Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
Dicen que el corazón
habita detrás del pecho,
pero el mío aprendió a caminar
el día que llegaron tus pequeños pasos.
Desde entonces
ya no late solamente en mí.
Late en tus rodillas raspadas,
en tus preguntas imposibles,
en los dibujos torcidos
que guardo como si fueran tesoros.
Late cuando corres hacia mis brazos
como quien regresa a casa,
y también cuando te alejas un poco más,
descubriendo el mundo por tu cuenta.
Porque ser madre
es aprender el arte extraño
de sostener y soltar al mismo tiempo.
Es guardar noches sin sueño
como si fueran medallas invisibles.
Es conocer el significado del miedo
y aun así elegir el amor cada mañana.
He visto crecer tu risa
como crecen los árboles:
sin hacer ruido,
llenándolo todo de vida.
Y he comprendido
que los años pasan deprisa.
Las manos que hoy buscan las mías
algún día buscarán horizontes.
Los ojos que hoy me preguntan todo
encontrarán sus propias respuestas.
Por eso atesoro los instantes sencillos:
tu voz llamándome,
tu cabeza sobre mi hombro,
el milagro cotidiano
de verte existir.
Si alguna vez me preguntas
qué hiciste para que te quisiera tanto,
te responderé la verdad:
nada.
Antes de conocerte
ya había un lugar para ti en mi alma.
Y cuando llegaste,
tan pequeño,
tan frágil,
tan lleno de cielo,
descubrí que el amor más grande
no es el que se promete,
sino el que crece en silencio,
día tras día,
junto a la vida de un hijo.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados
habita detrás del pecho,
pero el mío aprendió a caminar
el día que llegaron tus pequeños pasos.
Desde entonces
ya no late solamente en mí.
Late en tus rodillas raspadas,
en tus preguntas imposibles,
en los dibujos torcidos
que guardo como si fueran tesoros.
Late cuando corres hacia mis brazos
como quien regresa a casa,
y también cuando te alejas un poco más,
descubriendo el mundo por tu cuenta.
Porque ser madre
es aprender el arte extraño
de sostener y soltar al mismo tiempo.
Es guardar noches sin sueño
como si fueran medallas invisibles.
Es conocer el significado del miedo
y aun así elegir el amor cada mañana.
He visto crecer tu risa
como crecen los árboles:
sin hacer ruido,
llenándolo todo de vida.
Y he comprendido
que los años pasan deprisa.
Las manos que hoy buscan las mías
algún día buscarán horizontes.
Los ojos que hoy me preguntan todo
encontrarán sus propias respuestas.
Por eso atesoro los instantes sencillos:
tu voz llamándome,
tu cabeza sobre mi hombro,
el milagro cotidiano
de verte existir.
Si alguna vez me preguntas
qué hiciste para que te quisiera tanto,
te responderé la verdad:
nada.
Antes de conocerte
ya había un lugar para ti en mi alma.
Y cuando llegaste,
tan pequeño,
tan frágil,
tan lleno de cielo,
descubrí que el amor más grande
no es el que se promete,
sino el que crece en silencio,
día tras día,
junto a la vida de un hijo.
Rosa Maria Reeder
Derechos Reservados
