Luciana Rubio
Poeta veterano en el portal
Me mira con su actitud de:
pobrecita, que fregada estás,
me dice:
- Deberías ir al acupunturista,
vieras que bien te hace,
te quita todo lo que te molesta.
A mí también me duelen las rodillas,
es por el sobrepeso -.
Tenía que decirlo, si no se atragantaba y vomitaba.
- es que ya no vas al cubículo, es por las escaleras, ¿verdad?
también te ayuda con el estrés.
Ay, es el síndrome de los viejos,
siempre queremos arreglarle la vida a los demás,
porque sabemos mucho,
tantos años de intentar y equivocarse,
creemos que podemos resolver cualquier enigma
y se los decimos a boca de jarro.
Mi hijo siempre me manda que calle.
Me deja fría.
Es que no se me quita la mamitis.
Hasta eso sabemos los viejos,
que estamos fuera de lugar.
Y lo de siempre:
- yo ya me voy a jubilar, tantas actividades a las que me invitan
- pues aprende a decir no-, le digo.
- Si no supiera decir no, más de un hijo tendría.
¡Juá!, como si yo no supiera que su único hijo fue adoptado
porque ella no pudo nunca concebir.
Pensar que a mí no me gusta hablar de mis achaques,
de la retahíla de médicos que tengo que ver,
de los tratamientos, los medicamentos,
me avergüenza molestar a los demás con eso.
Es como mostrarles mi intimidad retorcida,
las desproporciones que invaden mis glándulas, mis válvulas, mis cánulas.
Es una suerte de pudor.
Detesto a los que se prodigan contando todos sus dolores.
En el dolor radica su intensidad,
en el espanto que les punza,
que no los deja que duerman.
Será que ya no tienen más que decir.
Que ya están acabados.
Porque habemos algunos viejos, a los que a veces nos apena serlo.
Volteamos la espalda a las evidencias.
No queremos notarlo ni nosotros mismos.
Lo negamos.
Pero me golpea la cara cuando pregunto en la calle
una dirección a un muchacho y me contesta, con respeto,
por ahí, 'madre'.
Así les dice el pueblo a las ancianas en México.
Si yo no les hablo de mi vejez,
que ellos no me hablen de ella.
Porque yo soy joven y hermosa,
como mis alumnos que nacieron después del año dos mil.
Porque tengo ilusiones como ellos
y la ciencia aún me asombra,
me deslumbra.
Es de lo que vale la pena hablar
y ellos y yo de eso hablamos.
pobrecita, que fregada estás,
me dice:
- Deberías ir al acupunturista,
vieras que bien te hace,
te quita todo lo que te molesta.
A mí también me duelen las rodillas,
es por el sobrepeso -.
Tenía que decirlo, si no se atragantaba y vomitaba.
- es que ya no vas al cubículo, es por las escaleras, ¿verdad?
también te ayuda con el estrés.
Ay, es el síndrome de los viejos,
siempre queremos arreglarle la vida a los demás,
porque sabemos mucho,
tantos años de intentar y equivocarse,
creemos que podemos resolver cualquier enigma
y se los decimos a boca de jarro.
Mi hijo siempre me manda que calle.
Me deja fría.
Es que no se me quita la mamitis.
Hasta eso sabemos los viejos,
que estamos fuera de lugar.
Y lo de siempre:
- yo ya me voy a jubilar, tantas actividades a las que me invitan
- pues aprende a decir no-, le digo.
- Si no supiera decir no, más de un hijo tendría.
¡Juá!, como si yo no supiera que su único hijo fue adoptado
porque ella no pudo nunca concebir.
Pensar que a mí no me gusta hablar de mis achaques,
de la retahíla de médicos que tengo que ver,
de los tratamientos, los medicamentos,
me avergüenza molestar a los demás con eso.
Es como mostrarles mi intimidad retorcida,
las desproporciones que invaden mis glándulas, mis válvulas, mis cánulas.
Es una suerte de pudor.
Detesto a los que se prodigan contando todos sus dolores.
En el dolor radica su intensidad,
en el espanto que les punza,
que no los deja que duerman.
Será que ya no tienen más que decir.
Que ya están acabados.
Porque habemos algunos viejos, a los que a veces nos apena serlo.
Volteamos la espalda a las evidencias.
No queremos notarlo ni nosotros mismos.
Lo negamos.
Pero me golpea la cara cuando pregunto en la calle
una dirección a un muchacho y me contesta, con respeto,
por ahí, 'madre'.
Así les dice el pueblo a las ancianas en México.
Si yo no les hablo de mi vejez,
que ellos no me hablen de ella.
Porque yo soy joven y hermosa,
como mis alumnos que nacieron después del año dos mil.
Porque tengo ilusiones como ellos
y la ciencia aún me asombra,
me deslumbra.
Es de lo que vale la pena hablar
y ellos y yo de eso hablamos.
Última edición: