era meramente ilustrativa
otra decoración banal
acaso un delator de lagañas
y no éste forcejeo constante
contradiciéndome día por medio
o filosofando con agudeza
sobre la profundidad
de mis arrugas.
Éste espejo en particular
es tan vulgar y barato
que si hacés así con la cabeza
un poco de arriba abajo
como asintiendo varias veces,
suavemente,
te va desfigurando el rostro;
como cuando tirás una piedrita
sobre cualquier charco
y se forma ese círculo de olas;
bueno
así
pero horizontales.
Sí, la gracia de tener un espejo
es que colabore
y no
que reste;
lo mejor sería que no multiplicara,
sobre todo los lunes
o este martes mientras me lavo
los dientes y me faltan cinco
minutos para ser otro
o el mismo pero obligado;
solo pensar en descargar a pala
tres camiones de balastro
y ya me duele el hígado;
ojo que no pretendo que me diga:
el día está hermoso
y las canas te hacen juego con la niebla;
pero tampoco esa cara de
¿estado civil? cansado y con hijos.
Después de todo qué es un espejo
sino una suma de imprecisiones.
Me doy una última ojeada antes de salir
y me juro
que esto es lo único
que no soy
mientras vea.
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