanzada, duodécima cervantina arromanzada
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