joblam
Poeta que considera el portal su segunda casa
En una improvisada tarima en el centro de la plaza, el Jefe Civil del pueblo arengaba a los pobladores y trataba de convencerlos para que aceptaran un nuevo período de gobierno. Las opiniones estaban divididas y los inconformes dejaban los criterios a viva voz con movimientos de sombreros al aire. Unos minutos después, casi al unísono, una sola consigna rompió la monotonía: ¡Queremos elecciones! ¡Queremos elecciones! Una y otra vez el clamor quedó generalizado.
Entre la muchedumbre estaba Don Meneleo, quien con ochenta años trataba de comprender el significado de los gritos con una mano puesta en la oreja. Con el agudo problema auditivo apenas comprendió el vocerío y esbozó una sonrisa mientras llevaba la diestra hacia las partes íntimas. Empezó a frotar el decaido miembro viril con facciones de lujuria y gritaba: ¡Yo también! ¡Yo también!
Entre la muchedumbre estaba Don Meneleo, quien con ochenta años trataba de comprender el significado de los gritos con una mano puesta en la oreja. Con el agudo problema auditivo apenas comprendió el vocerío y esbozó una sonrisa mientras llevaba la diestra hacia las partes íntimas. Empezó a frotar el decaido miembro viril con facciones de lujuria y gritaba: ¡Yo también! ¡Yo también!