jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
.
llevaba
toda la puta mañana
metíéndome
la punta de la lengua y tratando de
empujar con ella
hacia afuera
la partícula de galleta que me había quedado
después de desayunar
atrapada en la cavidad de la penúltima muela
del maxilar inferior derecho
y debo decir que
cuando por fin logré removerlo
y el pedacito de galleta
pudo por fin navegar sin ataduras
en las mareas de saliva de mi boca antes de ser finalmente engullido
por el abismo más allá de
mi garganta
debo decir que
en ese lapso de pocos segundos a partir de
la consecución de mi enorme hazaña,
y en vista de la magnitud incomparable
del sentimiento de satisfacción conmigo mismo que me invadió por ello
-haciéndome sentir poco menos que
una especie de semidiós inmortal provisto de infinitos poder y fuerza
un titán saliendo victorioso del enfrentamiento contra algún ejército de cíclopes sanguinarios-
y en virtud además de que tal sensación inenarrable
de acrecentamiento del ego hasta límites intergalácticos
era practicamente una copia de aquella que
solía acometerme cada vez que terminaba
de escribir alguno de mis jodidos poemas de mierda
-tras una relectura en frío no me parecían ya otra cosa-
no pude entonces evitar que me cruzara la cabeza
la idea de que quizás todo el meollo de la poesía, toda la pedante ampulosidad que encierra
se reduce sencillamente a eso:
echar fuera algún residuo mental que nos perturba el pensamiento
y luego, por obra del efecto endorfínico del momentáneo alivio subsecuente
transmutar la patética victoria de haber pergeñado unos pocos pinches jodidos versos
en una fabulosa gesta de proporciones solo comparables a la creación del universo
.
llevaba
toda la puta mañana
metíéndome
la punta de la lengua y tratando de
empujar con ella
hacia afuera
la partícula de galleta que me había quedado
después de desayunar
atrapada en la cavidad de la penúltima muela
del maxilar inferior derecho
y debo decir que
cuando por fin logré removerlo
y el pedacito de galleta
pudo por fin navegar sin ataduras
en las mareas de saliva de mi boca antes de ser finalmente engullido
por el abismo más allá de
mi garganta
debo decir que
en ese lapso de pocos segundos a partir de
la consecución de mi enorme hazaña,
y en vista de la magnitud incomparable
del sentimiento de satisfacción conmigo mismo que me invadió por ello
-haciéndome sentir poco menos que
una especie de semidiós inmortal provisto de infinitos poder y fuerza
un titán saliendo victorioso del enfrentamiento contra algún ejército de cíclopes sanguinarios-
y en virtud además de que tal sensación inenarrable
de acrecentamiento del ego hasta límites intergalácticos
era practicamente una copia de aquella que
solía acometerme cada vez que terminaba
de escribir alguno de mis jodidos poemas de mierda
-tras una relectura en frío no me parecían ya otra cosa-
no pude entonces evitar que me cruzara la cabeza
la idea de que quizás todo el meollo de la poesía, toda la pedante ampulosidad que encierra
se reduce sencillamente a eso:
echar fuera algún residuo mental que nos perturba el pensamiento
y luego, por obra del efecto endorfínico del momentáneo alivio subsecuente
transmutar la patética victoria de haber pergeñado unos pocos pinches jodidos versos
en una fabulosa gesta de proporciones solo comparables a la creación del universo
.