Si dejamos de lado la belleza,
el festival de luces exteriores,
el profano cantar de ruiseñores
y el desmedido culto a la riqueza.
Si el atributo deja de ser pieza,
un pedazo de objeto o pormenores
del que solo se obtienen sus favores;
entonces sí tendremos la certeza
de que aquello que nos atrae tanto
no es típico llamado a los sentidos
si no, más bien, es verdadero encanto.
Es esa sincronía de latidos
que no se esconden bajo ningún manto
pues piensan y se saben ya rendidos.
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