El jardín de Olivia

Alicia12

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El jardín de Olivia


—Atascada —me digo—. Esa es la palabra.

Atascada en la terraza de una cafetería, sin ver otra cosa que la elevación de las eficaces estructuras que, en el cruce de esquinas, me guardan.

Sin más huella que el cerco que dejó en la mesa la humeante y matutina taza de café con leche.

Desde que tengo uso de razón, no recuerdo haber tenido otra curiosidad más firme que la que me ata a la tierra. En el nacer. Como si de la tierra, a través del paso del tiempo, ya naciera el propio lenguaje. De propiedad individual; la compañía más abnegada que poseemos. Quizás porque, aunque los humanos nos acompañemos, no nos entregamos del todo. Y es que, por muy sociales que pretendamos ser; la sociedad en sí misma, es una división de clases.

Por mucho lustre que tenga, no tiene otra utilidad más allá del interés de su puesto en el mundo. A un solo apellido. En fin, con cero tema de conversación con nadie ajeno a mí.

Tal vez, en el intento de serlo yo, nunca me he interesado por las cosas materiales. Porque no encuentro nada de lo que por sí dan las fachadas; empezando por las ostentosas edificaciones. Del tipo que sean. Incluyendo las viviendas. Cuyos interiores contienen solo objetos, fantasías de mercado. Que no niego usar, por supuesto. Pero reconozco que, la mayoría de las veces, ¿la satisfacción no se acaba en el mismo instante en que se adquieren las mismas?

—Atascada —, me repito. Y tanto.

Habitando únicamente el presente, con un pasado y futuro que, inexistentes, se sientan a mi lado. Me pregunto si esa ausencia es razón suficiente para venerar tanto los extremos de las palabras: amor y odio; bien o mal, amigo o enemigo, afirmar o negar, blanco o negro. Cuando, al fin y al cabo, son como la noche y el día: contrarios que se necesitan para que la vida tenga origen. Pero en la palabra, siempre acaban convertidos en disputa.

No son más que trampas; excusas suficientes para descolgarnos del presente, dejarlo suspendido, entregado a su suerte. Quizás buscan deshacernos de los pliegues de la rutina. O de la palabra misma. O quien sabe. O simplemente, como en las flores y las plantas, para gustos están los colores y los sabores.

Y es que, desde que el mundo es mundo, sin que sea ningún secreto ni haya nada oculto en ello, los asentamientos humanos están sobre sus propias alturas. Alturas que el lenguaje, con el tiempo y el movimiento de la vida, va esculpiendo.

Así que, sin dejarme usar por nadie, y asumiendo que no hay nada definitivo ni importante, más allá de vivir, termino diciéndome:

—Mira, Olivia, lo tuyo no es la alquimia. En este instante, imaginar es descubrir que el sonido de la luz también ablanda la sombra de las semillas.


 
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—Atascada —me digo—. Esa es la palabra.

Atascada en la terraza de una cafetería, sin ver otra cosa que la elevación de las eficaces estructuras que, en el cruce de esquinas, me guardan.

Sin más huella que el cerco que dejó en la mesa la humeante y matutina taza de café con leche.

Desde que tengo uso de razón, no recuerdo haber tenido otra curiosidad más firme que la que me ata a la tierra. En el nacer. Como si de la tierra, a través del paso del tiempo, ya naciera el propio lenguaje. De propiedad individual; la compañía más abnegada que poseemos. Quizás porque, aunque los humanos nos acompañemos, no nos entregarnos del todo. Y es que, por muy sociales que pretendamos ser; la sociedad en sí misma, es una división de clases.

Por mucho lustre que tenga, no tiene otra utilidad más allá del interés de su puesto en el mundo. A un solo apellido. En fin, con cero tema de conversación con nadie ajeno a mí.

Tal vez, en el intento de serlo yo, nunca me he interesado por las cosas materiales. Porque no encuentro nada de lo que por sí dan las fachadas; empezando por las ostentosas edificaciones. Del tipo que sean. Incluyendo las viviendas. Cuyos interiores contienen solo objetos, fantasías de mercado. Que no niego usar, por supuesto. Pero reconozco que, la mayoría de las veces, ¿la satisfacción no se acaba en el mismo instante en que se adquieren las mismas?

—Atascada —, me repito. Y tanto.

Habitando únicamente el presente, con un pasado y futuro que, inexistentes, se sientan a mi lado. Me pregunto si esa ausencia es razón suficiente para venerar tanto los extremos de las palabras: amor y odio; bien o mal, amigo o enemigo, afirmar o negar, blanco o negro. Cuando, al fin y al cabo, son como la noche y el día: contrarios que se necesitan para que la vida tenga origen. Pero en la palabra, siempre acaban convertidos en disputa.

No son más que trampas; excusas suficientes para descolgarnos del presente, dejarlo suspendido, entregado a su suerte. Quizás buscan deshacernos de los pliegues de la rutina. O de la palabra misma. O quien sabe. O simplemente, como en las flores y las plantas, para gustos están los colores y los sabores.

Y es que, desde que el mundo es mundo, sin que sea ningún secreto ni haya nada oculto en ello, los asentamientos humanos están sobre sus propias alturas. Alturas que el lenguaje, con el tiempo y el movimiento de la vida, va esculpiendo.

Así que, sin dejarme usar por nadie, y asumiendo que no hay nada definitivo ni importante, más allá de vivir, termino diciéndome:

—Mira, Olivia, lo tuyo no es la alquimia. En este instante, imaginar es descubrir que el sonido de la luz también ablanda la sombra de las semillas.


Lo importante son las vistas que tengamos en el exterior, todos tenemos las mismas.
Habitemos, pues.

Un verdadero placer ha sido.
 
El jardín de Olivia


—Atascada —me digo—. Esa es la palabra.

Atascada en la terraza de una cafetería, sin ver otra cosa que la elevación de las eficaces estructuras que, en el cruce de esquinas, me guardan.

Sin más huella que el cerco que dejó en la mesa la humeante y matutina taza de café con leche.

Desde que tengo uso de razón, no recuerdo haber tenido otra curiosidad más firme que la que me ata a la tierra. En el nacer. Como si de la tierra, a través del paso del tiempo, ya naciera el propio lenguaje. De propiedad individual; la compañía más abnegada que poseemos. Quizás porque, aunque los humanos nos acompañemos, no nos entregarnos del todo. Y es que, por muy sociales que pretendamos ser; la sociedad en sí misma, es una división de clases.

Por mucho lustre que tenga, no tiene otra utilidad más allá del interés de su puesto en el mundo. A un solo apellido. En fin, con cero tema de conversación con nadie ajeno a mí.

Tal vez, en el intento de serlo yo, nunca me he interesado por las cosas materiales. Porque no encuentro nada de lo que por sí dan las fachadas; empezando por las ostentosas edificaciones. Del tipo que sean. Incluyendo las viviendas. Cuyos interiores contienen solo objetos, fantasías de mercado. Que no niego usar, por supuesto. Pero reconozco que, la mayoría de las veces, ¿la satisfacción no se acaba en el mismo instante en que se adquieren las mismas?

—Atascada —, me repito. Y tanto.

Habitando únicamente el presente, con un pasado y futuro que, inexistentes, se sientan a mi lado. Me pregunto si esa ausencia es razón suficiente para venerar tanto los extremos de las palabras: amor y odio; bien o mal, amigo o enemigo, afirmar o negar, blanco o negro. Cuando, al fin y al cabo, son como la noche y el día: contrarios que se necesitan para que la vida tenga origen. Pero en la palabra, siempre acaban convertidos en disputa.

No son más que trampas; excusas suficientes para descolgarnos del presente, dejarlo suspendido, entregado a su suerte. Quizás buscan deshacernos de los pliegues de la rutina. O de la palabra misma. O quien sabe. O simplemente, como en las flores y las plantas, para gustos están los colores y los sabores.

Y es que, desde que el mundo es mundo, sin que sea ningún secreto ni haya nada oculto en ello, los asentamientos humanos están sobre sus propias alturas. Alturas que el lenguaje, con el tiempo y el movimiento de la vida, va esculpiendo.

Así que, sin dejarme usar por nadie, y asumiendo que no hay nada definitivo ni importante, más allá de vivir, termino diciéndome:

—Mira, Olivia, lo tuyo no es la alquimia. En este instante, imaginar es descubrir que el sonido de la luz también ablanda la sombra de las semillas.


Aquí estoy yo, frente a una pantalla que no me deja ver el cielo, cierto,
pero me invita a un universo de buenos versos y el café lo pongo yo.
Un placer estar en tu espacio, compañera y disfrutar de sus vistas.Un abrazo.

PD imagino que es un error de tipeo "no nos entregarnos" o entregamos.
 
El jardín de Olivia


—Atascada —me digo—. Esa es la palabra.

Atascada en la terraza de una cafetería, sin ver otra cosa que la elevación de las eficaces estructuras que, en el cruce de esquinas, me guardan.

Sin más huella que el cerco que dejó en la mesa la humeante y matutina taza de café con leche.

Desde que tengo uso de razón, no recuerdo haber tenido otra curiosidad más firme que la que me ata a la tierra. En el nacer. Como si de la tierra, a través del paso del tiempo, ya naciera el propio lenguaje. De propiedad individual; la compañía más abnegada que poseemos. Quizás porque, aunque los humanos nos acompañemos, no nos entregarnos del todo. Y es que, por muy sociales que pretendamos ser; la sociedad en sí misma, es una división de clases.

Por mucho lustre que tenga, no tiene otra utilidad más allá del interés de su puesto en el mundo. A un solo apellido. En fin, con cero tema de conversación con nadie ajeno a mí.

Tal vez, en el intento de serlo yo, nunca me he interesado por las cosas materiales. Porque no encuentro nada de lo que por sí dan las fachadas; empezando por las ostentosas edificaciones. Del tipo que sean. Incluyendo las viviendas. Cuyos interiores contienen solo objetos, fantasías de mercado. Que no niego usar, por supuesto. Pero reconozco que, la mayoría de las veces, ¿la satisfacción no se acaba en el mismo instante en que se adquieren las mismas?

—Atascada —, me repito. Y tanto.

Habitando únicamente el presente, con un pasado y futuro que, inexistentes, se sientan a mi lado. Me pregunto si esa ausencia es razón suficiente para venerar tanto los extremos de las palabras: amor y odio; bien o mal, amigo o enemigo, afirmar o negar, blanco o negro. Cuando, al fin y al cabo, son como la noche y el día: contrarios que se necesitan para que la vida tenga origen. Pero en la palabra, siempre acaban convertidos en disputa.

No son más que trampas; excusas suficientes para descolgarnos del presente, dejarlo suspendido, entregado a su suerte. Quizás buscan deshacernos de los pliegues de la rutina. O de la palabra misma. O quien sabe. O simplemente, como en las flores y las plantas, para gustos están los colores y los sabores.

Y es que, desde que el mundo es mundo, sin que sea ningún secreto ni haya nada oculto en ello, los asentamientos humanos están sobre sus propias alturas. Alturas que el lenguaje, con el tiempo y el movimiento de la vida, va esculpiendo.

Así que, sin dejarme usar por nadie, y asumiendo que no hay nada definitivo ni importante, más allá de vivir, termino diciéndome:

—Mira, Olivia, lo tuyo no es la alquimia. En este instante, imaginar es descubrir que el sonido de la luz también ablanda la sombra de las semillas.


A veces la satisfacción no va de la mano con la evolución.
Basta con ser uno mismo y ser feliz a cada instante.

Le envío un saludo desde mi humilde Habana
 
Lo importante son las vistas que tengamos en el exterior, todos tenemos las mismas.
Habitemos, pues.

Un verdadero placer ha sido.
y según, siendo climas, el estado en que estemos, tiramos de una cosa u otra.
Si es que no dejamos de ser multitud ;)
Igual, Gavase, un placer
 
Aquí estoy yo, frente a una pantalla que no me deja ver el cielo, cierto,
pero me invita a un universo de buenos versos y el café lo pongo yo.
Un placer estar en tu espacio, compañera y disfrutar de sus vistas.Un abrazo.

PD imagino que es un error de tipeo "no nos entregarnos" o entregamos.
oh, gracias por la corrección, me pongo en ello.

Qué no es sustento. De ambos, a la creatividad y café (solo) también me presto.
Placer mutuo, Rosario Martín. Gracias
Un abrazo
 
A veces la satisfacción no va de la mano con la evolución.
Basta con ser uno mismo y ser feliz a cada instante.

Le envío un saludo desde mi humilde Habana
conque rime con desarrollo... uy, qué digo!
no sé, no sé, eso de ser feliz a cada instante me suena como la paz... ya (cuanto más lejos mejor, je), tocará descansar.
Siempre un placer, Alde. Gracias
Saludos hasta tu querida Habana.
 
El jardín de Olivia


—Atascada —me digo—. Esa es la palabra.

Atascada en la terraza de una cafetería, sin ver otra cosa que la elevación de las eficaces estructuras que, en el cruce de esquinas, me guardan.

Sin más huella que el cerco que dejó en la mesa la humeante y matutina taza de café con leche.

Desde que tengo uso de razón, no recuerdo haber tenido otra curiosidad más firme que la que me ata a la tierra. En el nacer. Como si de la tierra, a través del paso del tiempo, ya naciera el propio lenguaje. De propiedad individual; la compañía más abnegada que poseemos. Quizás porque, aunque los humanos nos acompañemos, no nos entregamos del todo. Y es que, por muy sociales que pretendamos ser; la sociedad en sí misma, es una división de clases.

Por mucho lustre que tenga, no tiene otra utilidad más allá del interés de su puesto en el mundo. A un solo apellido. En fin, con cero tema de conversación con nadie ajeno a mí.

Tal vez, en el intento de serlo yo, nunca me he interesado por las cosas materiales. Porque no encuentro nada de lo que por sí dan las fachadas; empezando por las ostentosas edificaciones. Del tipo que sean. Incluyendo las viviendas. Cuyos interiores contienen solo objetos, fantasías de mercado. Que no niego usar, por supuesto. Pero reconozco que, la mayoría de las veces, ¿la satisfacción no se acaba en el mismo instante en que se adquieren las mismas?

—Atascada —, me repito. Y tanto.

Habitando únicamente el presente, con un pasado y futuro que, inexistentes, se sientan a mi lado. Me pregunto si esa ausencia es razón suficiente para venerar tanto los extremos de las palabras: amor y odio; bien o mal, amigo o enemigo, afirmar o negar, blanco o negro. Cuando, al fin y al cabo, son como la noche y el día: contrarios que se necesitan para que la vida tenga origen. Pero en la palabra, siempre acaban convertidos en disputa.

No son más que trampas; excusas suficientes para descolgarnos del presente, dejarlo suspendido, entregado a su suerte. Quizás buscan deshacernos de los pliegues de la rutina. O de la palabra misma. O quien sabe. O simplemente, como en las flores y las plantas, para gustos están los colores y los sabores.

Y es que, desde que el mundo es mundo, sin que sea ningún secreto ni haya nada oculto en ello, los asentamientos humanos están sobre sus propias alturas. Alturas que el lenguaje, con el tiempo y el movimiento de la vida, va esculpiendo.

Así que, sin dejarme usar por nadie, y asumiendo que no hay nada definitivo ni importante, más allá de vivir, termino diciéndome:

—Mira, Olivia, lo tuyo no es la alquimia. En este instante, imaginar es descubrir que el sonido de la luz también ablanda la sombra de las semillas.




Muy buen relato. Mejor ser arcoíris que blanco o negro, y entregarse a quien se entrega. O eso creo yo, que tampoco pretendo ser Confucio.

Salud2 cordiales.
 
Todos necesitamos nuestro jardín particular en medio de tanto atasco mundanal y existencial, donde la imaginación sea fotosíntesis para nuestras oscuridades y demás difíciles inclemencias.
Muy bella prosa poética, Rosa. Mis felicitaciones y abrazo, compi.
 
Todos necesitamos nuestro jardín particular en medio de tanto atasco mundanal y existencial, donde la imaginación sea fotosíntesis para nuestras oscuridades y demás difíciles inclemencias.
Muy bella prosa poética, Rosa. Mis felicitaciones y abrazo, compi.
Y poco más, Luis. Gracias, amigo.
De vuelta ese abrazo, un beso.
 
He leído tu Jardín de Olivia, y me ha encantado además porque lo comparto, Olivia tiene razón: no hay nada definitivo... todo se mueve con vientos diferentes pero hay movimiento.
Admiro esta faceta de tu escritura en pros, tan bien llevada.
Va mi abrazo sabatino y feliz día
 
Última edición:
He leído tu Jardín de Olivia, y me ha encantado además porque lo comparto, Olivia tiene razón: no hay nada definitivo... todo se mueve con vientos diferentes pero hay movimiento.
Admiro esta faceta de tu escritura en pros, tan bien llevada.
Va mi abrazo sabatino y feliz día
Desde luego, ladulceZza, a favor o en contra no hay más señal que la de movernos. De lujo.
Un gustazo tu paso, tus palabras. Gracias
de vuelta el abrazo, feliz día
 
El jardín de Olivia


—Atascada —me digo—. Esa es la palabra.

Atascada en la terraza de una cafetería, sin ver otra cosa que la elevación de las eficaces estructuras que, en el cruce de esquinas, me guardan.

Sin más huella que el cerco que dejó en la mesa la humeante y matutina taza de café con leche.

Desde que tengo uso de razón, no recuerdo haber tenido otra curiosidad más firme que la que me ata a la tierra. En el nacer. Como si de la tierra, a través del paso del tiempo, ya naciera el propio lenguaje. De propiedad individual; la compañía más abnegada que poseemos. Quizás porque, aunque los humanos nos acompañemos, no nos entregamos del todo. Y es que, por muy sociales que pretendamos ser; la sociedad en sí misma, es una división de clases.

Por mucho lustre que tenga, no tiene otra utilidad más allá del interés de su puesto en el mundo. A un solo apellido. En fin, con cero tema de conversación con nadie ajeno a mí.

Tal vez, en el intento de serlo yo, nunca me he interesado por las cosas materiales. Porque no encuentro nada de lo que por sí dan las fachadas; empezando por las ostentosas edificaciones. Del tipo que sean. Incluyendo las viviendas. Cuyos interiores contienen solo objetos, fantasías de mercado. Que no niego usar, por supuesto. Pero reconozco que, la mayoría de las veces, ¿la satisfacción no se acaba en el mismo instante en que se adquieren las mismas?

—Atascada —, me repito. Y tanto.

Habitando únicamente el presente, con un pasado y futuro que, inexistentes, se sientan a mi lado. Me pregunto si esa ausencia es razón suficiente para venerar tanto los extremos de las palabras: amor y odio; bien o mal, amigo o enemigo, afirmar o negar, blanco o negro. Cuando, al fin y al cabo, son como la noche y el día: contrarios que se necesitan para que la vida tenga origen. Pero en la palabra, siempre acaban convertidos en disputa.

No son más que trampas; excusas suficientes para descolgarnos del presente, dejarlo suspendido, entregado a su suerte. Quizás buscan deshacernos de los pliegues de la rutina. O de la palabra misma. O quien sabe. O simplemente, como en las flores y las plantas, para gustos están los colores y los sabores.

Y es que, desde que el mundo es mundo, sin que sea ningún secreto ni haya nada oculto en ello, los asentamientos humanos están sobre sus propias alturas. Alturas que el lenguaje, con el tiempo y el movimiento de la vida, va esculpiendo.

Así que, sin dejarme usar por nadie, y asumiendo que no hay nada definitivo ni importante, más allá de vivir, termino diciéndome:

—Mira, Olivia, lo tuyo no es la alquimia. En este instante, imaginar es descubrir que el sonido de la luz también ablanda la sombra de las semillas.


wow, qué buena narrativa niña, me encantó, muy reflexivo, poético, profundo. La prosa se te da muy bien, al menos a mi me gusta más que los cortos poemas :) Un abrazo y una buena semana tengas en este complicado vivir
 
wow, qué buena narrativa niña, me encantó, muy reflexivo, poético, profundo. La prosa se te da muy bien, al menos a mi me gusta más que los cortos poemas :) Un abrazo y una buena semana tengas en este complicado vivir
jaja, pobres niños míos, los poemas, digo. Broma aparte, gracias por tus palabras, bristy, gracias.
Igual para ti, que pases una estupenda semana. Abrazo
 

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