Desafortunadamente, nuestra cultura parece estar decantándose de forma progresiva por lo peor de sus orígenes, al tiempo que renuncia al mejor fundamento de los mismos.
Aristóteles postuló que el derecho es determinación de la justicia, es decir, un instrumento que permite aplicar con equidad la justicia en cada caso concreto, en base al discernimiento moral, aquel que sabe distinguir entre el bien y el mal. Sin embargo, las ideologías modernas consideran que ese discernimiento no es en realidad posible, pues no reconocen el orden natural de las cosas y se arrogan la capacidad, en medio del relativismo, de crear un mundo nuevo donde, por supuesto, existirán tantas naturalezas distintas como perspectivas ideológicas sean entronizadas en su momento. Por lo tanto, el derecho pasa de ser un instrumento para determinar la justicia, a ser una herramienta para crearla, según la mera voluntad del más fuerte (facciones políticas que se hacen con el poder, organismos supranacionales tratando de imponer su agenda, minorías agresivas y ruidosas etc.). Esta supeditación del derecho natural a las arenas movedizas del derecho positivo deja el ordenamiento jurídico hundido en la más precaria arbitrariedad, lo que se traduce en la instrumentalización caprichosa del derecho por el más poderoso, el cual, mediante una hegeliana 'libertad del querer', convertirá el derecho en un medio para la realización de cualquier voluntad subjetiva, acercando en nuestro caso la democracia a regímenes dictatoriales.
Esta subversión del derecho nos aleja de la sana premisa aristotélica que vela por el bien de la comunidad política, y nos embarra en un clima cultural donde el sexo con menores pasa ahora a ser algo moralmente relativo en función de quién interprete el tema, haciendo que lo peor de la cultura griega clásica, la pederastia, sea estimada por algunos como algo moralmente aceptable e incluso positivo.
No obstante, la realidad de las cosas es la que es, y con el correr del tiempo hemos aprendido que el respeto a la infancia es bueno, y contravenir lo que hay de bueno y verdadero en la realidad se paga muy caro, y a la larga nunca funcionará.
Buen poema.
Saludos cordiales.