César Guevar
Poeta que considera el portal su segunda casa
Mi país ha tenido que tragar este mismo año dos cucharadas de infierno.
La primera, el tres de enero, cuando se decidió darnos una "pequeña dosis de fuego" para que entendiéramos que la independencia de la que solíamos jactarnos era una entelequia. La dosis nos dejó más de cien personas asesinadas y la advertencia cierta de que el "remedio" podía ser mucho peor, si no hacíamos que lo se nos ordenaba. Bueno, y como hay gente que ve la muerte como un evento liberador y que debe ser celebrado (la alienación no es más que una típica característica del entorno infernal), entonces esa gente, cual gallina colectiva, anda cacareando ante el mundo que todavía debería asesinarse la módica cantidad de cinco o seis millones de venezolanas/os más; y tal vez elevar esa cifra a unos 25 millones, para eliminar a negros, indios, pobres, feos/as, de manera que solamente quede en el país la buena, áurea, blanca, civilizada... sociedad civil.
La segunda, hace unas treinta horas, cuando dos fuertes terremotos sacudieron el norte de mi patria, dejándonos zozobra, miedo, angustia, muchísima destrucción material y -por ahora- 235 personas fallecidas.
Y hay que decir que igualmente, la misma canalla enferma que celebró la incursión militar asesina de un gobierno asesino en nuestra patria, ahora habla de un "castigo de dios" (no merece la palabra "dios" expulsada por las bocas de esos malparidos, que yo asuma el respeto de escribirla con mayúscula). También vomita hiel por los medios y las redes opresoras del norte, al decir que se está atendiendo a la emergencia con negligencia y precariedad. Medrar de la tragedia de otros es también típico de los infiernos.
Dos cucharadas de infierno, con todo y demonios agitando con sus paletas el caldo de un dolor que les resulta, o ajeno, o peor: excitante.
Dos cucharadas dolorosísimas, terroríficas.
...........
No puedo ni imaginarme el horror, el trauma, la tragedia, de pueblos como Palestina, Líbano, Irán, Siria... que tienen que soportar no cucharadas, sino cataratas continuas de destrucción y muerte, por la desquiciada voluntad, tan sádica como sociópata, de un grupito de millonarios -mala plaga de este planeta- afanados en controlar para siempre el mundo.
La primera, el tres de enero, cuando se decidió darnos una "pequeña dosis de fuego" para que entendiéramos que la independencia de la que solíamos jactarnos era una entelequia. La dosis nos dejó más de cien personas asesinadas y la advertencia cierta de que el "remedio" podía ser mucho peor, si no hacíamos que lo se nos ordenaba. Bueno, y como hay gente que ve la muerte como un evento liberador y que debe ser celebrado (la alienación no es más que una típica característica del entorno infernal), entonces esa gente, cual gallina colectiva, anda cacareando ante el mundo que todavía debería asesinarse la módica cantidad de cinco o seis millones de venezolanas/os más; y tal vez elevar esa cifra a unos 25 millones, para eliminar a negros, indios, pobres, feos/as, de manera que solamente quede en el país la buena, áurea, blanca, civilizada... sociedad civil.
La segunda, hace unas treinta horas, cuando dos fuertes terremotos sacudieron el norte de mi patria, dejándonos zozobra, miedo, angustia, muchísima destrucción material y -por ahora- 235 personas fallecidas.
Y hay que decir que igualmente, la misma canalla enferma que celebró la incursión militar asesina de un gobierno asesino en nuestra patria, ahora habla de un "castigo de dios" (no merece la palabra "dios" expulsada por las bocas de esos malparidos, que yo asuma el respeto de escribirla con mayúscula). También vomita hiel por los medios y las redes opresoras del norte, al decir que se está atendiendo a la emergencia con negligencia y precariedad. Medrar de la tragedia de otros es también típico de los infiernos.
Dos cucharadas de infierno, con todo y demonios agitando con sus paletas el caldo de un dolor que les resulta, o ajeno, o peor: excitante.
Dos cucharadas dolorosísimas, terroríficas.
...........
No puedo ni imaginarme el horror, el trauma, la tragedia, de pueblos como Palestina, Líbano, Irán, Siria... que tienen que soportar no cucharadas, sino cataratas continuas de destrucción y muerte, por la desquiciada voluntad, tan sádica como sociópata, de un grupito de millonarios -mala plaga de este planeta- afanados en controlar para siempre el mundo.
César todavía vivo, después del terremoto. 26 de junio de 2026
Última edición: