Soy mujer.
Camino con miedo, aunque sea de día.
Tapada en ropa que me sofoca,
porque sé que mi cuerpo despierta ojos que me miran,
que deciden, que desean sin permiso.
Me llaman egoísta,
me enseñan a callar, a encajar, a obedecer.
Trabajo más que un hombre,
hago más, doy más,
y aun así, gano menos.
El dinero es desigual,
la vida es desigual,
y la culpa siempre cae sobre mí.
No puedo usar shorts, no puedo usar escote.
Si lo hago, me culpan,
me acosan, me violentan con la mirada y las manos.
Si voy sola, soy presa;
si voy con un hombre, no existo,
solo observo cómo otros deciden mi destino.
Si denuncio, se burlan de mí: “solo fue un halago”,
y además: “mira cómo estás vestida”,
hasta que ese halago se vuelve
en un cuerpo mutilado,
en una alcantarilla o campo.
Me golpean, me humillan,
me llaman sucia, provocadora, rebelde.
Si lloro, me dicen exagerada;
si grito, me dicen maldita.
Mi cuerpo es un campo de batalla,
mi miedo, un castigo diario.
Los halagos me violan sin tocarme.
Los hombres deciden sobre mi piel,
sobre mis pasos, sobre mis horas.
Si me matan, si me lastiman,
la culpa es mía:
por cómo camino, cómo visto, cómo respiro.
Soy quien limpia, quien cuida, quien calla.
Soy quien maquilla los golpes,
quien guarda los secretos,
quien oculta su rabia para sobrevivir.
Y aun así, sigo siendo mujer.
El mundo me enseña miedo,
me enseña sumisión,
me enseña a desaparecer
mientras ellos se llaman libres.
-Dior
Camino con miedo, aunque sea de día.
Tapada en ropa que me sofoca,
porque sé que mi cuerpo despierta ojos que me miran,
que deciden, que desean sin permiso.
Me llaman egoísta,
me enseñan a callar, a encajar, a obedecer.
Trabajo más que un hombre,
hago más, doy más,
y aun así, gano menos.
El dinero es desigual,
la vida es desigual,
y la culpa siempre cae sobre mí.
No puedo usar shorts, no puedo usar escote.
Si lo hago, me culpan,
me acosan, me violentan con la mirada y las manos.
Si voy sola, soy presa;
si voy con un hombre, no existo,
solo observo cómo otros deciden mi destino.
Si denuncio, se burlan de mí: “solo fue un halago”,
y además: “mira cómo estás vestida”,
hasta que ese halago se vuelve
en un cuerpo mutilado,
en una alcantarilla o campo.
Me golpean, me humillan,
me llaman sucia, provocadora, rebelde.
Si lloro, me dicen exagerada;
si grito, me dicen maldita.
Mi cuerpo es un campo de batalla,
mi miedo, un castigo diario.
Los halagos me violan sin tocarme.
Los hombres deciden sobre mi piel,
sobre mis pasos, sobre mis horas.
Si me matan, si me lastiman,
la culpa es mía:
por cómo camino, cómo visto, cómo respiro.
Soy quien limpia, quien cuida, quien calla.
Soy quien maquilla los golpes,
quien guarda los secretos,
quien oculta su rabia para sobrevivir.
Y aun así, sigo siendo mujer.
El mundo me enseña miedo,
me enseña sumisión,
me enseña a desaparecer
mientras ellos se llaman libres.
-Dior