Flores

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa
FLORES

Era uno de esos días en los que tropiezas al alba
y caes en el crepúsculo, Bea…
Sabes bien del tropiezo del que te hablo.
Pero aquel día todo cambió para mí.

Tropecé al amanecer con ese olor suyo; un olor
que me acompaña desde aquella etapa cámbrica
en la que flotaba en el vientre lácteo de su luz.

Con torpeza me levanté de la cama
y deambulé hasta su cuarto siguiendo el rastro aceitoso
de aquel manantial que siempre manó del arrullo de su piel.
Y allí estaba ella, sin estar,
sobre la llanura infinita de su cama.
El infinito cabe en una sábana blanca.

Su último mensaje fue: «¿dónde estás?».
Y ahora… no sé qué responderle,
porque no soy más que una peonza
que voltea su tristeza
en la inmensidad espejada de su salina.

Estuve un rato apostado en el quicio de la puerta
esperando a que se obrara súbitamente el milagro;
como si fuera posible recomponer mi alma
arrojando las flores marchitas de mi herida contra el suelo…

Pero mi alma seguía rota
frente al desencanto
de aquella sábana fría.

Avancé con mis pasos ancianos hasta el baño.
Encendí la luz; una luz esclerótica y blanca.
Nunca me había desconocido tanto, Bea…
Y empecé a hurgarme la muela que me duele
con el dedo índice bien encajado en la boca.
Estoy seguro de que mi admirado Francis
habría hecho un buen retrato
con las sombras chinescas de mis muecas.

Tengo más de mil años desde que se murió mi madre.
Hay algo en mí que, definitivamente, ya no está en mí.
Es como si mis pasos ya no dejasen huella.
No soporto esta levedad. ¡No la soporto!
Necesito volver a mi triciclo de faritos azules.
Necesito arrancar de este mundo fratricida
la arcilla de mi madre y restregármela
por el cuerpo entero;
necesito el cobijo de su olor, masticarlo,
y hundir mi rostro en la pureza de su vientre vivo.
Necesito abrazarla, dios mío…

La muerte de una madre es una eternidad que no cesa,
como lo es la muerte de una estrella,
o el desmayo irreparable de una flor.

De vuelta a mi cuarto
me aposté de nuevo en el quicio de su puerta.
Y fue entonces, Bea, cuando me sorprendió el milagro.

Me agaché y fui gateando hasta el borde de su cama.
Y empecé a buscarla bajo el finísimo edredón de niebla
que cubría su sábana blanca.

Y así fui palpando cada poro de su infinito
mientras posaba mis mejillas en su almohada
por si lograba rescatar alguna luminiscencia,
o algún pedacito de carmín.

Y de pronto me llegó un vértigo inconmensurable.
Mi vacío implosionó succionado cada gramo de mi materia,
y me agarré al listón de la cama para no caer,
mientras aquel tornado mordía y aspirada la arena de mi cuerpo.
Y caí, ¡vaya si caí!, una y otra vez, sin dejar de caer,
hasta que quedaron visibles todos los estratos de mi dolor.

El tornado cesó, y unas manos blancas se posaron
en mi triste geología. Y sentí el pálpito de las prímulas
a punto de nacer en el crepúsculo de mi herida.

Y así estuve transitando el dolor,
tal y como me pediste
que lo hiciera.
Y tenías razón, compañera: el dolor del alma
no se puede arrancar
porque te arrancarías a ti mismo.

Yo no sé qué será de mí; lo que sí sé
es que las manos de mi madre
son infinitas.

Y eso
me basta:
sus manos y mis flores.


Kalkbadan
Madrid, 10 de febrero de 2025
 
FLORES

Era uno de esos días en los que tropiezas al alba
y caes en el crepúsculo, Bea…
Sabes bien del tropiezo del que te hablo.
Pero aquel día todo cambió para mí.

Tropecé al amanecer con ese olor suyo; un olor
que me acompaña desde aquella etapa cámbrica
en la que flotaba en el vientre lácteo de su luz.

Con torpeza me levanté de la cama
y deambulé hasta su cuarto siguiendo el rastro aceitoso
de aquel manantial que siempre manó del arrullo de su piel.
Y allí estaba ella, sin estar,
sobre la llanura infinita de su cama.
El infinito cabe en una sábana blanca.

Su último mensaje fue: «¿dónde estás?».
Y ahora… no sé qué responderle,
porque no soy más que una peonza
que voltea su tristeza
en la inmensidad espejada de su salina.

Estuve un rato apostado en el quicio de la puerta
esperando a que se obrara súbitamente el milagro;
como si fuera posible recomponer mi alma
arrojando las flores marchitas de mi herida contra el suelo…

Pero mi alma seguía rota
frente al desencanto
de aquella sábana fría.

Avancé con mis pasos ancianos hasta el baño.
Encendí la luz; una luz esclerótica y blanca.
Nunca me había desconocido tanto, Bea…
Y empecé a hurgarme la muela que me duele
con el dedo índice bien encajado en la boca.
Estoy seguro de que mi admirado Francis
habría hecho un buen retrato
con las sombras chinescas de mis muecas.

Tengo más de mil años desde que se murió mi madre.
Hay algo en mí que, definitivamente, ya no está en mí.
Es como si mis pasos ya no dejasen huella.
No soporto esta levedad. ¡No la soporto!
Necesito volver a mi triciclo de faritos azules.
Necesito arrancar de este mundo fratricida
la arcilla de mi madre y restregármela
por el cuerpo entero;
necesito el cobijo de su olor, masticarlo,
y hundir mi rostro en la pureza de su vientre vivo.
Necesito abrazarla, dios mío…

La muerte de una madre es una eternidad que no cesa,
como lo es la muerte de una estrella,
o el desmayo irreparable de una flor.

De vuelta a mi cuarto
me aposté de nuevo en el quicio de su puerta.
Y fue entonces, Bea, cuando me sorprendió el milagro.

Me agaché y fui gateando hasta el borde de su cama.
Y empecé a buscarla bajo el finísimo edredón de niebla
que cubría su sábana blanca.

Y así fui palpando cada poro de su infinito
mientras posaba mis mejillas en su almohada
por si lograba rescatar alguna luminiscencia,
o algún pedacito de carmín.

Y de pronto me llegó un vértigo inconmensurable.
Mi vacío implosionó succionado cada gramo de mi materia,
y me agarré al listón de la cama para no caer,
mientras aquel tornado mordía y aspirada la arena de mi cuerpo.
Y caí, ¡vaya si caí!, una y otra vez, sin dejar de caer,
hasta que quedaron visibles todos los estratos de mi dolor.

El tornado cesó, y unas manos blancas se posaron
en mi triste geología. Y sentí el pálpito de las prímulas
a punto de nacer en el crepúsculo de mi herida.

Y así estuve transitando el dolor,
tal y como me pediste
que lo hiciera.
Y tenías razón, compañera: el dolor del alma
no se puede arrancar
porque te arrancarías a ti mismo.

Yo no sé qué será de mí; lo que sí sé
es que las manos de mi madre
son infinitas.

Y eso
me basta:
sus manos y mis flores.


Kalkbadan
Madrid, 10 de febrero de 2025
La mía repartía abrazos y sonrisas, solo para empezar. Un abrazo, kalkbadan.
 
Hola, Andreas, buenos días.
"El infinito cabe en una sábana blanca". Gran verso.
Tengo buenos recuerdos con las sábanas bancas,
las sábanas apiladas en orden matemático de la señora Dorinda, que digo en un poema;
y malos, cuando ella estuvo allí tres semanas, todo el dolor también cabe en esas sábanas,
todo nuestro dolor.
A que todo es distinto cuando se van? Es increíble Nunca te recuperas del dolor de esa pérdida.
A veces, cuando paso delante de su casa (procuro evitarlo e ir por otra calle) creo que me la encuentro a la vuelta de la esquina
corriendo de la huerta volviendo de dar de comer al perro.
Entiendo perfectamente este dolor. Sé de lo que hablas, compañero.
Lo que pasa con uno para el resto de tus días, es que todos los días tienes la sensación de que te falta algo, y ese algo nada lo puede cubrir.
Buen poema.

Lo siento. Un abrazo, Andreas.
 
Última edición:
Muy bello el poema y muy bella la idea de "acoger" el dolor por la pérdida de un ser muy querido como algo muy nuestro e incluso hermoso, ... quizás es la mejor forma de que duela menos, junto a la "medicina" del tiempo.

Y tenías razón, compañera: el dolor del alma
no se puede arrancar
porque te arrancarías a ti mismo.

Yo no sé qué será de mí; lo que sí sé
es que las manos de mi madre
son infinitas.

Y eso
me basta:
sus manos y mis flores.


Precioso. Un abrazo, querido Andreas.
 
FLORES

Era uno de esos días en los que tropiezas al alba
y caes en el crepúsculo, Bea…
Sabes bien del tropiezo del que te hablo.
Pero aquel día todo cambió para mí.

Tropecé al amanecer con ese olor suyo; un olor
que me acompaña desde aquella etapa cámbrica
en la que flotaba en el vientre lácteo de su luz.

Con torpeza me levanté de la cama
y deambulé hasta su cuarto siguiendo el rastro aceitoso
de aquel manantial que siempre manó del arrullo de su piel.
Y allí estaba ella, sin estar,
sobre la llanura infinita de su cama.
El infinito cabe en una sábana blanca.

Su último mensaje fue: «¿dónde estás?».
Y ahora… no sé qué responderle,
porque no soy más que una peonza
que voltea su tristeza
en la inmensidad espejada de su salina.

Estuve un rato apostado en el quicio de la puerta
esperando a que se obrara súbitamente el milagro;
como si fuera posible recomponer mi alma
arrojando las flores marchitas de mi herida contra el suelo…

Pero mi alma seguía rota
frente al desencanto
de aquella sábana fría.

Avancé con mis pasos ancianos hasta el baño.
Encendí la luz; una luz esclerótica y blanca.
Nunca me había desconocido tanto, Bea…
Y empecé a hurgarme la muela que me duele
con el dedo índice bien encajado en la boca.
Estoy seguro de que mi admirado Francis
habría hecho un buen retrato
con las sombras chinescas de mis muecas.

Tengo más de mil años desde que se murió mi madre.
Hay algo en mí que, definitivamente, ya no está en mí.
Es como si mis pasos ya no dejasen huella.
No soporto esta levedad. ¡No la soporto!
Necesito volver a mi triciclo de faritos azules.
Necesito arrancar de este mundo fratricida
la arcilla de mi madre y restregármela
por el cuerpo entero;
necesito el cobijo de su olor, masticarlo,
y hundir mi rostro en la pureza de su vientre vivo.
Necesito abrazarla, dios mío…

La muerte de una madre es una eternidad que no cesa,
como lo es la muerte de una estrella,
o el desmayo irreparable de una flor.

De vuelta a mi cuarto
me aposté de nuevo en el quicio de su puerta.
Y fue entonces, Bea, cuando me sorprendió el milagro.

Me agaché y fui gateando hasta el borde de su cama.
Y empecé a buscarla bajo el finísimo edredón de niebla
que cubría su sábana blanca.

Y así fui palpando cada poro de su infinito
mientras posaba mis mejillas en su almohada
por si lograba rescatar alguna luminiscencia,
o algún pedacito de carmín.

Y de pronto me llegó un vértigo inconmensurable.
Mi vacío implosionó succionado cada gramo de mi materia,
y me agarré al listón de la cama para no caer,
mientras aquel tornado mordía y aspirada la arena de mi cuerpo.
Y caí, ¡vaya si caí!, una y otra vez, sin dejar de caer,
hasta que quedaron visibles todos los estratos de mi dolor.

El tornado cesó, y unas manos blancas se posaron
en mi triste geología. Y sentí el pálpito de las prímulas
a punto de nacer en el crepúsculo de mi herida.

Y así estuve transitando el dolor,
tal y como me pediste
que lo hiciera.
Y tenías razón, compañera: el dolor del alma
no se puede arrancar
porque te arrancarías a ti mismo.

Yo no sé qué será de mí; lo que sí sé
es que las manos de mi madre
son infinitas.

Y eso
me basta:
sus manos y mis flores.


Kalkbadan
Madrid, 10 de febrero de 2025
Una profunda poesía que me ha hecho reflexionar.
Muy elocuente.

Saludos
 
FLORES

Era uno de esos días en los que tropiezas al alba
y caes en el crepúsculo, Bea…
Sabes bien del tropiezo del que te hablo.
Pero aquel día todo cambió para mí.

Tropecé al amanecer con ese olor suyo; un olor
que me acompaña desde aquella etapa cámbrica
en la que flotaba en el vientre lácteo de su luz.

Con torpeza me levanté de la cama
y deambulé hasta su cuarto siguiendo el rastro aceitoso
de aquel manantial que siempre manó del arrullo de su piel.
Y allí estaba ella, sin estar,
sobre la llanura infinita de su cama.
El infinito cabe en una sábana blanca.

Su último mensaje fue: «¿dónde estás?».
Y ahora… no sé qué responderle,
porque no soy más que una peonza
que voltea su tristeza
en la inmensidad espejada de su salina.

Estuve un rato apostado en el quicio de la puerta
esperando a que se obrara súbitamente el milagro;
como si fuera posible recomponer mi alma
arrojando las flores marchitas de mi herida contra el suelo…

Pero mi alma seguía rota
frente al desencanto
de aquella sábana fría.

Avancé con mis pasos ancianos hasta el baño.
Encendí la luz; una luz esclerótica y blanca.
Nunca me había desconocido tanto, Bea…
Y empecé a hurgarme la muela que me duele
con el dedo índice bien encajado en la boca.
Estoy seguro de que mi admirado Francis
habría hecho un buen retrato
con las sombras chinescas de mis muecas.

Tengo más de mil años desde que se murió mi madre.
Hay algo en mí que, definitivamente, ya no está en mí.
Es como si mis pasos ya no dejasen huella.
No soporto esta levedad. ¡No la soporto!
Necesito volver a mi triciclo de faritos azules.
Necesito arrancar de este mundo fratricida
la arcilla de mi madre y restregármela
por el cuerpo entero;
necesito el cobijo de su olor, masticarlo,
y hundir mi rostro en la pureza de su vientre vivo.
Necesito abrazarla, dios mío…

La muerte de una madre es una eternidad que no cesa,
como lo es la muerte de una estrella,
o el desmayo irreparable de una flor.

De vuelta a mi cuarto
me aposté de nuevo en el quicio de su puerta.
Y fue entonces, Bea, cuando me sorprendió el milagro.

Me agaché y fui gateando hasta el borde de su cama.
Y empecé a buscarla bajo el finísimo edredón de niebla
que cubría su sábana blanca.

Y así fui palpando cada poro de su infinito
mientras posaba mis mejillas en su almohada
por si lograba rescatar alguna luminiscencia,
o algún pedacito de carmín.

Y de pronto me llegó un vértigo inconmensurable.
Mi vacío implosionó succionado cada gramo de mi materia,
y me agarré al listón de la cama para no caer,
mientras aquel tornado mordía y aspirada la arena de mi cuerpo.
Y caí, ¡vaya si caí!, una y otra vez, sin dejar de caer,
hasta que quedaron visibles todos los estratos de mi dolor.

El tornado cesó, y unas manos blancas se posaron
en mi triste geología. Y sentí el pálpito de las prímulas
a punto de nacer en el crepúsculo de mi herida.

Y así estuve transitando el dolor,
tal y como me pediste
que lo hiciera.
Y tenías razón, compañera: el dolor del alma
no se puede arrancar
porque te arrancarías a ti mismo.

Yo no sé qué será de mí; lo que sí sé
es que las manos de mi madre
son infinitas.

Y eso
me basta:
sus manos y mis flores.


Kalkbadan
Madrid, 10 de febrero de 2025
no te voy a bajar el poema Kal... porque es hermoso, y aunque en "el realismo" no exista lo hermoso, en realiadda en la vida no existe es dependiendo los ojos, para mí lo es. Hermoso y nostalgico. y así hay q ue honrar a las madres que nos trajeron al mundo. yo particularmente detesto las flores, me traen nostalgia, me traen un vacío... pero tu poesía es más que flores, es humanidad y amor. y no iba comentar si no era porque lo baje, porque hay días en que uno no esta para comentar nada. pero acá estoy... te leo y lo disfruto.


me gustó tu poema, kal... abrazos.
 
FLORES

Era uno de esos días en los que tropiezas al alba
y caes en el crepúsculo, Bea…
Sabes bien del tropiezo del que te hablo.
Pero aquel día todo cambió para mí.

Tropecé al amanecer con ese olor suyo; un olor
que me acompaña desde aquella etapa cámbrica
en la que flotaba en el vientre lácteo de su luz.

Con torpeza me levanté de la cama
y deambulé hasta su cuarto siguiendo el rastro aceitoso
de aquel manantial que siempre manó del arrullo de su piel.
Y allí estaba ella, sin estar,
sobre la llanura infinita de su cama.
El infinito cabe en una sábana blanca.

Su último mensaje fue: «¿dónde estás?».
Y ahora… no sé qué responderle,
porque no soy más que una peonza
que voltea su tristeza
en la inmensidad espejada de su salina.

Estuve un rato apostado en el quicio de la puerta
esperando a que se obrara súbitamente el milagro;
como si fuera posible recomponer mi alma
arrojando las flores marchitas de mi herida contra el suelo…

Pero mi alma seguía rota
frente al desencanto
de aquella sábana fría.

Avancé con mis pasos ancianos hasta el baño.
Encendí la luz; una luz esclerótica y blanca.
Nunca me había desconocido tanto, Bea…
Y empecé a hurgarme la muela que me duele
con el dedo índice bien encajado en la boca.
Estoy seguro de que mi admirado Francis
habría hecho un buen retrato
con las sombras chinescas de mis muecas.

Tengo más de mil años desde que se murió mi madre.
Hay algo en mí que, definitivamente, ya no está en mí.
Es como si mis pasos ya no dejasen huella.
No soporto esta levedad. ¡No la soporto!
Necesito volver a mi triciclo de faritos azules.
Necesito arrancar de este mundo fratricida
la arcilla de mi madre y restregármela
por el cuerpo entero;
necesito el cobijo de su olor, masticarlo,
y hundir mi rostro en la pureza de su vientre vivo.
Necesito abrazarla, dios mío…

La muerte de una madre es una eternidad que no cesa,
como lo es la muerte de una estrella,
o el desmayo irreparable de una flor.

De vuelta a mi cuarto
me aposté de nuevo en el quicio de su puerta.
Y fue entonces, Bea, cuando me sorprendió el milagro.

Me agaché y fui gateando hasta el borde de su cama.
Y empecé a buscarla bajo el finísimo edredón de niebla
que cubría su sábana blanca.

Y así fui palpando cada poro de su infinito
mientras posaba mis mejillas en su almohada
por si lograba rescatar alguna luminiscencia,
o algún pedacito de carmín.

Y de pronto me llegó un vértigo inconmensurable.
Mi vacío implosionó succionado cada gramo de mi materia,
y me agarré al listón de la cama para no caer,
mientras aquel tornado mordía y aspirada la arena de mi cuerpo.
Y caí, ¡vaya si caí!, una y otra vez, sin dejar de caer,
hasta que quedaron visibles todos los estratos de mi dolor.

El tornado cesó, y unas manos blancas se posaron
en mi triste geología. Y sentí el pálpito de las prímulas
a punto de nacer en el crepúsculo de mi herida.

Y así estuve transitando el dolor,
tal y como me pediste
que lo hiciera.
Y tenías razón, compañera: el dolor del alma
no se puede arrancar
porque te arrancarías a ti mismo.

Yo no sé qué será de mí; lo que sí sé
es que las manos de mi madre
son infinitas.

Y eso
me basta:
sus manos y mis flores.


Kalkbadan
Madrid, 10 de febrero de 2025

Querido Andreas: He pensado mucho en tí en este tiempo, queriendo saber cómo te encontrabas, pero no me atrevía a preguntar ¿cómo estás? es tan abasurda en estos casos esta pregunta. Pero, como si de esa comunicación que exite más allá de la distancia se tratara, creo que ya estabas escribiendo este estremecedor poema.
No hay consuelo para ese dolor, amigo mio, solo hay que transitarlo, como te ha dicho tu compañera, sentir como esa herida abierta, se transforma en luz, y abrazas esas sensaciones que te impregnan de "ella".
Qué belleza de poema, que nos toca por dentro, por lo auténtico de tu dolor irreparable. La belleza triste de tus letras me empapa.

"Y así estuve transitando el dolor,
tal y como me pediste
que lo hiciera.
Y tenías razón, compañera: el dolor del alma
no se puede arrancar
porque te arrancarías a ti mismo.

Yo no sé qué será de mí; lo que sí sé
es que las manos de mi madre
son infinitas.

Y eso
me basta:
sus manos y mis flores."



Un enorme abrazo querido Andreas.
Isabel
 
La mía repartía abrazos y sonrisas, solo para empezar. Un abrazo, kalkbadan.
Querido Sergio... Parece mentira que esos abrazos y esas sonrisas queden en la abstracción absoluta de un limbo del que ya nadie es notario.
La vida siempre empieza, pero qué incomprensible que empiece sin ella.
Un abrazo, amigo.
 
"Yo no sé qué será de mí; lo que sí sé
es que las manos de mi madre
son infinitas."

Esas manos siempre estarán ahí, compañero, siempre que necesites una caricia...
Es un poema muy bello, aunque deje el alma chiquita.
Te dejo un abrazo grande, querido Andreas, uno muy grande...
 
Última edición:
FLORES

Era uno de esos días en los que tropiezas al alba
y caes en el crepúsculo, Bea…
Sabes bien del tropiezo del que te hablo.
Pero aquel día todo cambió para mí.

Tropecé al amanecer con ese olor suyo; un olor
que me acompaña desde aquella etapa cámbrica
en la que flotaba en el vientre lácteo de su luz.

Con torpeza me levanté de la cama
y deambulé hasta su cuarto siguiendo el rastro aceitoso
de aquel manantial que siempre manó del arrullo de su piel.
Y allí estaba ella, sin estar,
sobre la llanura infinita de su cama.
El infinito cabe en una sábana blanca.

Su último mensaje fue: «¿dónde estás?».
Y ahora… no sé qué responderle,
porque no soy más que una peonza
que voltea su tristeza
en la inmensidad espejada de su salina.

Estuve un rato apostado en el quicio de la puerta
esperando a que se obrara súbitamente el milagro;
como si fuera posible recomponer mi alma
arrojando las flores marchitas de mi herida contra el suelo…

Pero mi alma seguía rota
frente al desencanto
de aquella sábana fría.

Avancé con mis pasos ancianos hasta el baño.
Encendí la luz; una luz esclerótica y blanca.
Nunca me había desconocido tanto, Bea…
Y empecé a hurgarme la muela que me duele
con el dedo índice bien encajado en la boca.
Estoy seguro de que mi admirado Francis
habría hecho un buen retrato
con las sombras chinescas de mis muecas.

Tengo más de mil años desde que se murió mi madre.
Hay algo en mí que, definitivamente, ya no está en mí.
Es como si mis pasos ya no dejasen huella.
No soporto esta levedad. ¡No la soporto!
Necesito volver a mi triciclo de faritos azules.
Necesito arrancar de este mundo fratricida
la arcilla de mi madre y restregármela
por el cuerpo entero;
necesito el cobijo de su olor, masticarlo,
y hundir mi rostro en la pureza de su vientre vivo.
Necesito abrazarla, dios mío…

La muerte de una madre es una eternidad que no cesa,
como lo es la muerte de una estrella,
o el desmayo irreparable de una flor.

De vuelta a mi cuarto
me aposté de nuevo en el quicio de su puerta.
Y fue entonces, Bea, cuando me sorprendió el milagro.

Me agaché y fui gateando hasta el borde de su cama.
Y empecé a buscarla bajo el finísimo edredón de niebla
que cubría su sábana blanca.

Y así fui palpando cada poro de su infinito
mientras posaba mis mejillas en su almohada
por si lograba rescatar alguna luminiscencia,
o algún pedacito de carmín.

Y de pronto me llegó un vértigo inconmensurable.
Mi vacío implosionó succionado cada gramo de mi materia,
y me agarré al listón de la cama para no caer,
mientras aquel tornado mordía y aspirada la arena de mi cuerpo.
Y caí, ¡vaya si caí!, una y otra vez, sin dejar de caer,
hasta que quedaron visibles todos los estratos de mi dolor.

El tornado cesó, y unas manos blancas se posaron
en mi triste geología. Y sentí el pálpito de las prímulas
a punto de nacer en el crepúsculo de mi herida.

Y así estuve transitando el dolor,
tal y como me pediste
que lo hiciera.
Y tenías razón, compañera: el dolor del alma
no se puede arrancar
porque te arrancarías a ti mismo.

Yo no sé qué será de mí; lo que sí sé
es que las manos de mi madre
son infinitas.

Y eso
me basta:
sus manos y mis flores.


Kalkbadan
Madrid, 10 de febrero de 2025
Muy hermoso, transitas las metáforas con un arte asombroso, me gustó en especial la estrofa:

"La muerte de una madre es una eternidad que no cesa,
como lo es la muerte de una estrella,
o el desmayo irreparable de una flor."

Un gusto leerte.

PD Creo que ya lo había leído, pero me volvió a sorprender.
 
Última edición:
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Era uno de esos días en los que tropiezas al alba
y caes en el crepúsculo, Bea…
Sabes bien del tropiezo del que te hablo.
Pero aquel día todo cambió para mí.

Tropecé al amanecer con ese olor suyo; un olor
que me acompaña desde aquella etapa cámbrica
en la que flotaba en el vientre lácteo de su luz.

Con torpeza me levanté de la cama
y deambulé hasta su cuarto siguiendo el rastro aceitoso
de aquel manantial que siempre manó del arrullo de su piel.
Y allí estaba ella, sin estar,
sobre la llanura infinita de su cama.
El infinito cabe en una sábana blanca.

Su último mensaje fue: «¿dónde estás?».
Y ahora… no sé qué responderle,
porque no soy más que una peonza
que voltea su tristeza
en la inmensidad espejada de su salina.

Estuve un rato apostado en el quicio de la puerta
esperando a que se obrara súbitamente el milagro;
como si fuera posible recomponer mi alma
arrojando las flores marchitas de mi herida contra el suelo…

Pero mi alma seguía rota
frente al desencanto
de aquella sábana fría.

Avancé con mis pasos ancianos hasta el baño.
Encendí la luz; una luz esclerótica y blanca.
Nunca me había desconocido tanto, Bea…
Y empecé a hurgarme la muela que me duele
con el dedo índice bien encajado en la boca.
Estoy seguro de que mi admirado Francis
habría hecho un buen retrato
con las sombras chinescas de mis muecas.

Tengo más de mil años desde que se murió mi madre.
Hay algo en mí que, definitivamente, ya no está en mí.
Es como si mis pasos ya no dejasen huella.
No soporto esta levedad. ¡No la soporto!
Necesito volver a mi triciclo de faritos azules.
Necesito arrancar de este mundo fratricida
la arcilla de mi madre y restregármela
por el cuerpo entero;
necesito el cobijo de su olor, masticarlo,
y hundir mi rostro en la pureza de su vientre vivo.
Necesito abrazarla, dios mío…

La muerte de una madre es una eternidad que no cesa,
como lo es la muerte de una estrella,
o el desmayo irreparable de una flor.

De vuelta a mi cuarto
me aposté de nuevo en el quicio de su puerta.
Y fue entonces, Bea, cuando me sorprendió el milagro.

Me agaché y fui gateando hasta el borde de su cama.
Y empecé a buscarla bajo el finísimo edredón de niebla
que cubría su sábana blanca.

Y así fui palpando cada poro de su infinito
mientras posaba mis mejillas en su almohada
por si lograba rescatar alguna luminiscencia,
o algún pedacito de carmín.

Y de pronto me llegó un vértigo inconmensurable.
Mi vacío implosionó succionado cada gramo de mi materia,
y me agarré al listón de la cama para no caer,
mientras aquel tornado mordía y aspirada la arena de mi cuerpo.
Y caí, ¡vaya si caí!, una y otra vez, sin dejar de caer,
hasta que quedaron visibles todos los estratos de mi dolor.

El tornado cesó, y unas manos blancas se posaron
en mi triste geología. Y sentí el pálpito de las prímulas
a punto de nacer en el crepúsculo de mi herida.

Y así estuve transitando el dolor,
tal y como me pediste
que lo hiciera.
Y tenías razón, compañera: el dolor del alma
no se puede arrancar
porque te arrancarías a ti mismo.

Yo no sé qué será de mí; lo que sí sé
es que las manos de mi madre
son infinitas.

Y eso
me basta:
sus manos y mis flores.


Kalkbadan
Madrid, 10 de febrero de 2025
El dolor del alma no puede eliminarse sin destruirse a uno mismo.

Saludos
 

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