Beache
Bertoldo Herrera Gitterman
DISTANCIA
Eran verdes esos ojos que sonrientes me miraban,
eran dulces las caricias que su amor me prodigaba,
eran suaves las caricias que mis manos le brindaban,
eran tiernas las palabras con que siempre me adulaba.
Las bellezas del entorno por sí mismo distribuyen
en las flores, en las aves y en los árboles frutales
y las horas de la tarde se deshojan lentamente
y la charla se hace amena con los temas más banales.
Pero, cierto día, un día de los años que transcurren
la sonrisa de sus labios simplemente se murió
y murieron también nuestras mutuas alegrías
las caricias y las dichas que el recuerdo se guardó.
Sus hermosos ojos verdes se han cerrado a mi mirada
el calor que ella me daba, no he de verlo nunca ya
aquella amable voz amiga, su sonar ha endurecido,
una puerta abierta que se cierra y ya nunca se abrirá.
Soy hombre triste que vaga siempre en la distancia
desde aquel aciago día en que lo nuestro terminó
solitario, desolado, infeliz, vagabundo, moribundo
como aquel árbol deshojado que la lluvia no regó.
¿Ves el mar y la montaña?, ¿ves el sol salir para venir?
¿ves el rojo anaranjado con pinta sus ocasos bellos?
¿ves la luz del mediodía cuanto tiñe rosas y claveles
o los reflejos de la luna, del lucero y sus destellos?
Bertoldo Herrera Gitterman
Nueva Imperial, 13 06 24
Eran verdes esos ojos que sonrientes me miraban,
eran dulces las caricias que su amor me prodigaba,
eran suaves las caricias que mis manos le brindaban,
eran tiernas las palabras con que siempre me adulaba.
Las bellezas del entorno por sí mismo distribuyen
en las flores, en las aves y en los árboles frutales
y las horas de la tarde se deshojan lentamente
y la charla se hace amena con los temas más banales.
Pero, cierto día, un día de los años que transcurren
la sonrisa de sus labios simplemente se murió
y murieron también nuestras mutuas alegrías
las caricias y las dichas que el recuerdo se guardó.
Sus hermosos ojos verdes se han cerrado a mi mirada
el calor que ella me daba, no he de verlo nunca ya
aquella amable voz amiga, su sonar ha endurecido,
una puerta abierta que se cierra y ya nunca se abrirá.
Soy hombre triste que vaga siempre en la distancia
desde aquel aciago día en que lo nuestro terminó
solitario, desolado, infeliz, vagabundo, moribundo
como aquel árbol deshojado que la lluvia no regó.
¿Ves el mar y la montaña?, ¿ves el sol salir para venir?
¿ves el rojo anaranjado con pinta sus ocasos bellos?
¿ves la luz del mediodía cuanto tiñe rosas y claveles
o los reflejos de la luna, del lucero y sus destellos?
Bertoldo Herrera Gitterman
Nueva Imperial, 13 06 24