Chema Ysmer
Poeta que considera el portal su segunda casa
El perro ladra en una esquina de la calle
después de varios días sin comida,
el hambre, un enjambre de abejas
culebrea como llama de hoguera en el estómago;
un badajo de campana pone notas al silencio.
El perro solía correr detrás de los balones de los niños,
de cualquier forma esférica, grande o pequeña,
de cualquier lagarto que se tostara al sol sobre las piedras
y sonriera, si así se le puede llamar,
a las hormigas, antes de comérselas.
No sé si era el negro
de esos esqueletos minúsculos
lo que le hacía gracia,
si era la sombra de algo más blanco
pero invisible.
El lagarto reía, mientras sacando la lengua
se las iba comiendo, a las hormigas;
persecución del perro antes del hambre,
en ocasiones le arrancaba la cola
que seguía sin ojos, dando latigazos ciegos.
Cuantas veces, a lo largo de una vida,
damos manotazos al vacío
que precisamente por eso, por estar vacío,
nos ahoga.
El perro pone huesos en un plato de aceitunas
para que la luna se los coma por la noche,
son huesos blancos, escasamente nutridos,
sin nada con que asirse, con algo de rojo en los extremos,
sin rostro,
mirando a todas partes y a ninguna.
El perro sufre el dolor de las ventanas cerradas
la falta de visión más allá de sus marcos
el límite impreciso de las ausencias mutuas
lo que queda del agua cuando la lluvia cesa.
Fiel a la huella de sus patas en el barro
se revuelca en él y deja:
manojos de pelusas y de pelos,
hojas de calendario,
caricaturas de familiares sin olfato.
Todos los perros, sin excepciones,
que ladran en las esquinas de la calle
tienen la garganta seca.