Mi honda y sentida felicitación, Cecilya. Pero no solo a vos. También a quienes enriquecieron el planteo con sus comentarios.
¡Tan fácil es, cuando a uno le hacen ver el error propio, decir: "perdón, me equivoqué"! Y arrepentirse realmente. Sentir esa íntima vergüenza, ese "la pucha, ¿cómo pude ser tan...?"
Y cuando a uno le piden perdón así, de esa forma, de verdad, no de hipocresía, es mágico. Uno se da cuenta automáticamente que el pedido de perdón es auténtico, y uno siente vergüenza de no perdonar.
Coincido plenamente con lo planteado hasta aquí por vos y quienes comentaron. Perdonar no significa: "bueno, dale, seguí haciendo daño". Tal vez el perdón no implique reconciliación vincular, pero sí espiritual, que es una suerte de reconciliación con nuestra misma condición humana, porque el otro y yo, en algún punto, somos partes indivisibles de un mismo todo, y como maravillosamente vos planteás, el rencor hacia el otro funciona también como una suerte de rencor hacia uno mismo. Uno se "pudre" por dentro, de bronca, como en el fondo está deseando que se pudra el otro.
Lo que sí es realmente difícil (confieso, para mí: prácticamente imposible) es perdonar al que reincide, al que no se arrepiente, al que no pide perdón, o al que pide perdón hipócritamente... Pero no queda otra que intentarlo. Y algún día lograrlo. Porque si no, nos pudrimos por dentro. Y la vida, implacable, nos mete en ese brete. La única forma de dejar de pudrirnos, es dejar de desear que se pudra el otro, ese hijo de p... ¡Qué jodida es la vida!, ¿no? O tal vez no. Tal vez los jodidos somos nosotros.
Un abrazo desde la cordillera, con una helada que petrifica.
Lisandro