kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
FLORES
Era uno de esos días en los que tropiezas al alba
y caes en el crepúsculo, Bea…
Sabes bien del tropiezo del que te hablo.
Pero aquel día todo cambió para mí.
Tropecé al amanecer con ese olor suyo; un olor
que me acompaña desde aquella etapa cámbrica
en la que flotaba en el vientre lácteo de su luz.
Con torpeza me levanté de la cama
y deambulé hasta su cuarto siguiendo el rastro aceitoso
de aquel manantial que siempre manó del arrullo de su piel.
Y allí estaba ella, sin estar,
sobre la llanura infinita de su cama.
El infinito cabe en una sábana blanca.
Su último mensaje fue: «¿dónde estás?».
Y ahora… no sé qué responderle,
porque no soy más que una peonza
que voltea su tristeza
en la inmensidad espejada de su salina.
Estuve un rato apostado en el quicio de la puerta
esperando a que se obrara súbitamente el milagro;
como si fuera posible recomponer mi alma
arrojando las flores marchitas de mi herida contra el suelo…
Pero mi alma seguía rota
frente al desencanto
de aquella sábana fría.
Avancé con mis pasos ancianos hasta el baño.
Encendí la luz; una luz esclerótica y blanca.
Nunca me había desconocido tanto, Bea…
Y empecé a hurgarme la muela que me duele
con el dedo índice bien encajado en la boca.
Estoy seguro de que mi admirado Francis
habría hecho un buen retrato
con las sombras chinescas de mis muecas.
Tengo más de mil años desde que se murió mi madre.
Hay algo en mí que, definitivamente, ya no está en mí.
Es como si mis pasos ya no dejasen huella.
No soporto esta levedad. ¡No la soporto!
Necesito volver a mi triciclo de faritos azules.
Necesito arrancar de este mundo fratricida
la arcilla de mi madre y restregármela
por el cuerpo entero;
necesito el cobijo de su olor, masticarlo,
y hundir mi rostro en la pureza de su vientre vivo.
Necesito abrazarla, dios mío…
La muerte de una madre es una eternidad que no cesa,
como lo es la muerte de una estrella,
o el desmayo irreparable de una flor.
De vuelta a mi cuarto
me aposté de nuevo en el quicio de su puerta.
Y fue entonces, Bea, cuando me sorprendió el milagro.
Me agaché y fui gateando hasta el borde de su cama.
Y empecé a buscarla bajo el finísimo edredón de niebla
que cubría su sábana blanca.
Y así fui palpando cada poro de su infinito
mientras posaba mis mejillas en su almohada
por si lograba rescatar alguna luminiscencia,
o algún pedacito de carmín.
Y de pronto me llegó un vértigo inconmensurable.
Mi vacío implosionó succionado cada gramo de mi materia,
y me agarré al listón de la cama para no caer,
mientras aquel tornado mordía y aspirada la arena de mi cuerpo.
Y caí, ¡vaya si caí!, una y otra vez, sin dejar de caer,
hasta que quedaron visibles todos los estratos de mi dolor.
El tornado cesó, y unas manos blancas se posaron
en mi triste geología. Y sentí el pálpito de las prímulas
a punto de nacer en el crepúsculo de mi herida.
Y así estuve transitando el dolor,
tal y como me pediste
que lo hiciera.
Y tenías razón, compañera: el dolor del alma
no se puede arrancar
porque te arrancarías a ti mismo.
Yo no sé qué será de mí; lo que sí sé
es que las manos de mi madre
son infinitas.
Y eso
me basta:
sus manos y mis flores.
Kalkbadan
Madrid, 10 de febrero de 2025
Era uno de esos días en los que tropiezas al alba
y caes en el crepúsculo, Bea…
Sabes bien del tropiezo del que te hablo.
Pero aquel día todo cambió para mí.
Tropecé al amanecer con ese olor suyo; un olor
que me acompaña desde aquella etapa cámbrica
en la que flotaba en el vientre lácteo de su luz.
Con torpeza me levanté de la cama
y deambulé hasta su cuarto siguiendo el rastro aceitoso
de aquel manantial que siempre manó del arrullo de su piel.
Y allí estaba ella, sin estar,
sobre la llanura infinita de su cama.
El infinito cabe en una sábana blanca.
Su último mensaje fue: «¿dónde estás?».
Y ahora… no sé qué responderle,
porque no soy más que una peonza
que voltea su tristeza
en la inmensidad espejada de su salina.
Estuve un rato apostado en el quicio de la puerta
esperando a que se obrara súbitamente el milagro;
como si fuera posible recomponer mi alma
arrojando las flores marchitas de mi herida contra el suelo…
Pero mi alma seguía rota
frente al desencanto
de aquella sábana fría.
Avancé con mis pasos ancianos hasta el baño.
Encendí la luz; una luz esclerótica y blanca.
Nunca me había desconocido tanto, Bea…
Y empecé a hurgarme la muela que me duele
con el dedo índice bien encajado en la boca.
Estoy seguro de que mi admirado Francis
habría hecho un buen retrato
con las sombras chinescas de mis muecas.
Tengo más de mil años desde que se murió mi madre.
Hay algo en mí que, definitivamente, ya no está en mí.
Es como si mis pasos ya no dejasen huella.
No soporto esta levedad. ¡No la soporto!
Necesito volver a mi triciclo de faritos azules.
Necesito arrancar de este mundo fratricida
la arcilla de mi madre y restregármela
por el cuerpo entero;
necesito el cobijo de su olor, masticarlo,
y hundir mi rostro en la pureza de su vientre vivo.
Necesito abrazarla, dios mío…
La muerte de una madre es una eternidad que no cesa,
como lo es la muerte de una estrella,
o el desmayo irreparable de una flor.
De vuelta a mi cuarto
me aposté de nuevo en el quicio de su puerta.
Y fue entonces, Bea, cuando me sorprendió el milagro.
Me agaché y fui gateando hasta el borde de su cama.
Y empecé a buscarla bajo el finísimo edredón de niebla
que cubría su sábana blanca.
Y así fui palpando cada poro de su infinito
mientras posaba mis mejillas en su almohada
por si lograba rescatar alguna luminiscencia,
o algún pedacito de carmín.
Y de pronto me llegó un vértigo inconmensurable.
Mi vacío implosionó succionado cada gramo de mi materia,
y me agarré al listón de la cama para no caer,
mientras aquel tornado mordía y aspirada la arena de mi cuerpo.
Y caí, ¡vaya si caí!, una y otra vez, sin dejar de caer,
hasta que quedaron visibles todos los estratos de mi dolor.
El tornado cesó, y unas manos blancas se posaron
en mi triste geología. Y sentí el pálpito de las prímulas
a punto de nacer en el crepúsculo de mi herida.
Y así estuve transitando el dolor,
tal y como me pediste
que lo hiciera.
Y tenías razón, compañera: el dolor del alma
no se puede arrancar
porque te arrancarías a ti mismo.
Yo no sé qué será de mí; lo que sí sé
es que las manos de mi madre
son infinitas.
Y eso
me basta:
sus manos y mis flores.
Kalkbadan
Madrid, 10 de febrero de 2025