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También a mí, carnalita, hace muchos años
se me ocurrió ir a las tumbas a buscar fantasmas. No creas
que por la idiotez de estárnosla midiendo con los primos
a esa edad de ver quién la tenía más larga, más bien
por una sospecha que traía entonces atorada en las tripas.
Recuerdo que acababan de dar las dos de la madrugada
cuando salte una barda del cementerio del Sagrado Corazón.
Casi ni tengo que contarte que iba yo bien armado
con una botella algo mermada de José Cuervo bien rasposo,
digo, por si a mis ganas de mearme encima les daba sed
o se me aparecía alguno de nuestros tantos parientes
que se perdieron pronto por buscarse en la peda.
Estoy seguro que sabes lo que ocurrió después: nada.
El ambiente ahí distaba de ser terrorífico. Ni una hebra
de bruma espesa arrastrándose entre los túmulos
como un reptil de leche. Los cipreses, esos sí nunca faltan,
no invocaban susurros en el aire escaso y seco de agosto,
algunos parecían tener sueño o disfunción eréctil,
tristísimos todos. Ni un tecolote aciago siquiera para sentir
en las médulas un atisbo primordial de superstición.
Con decirte, carnalita Eli, que ese ridículo pedacito de luna
colgada en los alambres del cielo como la tanga percudida
de teibolera no me ayudó a descifrar las desvaídas
inscripciones en el mármol de las cruces y lápidas;
tuve que encender la lámpara de mi Nokia antediluviano
para dar con el escondrijo de la abuela Porfiria, que murió
en el noventa y cuatro sin saber su edad, edad de la lluvia,
arenal del viento que se me cuela en la mirada a veces.
No me mires así, Eli, sé que soy un tonto nostálgico,
más en días como estos en que el reino de los muertos
se confunde con el reino de los moribundos.
En fin, te decía que estuve un rato en el sepulcro de Abuela,
escuchando su silencio y calentándome el cogote con tequila.
Los ojos de los querubes, con pátina de líquenes,
me recordaron la mirada del dios Azathoth, de Lovecraft,
o la del terrible dios Dios, de autor desconocido.
Es probable que por la influencia de esos relatos de horror
que leí cuando adolescente, en un momento dado
sentí la inminencia de un hecho sobrenatural,
quizás un alarido de ultratumba me descoyuntaría la razón
o, tal vez, sentiría un resuello espectral en la nunca
como si el blanco –o negro— fantasma de Michael Jackson
quisiera cogerme. Ipso facto, gallardo y valiente, me di la vuelta
para encarar al enemigo, pero en el panteón solitario y sombrío
ni un zombi se arrastraba para morirse de hambre con mi cerebro,
y, si lo pienso bien, el pobre Michael todavía no estiraba la pata,
pero sabrás dispensar el anacronismo como una licencia narrativa.
¿Será que los muertos se mantienen agazapados, discretos,
sin darse a notar porque están cagados de miedo
al contemplar como un no muerto se tambalea en sus terrenos,
hablando con las estatuas? Mientras me formulaba
esta inquietante interrogación, como respuesta paralela me vino
a la memoria una revelación que le hicieron a Bruce Willis,
en el Sexto sentido: los muertos no saben que están muertos y no se pueden ver entre ellos. Con el pellejo de gallina desplumada,
grité: ¡Estoy muerto! ¡Estoy muerto! ¡Estoy muerto!
Si por casualidad un muerto despistado pasaba por ahí entonces,
debió poner pies en polvorosa para desvanecerse despavorido.
Con certeza clarividente pude atisbar a mi helado cadáver,
al pie del alto paredón, con la cabeza reventada.
Me disponía a correr para abrazar mi de mí deshabitado cuerpo,
pero noté que entre tanta falta de aire en mis pulmones de hectoplasma,
el ruido insidioso de mi corazón me hablaba en elocuente binario: ¡Respira, imbécil, respira!¿Cómo, entonces no me morí?, pregunté.
Te juro, hermanita, que muchas otras veces he oído murmurar
a mi corazón: ¿Por qué me habrá tocado latir para este pendejo?
Me largué de ahí al poco rato, y no he vuelto jamás,
pero antes me pasé por una tumba pequeña y olvidada: la tuya.
Aunque poco faltaba para el amanecer, solo con la yema de los dedos
pude sentir tu nombre, Elizabeth, en el cemento gastado.
Apuré lo que quedaba de la botella y charlé contigo unos minutos.
Sé que nuestras conversaciones suelen ser cortas e incómodas,
sobre todo porque cuando falleciste solo sabías decir “leche” o “mami”,
nunca aprendiste a gritar “¡Algo se me atoró en la garganta!”,
o a preguntar “¿Cómo iba a gritar si me estaba ahogando, menso?”.
Pero hoy, en vísperas del Día de Muertos, mirando tu fotografía,
me han dado ganas de contarte el cuento
de cuando me creí cazafantasmas, para que te duermas tranquila
o te despiertes a darle a mamá un último beso de buenas noches.
Pero sé que no es posible. ¿Sabes, carnalita, lo qué descubrí
esa vez mientras regresaba del cementerio a la cantina? Lo más horrible de pasar la noche entre los muertos
es que no se te aparezca ningún fantasma.
También a mí, carnalita, hace muchos años
se me ocurrió ir a las tumbas a buscar fantasmas. No creas
que por la idiotez de estárnosla midiendo con los primos
a esa edad de ver quién la tenía más larga, más bien
por una sospecha que traía entonces atorada en las tripas.
Recuerdo que acababan de dar las dos de la madrugada
cuando salte una barda del cementerio del Sagrado Corazón.
Casi ni tengo que contarte que iba yo bien armado
con una botella algo mermada de José Cuervo bien rasposo,
digo, por si a mis ganas de mearme encima les daba sed
o se me aparecía alguno de nuestros tantos parientes
que se perdieron pronto por buscarse en la peda.
Estoy seguro que sabes lo que ocurrió después: nada.
El ambiente ahí distaba de ser terrorífico. Ni una hebra
de bruma espesa arrastrándose entre los túmulos
como un reptil de leche. Los cipreses, esos sí nunca faltan,
no invocaban susurros en el aire escaso y seco de agosto,
algunos parecían tener sueño o disfunción eréctil,
tristísimos todos. Ni un tecolote aciago siquiera para sentir
en las médulas un atisbo primordial de superstición.
Con decirte, carnalita Eli, que ese ridículo pedacito de luna
colgada en los alambres del cielo como la tanga percudida
de teibolera no me ayudó a descifrar las desvaídas
inscripciones en el mármol de las cruces y lápidas;
tuve que encender la lámpara de mi Nokia antediluviano
para dar con el escondrijo de la abuela Porfiria, que murió
en el noventa y cuatro sin saber su edad, edad de la lluvia,
arenal del viento que se me cuela en la mirada a veces.
No me mires así, Eli, sé que soy un tonto nostálgico,
más en días como estos en que el reino de los muertos
de confunde con el reino de los moribundos.
En fin, te decía que estuve un rato en el sepulcro de Abuela,
escuchando su silencio y calentándome el cogote con tequila.
Los ojos de los querubes, con pátina de líquenes,
me recordaron la mirada del dios Azathoth, de Lovecraft,
o la del terrible dios Dios, de autor desconocido.
Es probable que por la influencia de esos relatos de horror
que leí cuando adolescente, en un momento dado
me pareció inminente que algo sobrenatural estaba por ocurrir,
quizás un alarido de ultratumba me descoyuntaría la razón
o, tal vez, sentiría un resuello espectral en la nunca
como si el blanco –o negro— fantasma de Michael Jackson
quisiera cogerme. Ipso facto, gallardo y valiente, me di la vuelta
para encarar al enemigo, pero en el panteón solitario y sombrío
ni un zombi se arrastraba para morirse de hambre con mi cerebro,
y, si lo pienso bien, el pobre Michael todavía no estiraba la pata,
pero sabrás dispensar el anacronismo como una licencia narrativa.
¿Será que los muertos se mantienen agazapados, discretos,
sin darse a notar porque están cagados de miedo
al contemplar como un no muerto se tambalea en sus terrenos,
hablando con las estatuas? Mientras me formulaba
esta inquietante interrogación, como respuesta paralela me vino
a la memoria una revelación que le hicieron a Bruce Willis,
en el Sexto sentido: los muertos no saben que están muertos y no se pueden ver entre ellos. Con el pellejo de gallina desplumada,
grité: ¡Estoy muerto! ¡Estoy muerto! ¡Estoy muerto!
Si por casualidad un muerto despistado pasaba por ahí entonces,
debió poner pies en polvorosa para desvanecerse despavorido.
Con certeza clarividente pude atisbar a mi helado cadáver,
al pie del alto paredón, con la cabeza reventada.
Me disponía a correr para abrazar mi de mí deshabitado cuerpo,
pero noté que entre tanta falta de aire en mis pulmones de hectoplasma,
el ruido insidioso de mi corazón me hablaba en elocuente binario: ¡Respira, imbécil, respira!¿Cómo, entonces no me morí?, pregunté.
Te juro, hermanita, que muchas otras veces he oído murmurar
a mi corazón: ¿Por qué me habrá tocado latir para este pendejo?
Me largué de ahí al poco rato, y no he vuelto jamás,
pero antes me pasé por una tumba pequeña y olvidada: la tuya.
Aunque poco faltaba para el amanecer, solo con la yema de los dedos
pude sentir tu nombre, Elizabeth, en el cemento gastado.
Apuré lo que quedaba de la botella y charle contigo unos minutos.
Sé que nuestras conversaciones suelen ser cortas e incómodas,
sobre todo porque cuando falleciste solo sabías decir “leche” o “mami”,
nunca aprendiste a gritar “Algo se me atoró en la garganta”,
o a preguntar “¿Cómo iba a gritar si me estaba ahogando, menso?”.
Pero hoy, en vísperas del Día de Muertos, mirando tu fotografía,
me han dado ganas de contarte el cuento
de cuando me creí cazafantasmas, para que te duermas tranquila
o te despiertes a darle a mamá un último beso de buenas noches.
Pero sé que no es posible. ¿Sabes, carnalita, lo qué descubrí
esa vez mientras regresaba del cementerio a la cantina? Lo más horrible de pasar la noche entre los muertos
es que no se te aparezca ningún fantasma.
También a mí, carnalita, hace muchos años
se me ocurrió ir a las tumbas a buscar fantasmas. No creas
que por la idiotez de estárnosla midiendo con los primos
a esa edad de ver quién la tenía más larga, más bien
por una sospecha que traía entonces atorada en las tripas.
Recuerdo que acababan de dar las dos de la madrugada
cuando salte una barda del cementerio del Sagrado Corazón.
Casi ni tengo que contarte que iba yo bien armado
con una botella algo mermada de José Cuervo bien rasposo,
digo, por si a mis ganas de mearme encima les daba sed
o se me aparecía alguno de nuestros tantos parientes
que se perdieron pronto por buscarse en la peda.
Estoy seguro que sabes lo que ocurrió después: nada.
El ambiente ahí distaba de ser terrorífico. Ni una hebra
de bruma espesa arrastrándose entre los túmulos
como un reptil de leche. Los cipreses, esos sí nunca faltan,
no invocaban susurros en el aire escaso y seco de agosto,
algunos parecían tener sueño o disfunción eréctil,
tristísimos todos. Ni un tecolote aciago siquiera para sentir
en las médulas un atisbo primordial de superstición.
Con decirte, carnalita Eli, que ese ridículo pedacito de luna
colgada en los alambres del cielo como la tanga percudida
de teibolera no me ayudó a descifrar las desvaídas
inscripciones en el mármol de las cruces y lápidas;
tuve que encender la lámpara de mi Nokia antediluviano
para dar con el escondrijo de la abuela Porfiria, que murió
en el noventa y cuatro sin saber su edad, edad de la lluvia,
arenal del viento que se me cuela en la mirada a veces.
No me mires así, Eli, sé que soy un tonto nostálgico,
más en días como estos en que el reino de los muertos
de confunde con el reino de los moribundos.
En fin, te decía que estuve un rato en el sepulcro de Abuela,
escuchando su silencio y calentándome el cogote con tequila.
Los ojos de los querubes, con pátina de líquenes,
me recordaron la mirada del dios Azathoth, de Lovecraft,
o la del terrible dios Dios, de autor desconocido.
Es probable que por la influencia de esos relatos de horror
que leí cuando adolescente, en un momento dado
me pareció inminente que algo sobrenatural estaba por ocurrir,
quizás un alarido de ultratumba me descoyuntaría la razón
o, tal vez, sentiría un resuello espectral en la nunca
como si el blanco –o negro— fantasma de Michael Jackson
quisiera cogerme. Ipso facto, gallardo y valiente, me di la vuelta
para encarar al enemigo, pero en el panteón solitario y sombrío
ni un zombi se arrastraba para morirse de hambre con mi cerebro,
y, si lo pienso bien, el pobre Michael todavía no estiraba la pata,
pero sabrás dispensar el anacronismo como una licencia narrativa.
¿Será que los muertos se mantienen agazapados, discretos,
sin darse a notar porque están cagados de miedo
al contemplar como un no muerto se tambalea en sus terrenos,
hablando con las estatuas? Mientras me formulaba
esta inquietante interrogación, como respuesta paralela me vino
a la memoria una revelación que le hicieron a Bruce Willis,
en el Sexto sentido: los muertos no saben que están muertos y no se pueden ver entre ellos. Con el pellejo de gallina desplumada,
grité: ¡Estoy muerto! ¡Estoy muerto! ¡Estoy muerto!
Si por casualidad un muerto despistado pasaba por ahí entonces,
debió poner pies en polvorosa para desvanecerse despavorido.
Con certeza clarividente pude atisbar a mi helado cadáver,
al pie del alto paredón, con la cabeza reventada.
Me disponía a correr para abrazar mi de mí deshabitado cuerpo,
pero noté que entre tanta falta de aire en mis pulmones de hectoplasma,
el ruido insidioso de mi corazón me hablaba en elocuente binario: ¡Respira, imbécil, respira!¿Cómo, entonces no me morí?, pregunté.
Te juro, hermanita, que muchas otras veces he oído murmurar
a mi corazón: ¿Por qué me habrá tocado latir para este pendejo?
Me largué de ahí al poco rato, y no he vuelto jamás,
pero antes me pasé por una tumba pequeña y olvidada: la tuya.
Aunque poco faltaba para el amanecer, solo con la yema de los dedos
pude sentir tu nombre, Elizabeth, en el cemento gastado.
Apuré lo que quedaba de la botella y charle contigo unos minutos.
Sé que nuestras conversaciones suelen ser cortas e incómodas,
sobre todo porque cuando falleciste solo sabías decir “leche” o “mami”,
nunca aprendiste a gritar “Algo se me atoró en la garganta”,
o a preguntar “¿Cómo iba a gritar si me estaba ahogando, menso?”.
Pero hoy, en vísperas del Día de Muertos, mirando tu fotografía,
me han dado ganas de contarte el cuento
de cuando me creí cazafantasmas, para que te duermas tranquila
o te despiertes a darle a mamá un último beso de buenas noches.
Pero sé que no es posible. ¿Sabes, carnalita, lo qué descubrí
esa vez mientras regresaba del cementerio a la cantina? Lo más horrible de pasar la noche entre los muertos
es que no se te aparezca ningún fantasma.
También a mí, carnalita, hace muchos años
se me ocurrió ir a las tumbas a buscar fantasmas. No creas
que por la idiotez de estárnosla midiendo con los primos
a esa edad de ver quién la tenía más larga, más bien
por una sospecha que traía entonces atorada en las tripas.
Recuerdo que acababan de dar las dos de la madrugada
cuando salte una barda del cementerio del Sagrado Corazón.
Casi ni tengo que contarte que iba yo bien armado
con una botella algo mermada de José Cuervo bien rasposo,
digo, por si a mis ganas de mearme encima les daba sed
o se me aparecía alguno de nuestros tantos parientes
que se perdieron pronto por buscarse en la peda.
Estoy seguro que sabes lo que ocurrió después: nada.
El ambiente ahí distaba de ser terrorífico. Ni una hebra
de bruma espesa arrastrándose entre los túmulos
como un reptil de leche. Los cipreses, esos sí nunca faltan,
no invocaban susurros en el aire escaso y seco de agosto,
algunos parecían tener sueño o disfunción eréctil,
tristísimos todos. Ni un tecolote aciago siquiera para sentir
en las médulas un atisbo primordial de superstición.
Con decirte, carnalita Eli, que ese ridículo pedacito de luna
colgada en los alambres del cielo como la tanga percudida
de teibolera no me ayudó a descifrar las desvaídas
inscripciones en el mármol de las cruces y lápidas;
tuve que encender la lámpara de mi Nokia antediluviano
para dar con el escondrijo de la abuela Porfiria, que murió
en el noventa y cuatro sin saber su edad, edad de la lluvia,
arenal del viento que se me cuela en la mirada a veces.
No me mires así, Eli, sé que soy un tonto nostálgico,
más en días como estos en que el reino de los muertos
de confunde con el reino de los moribundos.
En fin, te decía que estuve un rato en el sepulcro de Abuela,
escuchando su silencio y calentándome el cogote con tequila.
Los ojos de los querubes, con pátina de líquenes,
me recordaron la mirada del dios Azathoth, de Lovecraft,
o la del terrible dios Dios, de autor desconocido.
Es probable que por la influencia de esos relatos de horror
que leí cuando adolescente, en un momento dado
sentí la inminencia de un hecho sobrenatural,
quizás un alarido de ultratumba me descoyuntaría la razón
o, tal vez, sentiría un resuello espectral en la nunca
como si el blanco –o negro— fantasma de Michael Jackson
quisiera cogerme. Ipso facto, gallardo y valiente, me di la vuelta
para encarar al enemigo, pero en el panteón solitario y sombrío
ni un zombi se arrastraba para morirse de hambre con mi cerebro,
y, si lo pienso bien, el pobre Michael todavía no estiraba la pata,
pero sabrás dispensar el anacronismo como una licencia narrativa.
¿Será que los muertos se mantienen agazapados, discretos,
sin darse a notar porque están cagados de miedo
al contemplar como un no muerto se tambalea en sus terrenos,
hablando con las estatuas? Mientras me formulaba
esta inquietante interrogación, como respuesta paralela me vino
a la memoria una revelación que le hicieron a Bruce Willis,
en el Sexto sentido: los muertos no saben que están muertos y no se pueden ver entre ellos. Con el pellejo de gallina desplumada,
grité: ¡Estoy muerto! ¡Estoy muerto! ¡Estoy muerto!
Si por casualidad un muerto despistado pasaba por ahí entonces,
debió poner pies en polvorosa para desvanecerse despavorido.
Con certeza clarividente pude atisbar a mi helado cadáver,
al pie del alto paredón, con la cabeza reventada.
Me disponía a correr para abrazar mi de mí deshabitado cuerpo,
pero noté que entre tanta falta de aire en mis pulmones de hectoplasma,
el ruido insidioso de mi corazón me hablaba en elocuente binario: ¡Respira, imbécil, respira!¿Cómo, entonces no me morí?, pregunté.
Te juro, hermanita, que muchas otras veces he oído murmurar
a mi corazón: ¿Por qué me habrá tocado latir para este pendejo?
Me largué de ahí al poco rato, y no he vuelto jamás,
pero antes me pasé por una tumba pequeña y olvidada: la tuya.
Aunque poco faltaba para el amanecer, solo con la yema de los dedos
pude sentir tu nombre, Elizabeth, en el cemento gastado.
Apuré lo que quedaba de la botella y charlé contigo unos minutos.
Sé que nuestras conversaciones suelen ser cortas e incómodas,
sobre todo porque cuando falleciste solo sabías decir “leche” o “mami”,
nunca aprendiste a gritar “¡Algo se me atoró en la garganta!”,
o a preguntar “¿Cómo iba a gritar si me estaba ahogando, menso?”.
Pero hoy, en vísperas del Día de Muertos, mirando tu fotografía,
me han dado ganas de contarte el cuento
de cuando me creí cazafantasmas, para que te duermas tranquila
o te despiertes a darle a mamá un último beso de buenas noches.
Pero sé que no es posible. ¿Sabes, carnalita, lo qué descubrí
esa vez mientras regresaba del cementerio a la cantina? Lo más horrible de pasar la noche entre los muertos
es que no se te aparezca ningún fantasma.
Nunca me ha dado por relacionarme con espíritus o fantasmas de muertos (fantasmas vivos he conocido a montones ) ni por irme de fiesta alcohólica a un cementerio, pero en Japón visité un cementerio que me impresionó un huevo, parecía de cuento; en un bosque lleno de colorida vegetación y árboles centenarios cubiertos de musgo, una suave y constante niebla, tumbas con grandes esculturas, algunas eran auténticas obras de arte (había una que era un caza japonés de la 2ª Guerra Mundial, supongo que como el que pilotó en vida el difunto)..., en fin, una pasada de cementerio; pensé que encontrarse a un fantasma en ese sitio debería parecer a quien lo viera lo más normal del mundo
Y bueno, carnalito, de tu poema qué decirte..., solo te puedo decir que yo de mayor quiero escribir como tú, pero como ya soy mayor mejor me voy a por una cerveza y a poner una peli del netflix, que leyéndote ya he tenido mi dosis de buena poesía para todo el mes. Un abrazo, don Pedro.
PEDRO buenas tardes. Me gusta el texto y el vocabulario, no es necesario llegar a extremos para comprender el espíritu humano, el sentimiento con el que se escribe. Gracias.
Un tema complejo donde abordas la muerte (con mucho humor)
y la naturaleza que la rodea, y al final la aceptación de esta
como parte natural de la vida.
"Los mantendremos vivos en nuestros recuerdos"
Saludo, Pedro. Un placer.
La liofilización va a terminar con toda esta sensiblería y con los cochinos que tiran las cenizas de los padres en cualquier lugar público. En fin, ya hay asépticas capsulas de metales inoxidables en orbita de Plutón ( https://cadenaser.com/programa/2015/01/16/hora_14_fin_de_semana/1421414515_828506.html ) morirse ya no es como antes. Ni fantasmas quedan. Pero además estimado perdóneme que se lo diga yo por más borracho que haya estado nunca me iría a dormir a un cementerio. Qué tipo corajudo que es usted.
Lo más horrible de pasar la noche entre los muertos
es que no se te aparezca ningún fantasma.
Aaah pero como quieres que se aparezcan si andas gritando: Estoy muerto! no señor, UD está mintiendo querías que te digan?, si a los vivos hasta los muertos les temen.
sabés porqué?
porque no respetan nada( no lo digo por vos), y encima de robarle pertenencias materiales les roban hasta la tranquilidad.
Qué solos se quedan los muertos decía Shakespeare pero que va, los que nos quedamos solos somos los vivos.
Me gustó leerte