kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
AZUL
Alfred, haz el favor de servirnos un par de jarras de cerveza.
Hacía tiempo que Alice y Bob no coincidían, pero daba igual
porque tenían esa relación propia de los amigos de la niñez
con los que a pesar de los años y la lejanía que imprimen
las jodidas cartas que reparte el crupier cósmico
siguen siendo los mismos mocosos adorables
con los que te mordías los morros en el parvulario
Alice y Bob callaban mientras bebían
en una secuencia de tragos largos
aislados del mundo entero en la nube musical
de aquel bar, con sus miradas clavadas
en los cromáticos armarios preñados de licor
que se alzaban frente a ellos.
De pronto, Alice, giró su silla hacia Bob y empezó a hablar.
Sabes, Bob, no soporto la incertidumbre que me embarga
cuando siento que no tengo a nadie que me quiera.
A veces tengo la impresión de que estoy perdiendo el rumbo…
Sí, ya sé que mis hijos me quieren y que tú me quieres,
¿pero quién me salva de ser huérfana de mí misma?
Demasiado corazón, demasiada mente…, ¡corazón o mente!,
pero yo quiero corazón y mente,
sin la puta «o» de un horizonte de sucesos
partiendo mi ser en dos
con el mismo corte dorsal y preciso
con el que un artesano japonés despieza un atún.
Estoy cansada de tanto remar, Bob.
Literalmente, no puedo más.
Pero Alice, debes manejarte en esta incertidumbre.
Quizá tu angustia provenga de los remos que sujetas;
¿has probado abandonarte a la deriva?,
¿tratar de estar presente en la ausencia?
Si lo logras notarás, entonces, cómo escapas
de esta cárcel estática y binaria que te retiene
y te adentrarás en la clarividencia de la dispersión y la quiralidad.
Además, compañera, debes retomar
los entrelazamientos que te hacen bien
y romper, a su vez, con los enlaces tóxicos.
Rompe con esa ponzoña que se cree con el derecho
de reventar tu fiesta —esa fiesta que vivimos una sola vez—
por tener ese disfuncional salvoconducto llamado «familia»
que no es más que puta, perdón, pura materia
que aprovecha tu energía
para excitar sus miserables orbitales.
Y disfruta, Alice, de la superposición natural de tu ser.
Nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a colapsarnos
con sus medidas caprichosas y la mierda de sus dogmas.
Debemos ser nosotros mismos
aquí y ahora y a todo lo ancho
de este vastísimo océano cósmico.
No depongamos jamás las crestas de nuestras ondas
ante los designios de quienes se creen en posesión de la verdad.
Estamos rodeados de dioses y profetas, genocidas matéricos
que necesitan el aceite de nuestra luz. ¡Que les jodan!
No te dejes colapsar jamás
y vuela desnuda, ¡vuela!
Y que tu rastro azul de lapislázuli
deje en los labios de este mundo
el brillo de un mundo mejor.
Y Alice y Bob —y yo también— nos abrazamos,
porque aquellos dos corpúsculos
son la trenza de luz azul a la que me aferro
en estas noches de ventana cerrada
en las que ya todo me da igual.
Alice, me han contado que han abierto un bar
cerca de la estrella Antares, en la constelación de Escorpio,
a unos pocos años luz. Al parecer está todo bañado de rojo,
¿te apetece tomarte la última copa allá?
Estaban llegando al bar cuando desde la altura divisaron
un lago inmenso con un médano escarlata
que lo cicatrizaba de lado a lado.
Bob, hace tanto tiempo que no me baño desnuda
de noche, en un mar de carmines.
Y se tumbaron los dos haciéndose los vivos,
dejándose flotar.
Las palabras atravesaban aquel manto acuoso
desvistiéndose del tiempo,
mudándose así a los sonidos de la infancia...
Las risas de los amigos, el grito vital de la madre ordenando
que ya era hora de merendar, las olas azules de agosto
rompiendo contra la playa,
el canto de los pájaros en los bosques del norte
y la brisa dulce atravesando las higueras del barrio.
Y allí estuvieron mis dos almas charlando hasta el amanecer
con el lenguaje de esa luz desnuda,
de esa luz entera,
Kalkbadan
Madrid, 17 de septiembre de 2022
Alfred, haz el favor de servirnos un par de jarras de cerveza.
Hacía tiempo que Alice y Bob no coincidían, pero daba igual
porque tenían esa relación propia de los amigos de la niñez
con los que a pesar de los años y la lejanía que imprimen
las jodidas cartas que reparte el crupier cósmico
siguen siendo los mismos mocosos adorables
con los que te mordías los morros en el parvulario
Alice y Bob callaban mientras bebían
en una secuencia de tragos largos
aislados del mundo entero en la nube musical
de aquel bar, con sus miradas clavadas
en los cromáticos armarios preñados de licor
que se alzaban frente a ellos.
De pronto, Alice, giró su silla hacia Bob y empezó a hablar.
Sabes, Bob, no soporto la incertidumbre que me embarga
cuando siento que no tengo a nadie que me quiera.
A veces tengo la impresión de que estoy perdiendo el rumbo…
Sí, ya sé que mis hijos me quieren y que tú me quieres,
¿pero quién me salva de ser huérfana de mí misma?
Demasiado corazón, demasiada mente…, ¡corazón o mente!,
pero yo quiero corazón y mente,
sin la puta «o» de un horizonte de sucesos
partiendo mi ser en dos
con el mismo corte dorsal y preciso
con el que un artesano japonés despieza un atún.
Estoy cansada de tanto remar, Bob.
Literalmente, no puedo más.
Pero Alice, debes manejarte en esta incertidumbre.
Quizá tu angustia provenga de los remos que sujetas;
¿has probado abandonarte a la deriva?,
¿tratar de estar presente en la ausencia?
Si lo logras notarás, entonces, cómo escapas
de esta cárcel estática y binaria que te retiene
y te adentrarás en la clarividencia de la dispersión y la quiralidad.
Además, compañera, debes retomar
los entrelazamientos que te hacen bien
y romper, a su vez, con los enlaces tóxicos.
Rompe con esa ponzoña que se cree con el derecho
de reventar tu fiesta —esa fiesta que vivimos una sola vez—
por tener ese disfuncional salvoconducto llamado «familia»
que no es más que puta, perdón, pura materia
que aprovecha tu energía
para excitar sus miserables orbitales.
Y disfruta, Alice, de la superposición natural de tu ser.
Nadie, absolutamente nadie, tiene derecho a colapsarnos
con sus medidas caprichosas y la mierda de sus dogmas.
Debemos ser nosotros mismos
aquí y ahora y a todo lo ancho
de este vastísimo océano cósmico.
No depongamos jamás las crestas de nuestras ondas
ante los designios de quienes se creen en posesión de la verdad.
Estamos rodeados de dioses y profetas, genocidas matéricos
que necesitan el aceite de nuestra luz. ¡Que les jodan!
No te dejes colapsar jamás
y vuela desnuda, ¡vuela!
Y que tu rastro azul de lapislázuli
deje en los labios de este mundo
el brillo de un mundo mejor.
Y Alice y Bob —y yo también— nos abrazamos,
porque aquellos dos corpúsculos
son la trenza de luz azul a la que me aferro
en estas noches de ventana cerrada
en las que ya todo me da igual.
Alice, me han contado que han abierto un bar
cerca de la estrella Antares, en la constelación de Escorpio,
a unos pocos años luz. Al parecer está todo bañado de rojo,
¿te apetece tomarte la última copa allá?
Estaban llegando al bar cuando desde la altura divisaron
un lago inmenso con un médano escarlata
que lo cicatrizaba de lado a lado.
Bob, hace tanto tiempo que no me baño desnuda
de noche, en un mar de carmines.
Y se tumbaron los dos haciéndose los vivos,
dejándose flotar.
Las palabras atravesaban aquel manto acuoso
desvistiéndose del tiempo,
mudándose así a los sonidos de la infancia...
Las risas de los amigos, el grito vital de la madre ordenando
que ya era hora de merendar, las olas azules de agosto
rompiendo contra la playa,
el canto de los pájaros en los bosques del norte
y la brisa dulce atravesando las higueras del barrio.
Y allí estuvieron mis dos almas charlando hasta el amanecer
con el lenguaje de esa luz desnuda,
de esa luz entera,
que nos llega sin sombra.
Kalkbadan
Madrid, 17 de septiembre de 2022
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