Anna Politkóvskaya
Poeta fiel al portal
A veinte mil pies de altura
soy un torrente de sudor frío
y un corazón dodecafónico.
A mi lado, como un rey en su trono
un bebé sentado en el regazo
de su madre me observa detenidamente
y me habla sin parar
con su jerga incomprensible de neonato
y digno de su compasión,
al final me lanza una linda sonrisa,
de las que convierten el hormigón armado
en papilla o curan el miedo de golpe;
pero yo solo pienso
-es lo único que puedo hacer
cuando mi cuerpo paralizado es una cárcel-
en los restos humanos mezclados
con el fuselaje del avión que se estrelló
la semana pasada y en besar tierra
cuanto antes, cualquier tierra
aunque esté plagada de serpientes
y la boca haya huido de mi rostro,
y en escribir sobre la verdad
tantas veces acribillada de la historia
o sobre la memoria de los hombres
y su palabra derruida o sobre sus hijos
y el dolor de la pérdida o sobre el amor
que se oculta definitivamente en el horizonte;
aunque también sobre qué bello es vivir
si indemne salgo de esta.
soy un torrente de sudor frío
y un corazón dodecafónico.
A mi lado, como un rey en su trono
un bebé sentado en el regazo
de su madre me observa detenidamente
y me habla sin parar
con su jerga incomprensible de neonato
y digno de su compasión,
al final me lanza una linda sonrisa,
de las que convierten el hormigón armado
en papilla o curan el miedo de golpe;
pero yo solo pienso
-es lo único que puedo hacer
cuando mi cuerpo paralizado es una cárcel-
en los restos humanos mezclados
con el fuselaje del avión que se estrelló
la semana pasada y en besar tierra
cuanto antes, cualquier tierra
aunque esté plagada de serpientes
y la boca haya huido de mi rostro,
y en escribir sobre la verdad
tantas veces acribillada de la historia
o sobre la memoria de los hombres
y su palabra derruida o sobre sus hijos
y el dolor de la pérdida o sobre el amor
que se oculta definitivamente en el horizonte;
aunque también sobre qué bello es vivir
si indemne salgo de esta.
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