Debiste verme sonreír, amor,
confundiendo medidas y pedazos
de caricias, te quieros, entre abrazos
o viendo un despertar en cada flor.
Debiste bautizar mi buen humor
con otro nombre a prueba de flechazos
y un contrato que sin saber de plazos
vistiera en verde mi decir mejor.
Fue con un movimiento de pestaña
que dijo adiós al príncipe el mendigo
al ver inexpugnable la montaña.
Te devuelvo mi triste rol de amigo
de forma indecorosa, vil y extraña.
Me pesa no tener que ver contigo.