Tu mano siempre fue la piedra fría,
lanzada al hervidero de aguas bravas.
Queriéndose filtrar por cada estría,
sucumbieron caricias por tus trabas.
Desperté de mi sueño-idolatría.
Ya fuera de tu cuerpo te encontrabas.
Y por cada minuto que pedía
todo segundo, tú cronometrabas.
Ida te vi, sentados frente a frente.
Del vacío llenado por extraños
se malnutrió este amor de flor ausente.
Bastó cubrir los rostros entre paños.
Promesa sordo, muda y no vidente,
desdeñando sin pena nuestros años.
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