Hace mucho…

Luis Á. Ruiz Peradejordi

Poeta que considera el portal su segunda casa
Hace mucho, mucho tiempo, cuando las montañas eran todavía jóvenes y los mares estrenaban sus olas, cuando los hombres eran todavía pocos y comenzaban su andadura por los valles y las colinas, en la Tierra de Oberón las hadas, los gnomos, los elfos, todas las criaturas mágicas vivían en tranquilidad, ayudando a dar forma al mundo. Cuando llegaba la primavera, salían del Palacio de Luz, donde habían soportado los rigores del invierno y se desperdigaban por todo el Reino, para conseguir que la primavera brillase en todo su esplendor.


Más allá del Bosque Viejo, cruzando el Arroyo Cantarín, siguiendo por el Sendero Alto, se llegaba hasta la cañada de los sequoyas. Todavía no eran tan altos como llegarían a ser con el tiempo, pero ya eran grandes, de anchos troncos y enormes ramas. En uno de los extremos de la cañada, un estanque de aguas claras y frías reflejaba el cielo enmarcado por las hojas de las sequoyas. Allí tenía la morada de verano una pequeña hada, (era tan pequeña que aún no tenía alas) quien se dedicaba en aquel tiempo a aprender todo lo que una buena hada debería saber. Había hecho su casa en el tronco de uno de aquellos árboles, en el hueco que había dejado una rama que, alcanzada hacía unos años por un rayo, tenía el tamaño justo para la vivienda de nuestra amiga.


La primavera era su tiempo preferido, pues la dejaban ir a vivir al bosque y comenzar a desarrollar las tareas más fáciles. Así, se encargaba de despertar en la tierra a las margaritas, que son de las flores más madrugadoras de la primavera. También ayudaba a las amanitas a decorar su sombrerete, procurando que los colores fuesen vistosos y los lunares bien visibles. Su mayor ilusión, sin embargo era vigilar los huevos que las aves iban poniendo en sus nidos, así como estar pendiente de los movimientos de los primeros pájaros nacidos, a fin de que no se lastimasen, ni se cayesen del nido. Por cierto nuestra amiga se llamaba Phaea y, en ocasiones, era demasiado atrevida.


El día de nuestra historia ocurrió que la hermosa estación ya iba avanzada. Las aves estaban terminando de incubar sus huevos y algunos de ellos ya habían roto la cáscara y dejaban salir al polluelo. Phaea estaba muy pendiente de estos jovencitos, pues desconocían los peligros y podían hacerse daño. Les tenía mucho cariño, pues ellos nacían ya con alas y ella todavía tendría que esperar para que se las diesen; por esa razón les consideraba afortunados y ponía especial empeño en cuidarlos. Iba nuestra pequeña amiga bordeando el estanque, cuando se dio cuenta de que en una de las ramas altas de la sequoya más cercana al agua, un nido se agitaba peligrosamente. No se le ocurrió pedir ayuda, sino que muy decidida se procuró una delgada liana, se la enrolló al cuerpo y se puso a trepar por el árbol. Subiría aprovechando las grietas de la corteza y una vez en el nido vería que pasaba y si tenía que asegurar el nido, lo haría con la liana que llevaba encima. Con apuros fue subiendo y cansada por el esfuerzo llegó al fin hasta el nido. Estaba bien sujeto y en su fondo había un pajarillo de largas alas, recién salido del cascarón, que se encontraba solo, pues sus padres habían salido a buscar comida para él. Acaso el miedo o la soledad, le hacían agitarse y por eso se veía el nido como a punto de caer. Phaea se acercó a él con intención de consolarlo, pero el polluelo en un giro brusco golpeó con una de sus alas a nuestra protagonista, lanzándola fuera del nido. El hada se vio caer y lo hacía muy deprisa, pues la cuerda que llevaba enrollada al cuerpo apenas la dejaba moverse y pesaba mucho. El agua del estanque se acercaba rápidamente y Phaea sólo tuvo tiempo para dedicar un pensamiento a Titania, la Reina de las hadas. Cayó en la zona más profunda del estanque y sus ropas mojadas, junto con el miedo y la liana que la oprimía, su pequeño cuerpo se fue yendo hacia el fondo. No podía respirar, estaba aguantando con la boca cerrada y esperando que alguien o algo la pudiese ayudar…


De pronto, un suave apoyo en su espalda comenzó a empujarla hacia la superficie. Rápidamente la luz se iba haciendo más clara y se adivinaba el sol reflejándose en el estanque. De pronto se encontró al aire, ¡podía respirar! Una gran hoja verde, de bordes levantados flotaba en el agua y encima de ella Phaea pudo desembarazarse de aquella liana que la impedía moverse. Mojada como estaba se sentó en aquella gran hoja y lloró, un poco de alegría y un poco de miedo. ¿Cómo saldría de allí? Y mientras pensaba en ello, grandes hojas comenzaron a cubrir la superficie del agua, formando un camino que la permitió llegar hasta la orilla.


Y en la orilla se encontró con Titania, que la miraba sonriente, aunque tuvo que reñirla por haber sido imprudente y no haber pedido ayuda. Phaea volvió la vista hacia el agua y dio las gracias a las hojas que la habían salvado. Titania se inclinó sobre el estanque y dijo en voz alta: “como agradecimiento por haber salvado a una de mis hadas, desde hoy te adornarás con hermosas flores y cubrirás las aguas”.


Por eso, todavía hoy, encontramos en estanques, lagunas, charcas, estas plantas de grandes hojas y bellas flores que conocemos como nenúfares…


¡Ah!, se me olvidaba, los estudiosos a esas plantas de agua las llaman Ninphaeas.
 
Hace mucho, mucho tiempo, cuando las montañas eran todavía jóvenes y los mares estrenaban sus olas, cuando los hombres eran todavía pocos y comenzaban su andadura por los valles y las colinas, en la Tierra de Oberón las hadas, los gnomos, los elfos, todas las criaturas mágicas vivían en tranquilidad, ayudando a dar forma al mundo. Cuando llegaba la primavera, salían del Palacio de Luz, donde habían soportado los rigores del invierno y se desperdigaban por todo el Reino, para conseguir que la primavera brillase en todo su esplendor.


Más allá del Bosque Viejo, cruzando el Arroyo Cantarín, siguiendo por el Sendero Alto, se llegaba hasta la cañada de los sequoyas. Todavía no eran tan altos como llegarían a ser con el tiempo, pero ya eran grandes, de anchos troncos y enormes ramas. En uno de los extremos de la cañada, un estanque de aguas claras y frías reflejaba el cielo enmarcado por las hojas de las sequoyas. Allí tenía la morada de verano una pequeña hada, (era tan pequeña que aún no tenía alas) quien se dedicaba en aquel tiempo a aprender todo lo que una buena hada debería saber. Había hecho su casa en el tronco de uno de aquellos árboles, en el hueco que había dejado una rama que, alcanzada hacía unos años por un rayo, tenía el tamaño justo para la vivienda de nuestra amiga.


La primavera era su tiempo preferido, pues la dejaban ir a vivir al bosque y comenzar a desarrollar las tareas más fáciles. Así, se encargaba de despertar en la tierra a las margaritas, que son de las flores más madrugadoras de la primavera. También ayudaba a las amanitas a decorar su sombrerete, procurando que los colores fuesen vistosos y los lunares bien visibles. Su mayor ilusión, sin embargo era vigilar los huevos que las aves iban poniendo en sus nidos, así como estar pendiente de los movimientos de los primeros pájaros nacidos, a fin de que no se lastimasen, ni se cayesen del nido. Por cierto nuestra amiga se llamaba Phaea y, en ocasiones, era demasiado atrevida.


El día de nuestra historia ocurrió que la hermosa estación ya iba avanzada. Las aves estaban terminando de incubar sus huevos y algunos de ellos ya habían roto la cáscara y dejaban salir al polluelo. Phaea estaba muy pendiente de estos jovencitos, pues desconocían los peligros y podían hacerse daño. Les tenía mucho cariño, pues ellos nacían ya con alas y ella todavía tendría que esperar para que se las diesen; por esa razón les consideraba afortunados y ponía especial empeño en cuidarlos. Iba nuestra pequeña amiga bordeando el estanque, cuando se dio cuenta de que en una de las ramas altas de la sequoya más cercana al agua, un nido se agitaba peligrosamente. No se le ocurrió pedir ayuda, sino que muy decidida se procuró una delgada liana, se la enrolló al cuerpo y se puso a trepar por el árbol. Subiría aprovechando las grietas de la corteza y una vez en el nido vería que pasaba y si tenía que asegurar el nido, lo haría con la liana que llevaba encima. Con apuros fue subiendo y cansada por el esfuerzo llegó al fin hasta el nido. Estaba bien sujeto y en su fondo había un pajarillo de largas alas, recién salido del cascarón, que se encontraba solo, pues sus padres habían salido a buscar comida para él. Acaso el miedo o la soledad, le hacían agitarse y por eso se veía el nido como a punto de caer. Phaea se acercó a él con intención de consolarlo, pero el polluelo en un giro brusco golpeó con una de sus alas a nuestra protagonista, lanzándola fuera del nido. El hada se vio caer y lo hacía muy deprisa, pues la cuerda que llevaba enrollada al cuerpo apenas la dejaba moverse y pesaba mucho. El agua del estanque se acercaba rápidamente y Phaea sólo tuvo tiempo para dedicar un pensamiento a Titania, la Reina de las hadas. Cayó en la zona más profunda del estanque y sus ropas mojadas, junto con el miedo y la liana que la oprimía, su pequeño cuerpo se fue yendo hacia el fondo. No podía respirar, estaba aguantando con la boca cerrada y esperando que alguien o algo la pudiese ayudar…


De pronto, un suave apoyo en su espalda comenzó a empujarla hacia la superficie. Rápidamente la luz se iba haciendo más clara y se adivinaba el sol reflejándose en el estanque. De pronto se encontró al aire, ¡podía respirar! Una gran hoja verde, de bordes levantados flotaba en el agua y encima de ella Phaea pudo desembarazarse de aquella liana que la impedía moverse. Mojada como estaba se sentó en aquella gran hoja y lloró, un poco de alegría y un poco de miedo. ¿Cómo saldría de allí? Y mientras pensaba en ello, grandes hojas comenzaron a cubrir la superficie del agua, formando un camino que la permitió llegar hasta la orilla.


Y en la orilla se encontró con Titania, que la miraba sonriente, aunque tuvo que reñirla por haber sido imprudente y no haber pedido ayuda. Phaea volvió la vista hacia el agua y dio las gracias a las hojas que la habían salvado. Titania se inclinó sobre el estanque y dijo en voz alta: “como agradecimiento por haber salvado a una de mis hadas, desde hoy te adornarás con hermosas flores y cubrirás las aguas”.


Por eso, todavía hoy, encontramos en estanques, lagunas, charcas, estas plantas de grandes hojas y bellas flores que conocemos como nenúfares…


¡Ah!, se me olvidaba, los estudiosos a esas plantas de agua las llaman Ninphaeas.

Buenas noches, amigo, hoy temprano con mi esposo hicimos el jardín y después nos tomamos la tarde para ir a la costa del Río de La Plata para aprovechar la brisa del agua y respirar un poco en un día de intenso calor.
Pero ahora antes de cenar me siento un ratito en la compu a leerte.
Te quiero decir que todos tus relatos me emocionan y no es solamente porque estén bien narrados o porque tu estilo sea particular. Emocionan porque son bellos y porque nos transportan a mejores mundos.
Explicar con magia la hermosura de un estanque es algo conmovedor.
Me acordé de las flores de loto que crecen en pantanos y sin embargo jamás se ensucian. Eso debería ser la vida, estar siempre del lado de lo transparente.
Los nenúfares son flores maravillosas y la historia que creaste también lo es.
Cuánta ternura tiene Titania hacia todas las criaturas de su bosque, a veces quisiera que saltara de las páginas del libro y se convirtiera en un ser al que pudiéramos abrazar. Qué ganas de habitar ese universo...
Al menos se puede cerrar los ojos y encontrarlo a través de tus letras.
Me alegró mucho saber que habías publicado.
Abrazo muy grande con cariño y admiración.
 
Buenas noches, amigo, hoy temprano con mi esposo hicimos el jardín y después nos tomamos la tarde para ir a la costa del Río de La Plata para aprovechar la brisa del agua y respirar un poco en un día de intenso calor.
Pero ahora antes de cenar me siento un ratito en la compu a leerte.
Te quiero decir que todos tus relatos me emocionan y no es solamente porque estén bien narrados o porque tu estilo sea particular. Emocionan porque son bellos y porque nos transportan a mejores mundos.
Explicar con magia la hermosura de un estanque es algo conmovedor.
Me acordé de las flores de loto que crecen en pantanos y sin embargo jamás se ensucian. Eso debería ser la vida, estar siempre del lado de lo transparente.
Los nenúfares son flores maravillosas y la historia que creaste también lo es.
Cuánta ternura tiene Titania hacia todas las criaturas de su bosque, a veces quisiera que saltara de las páginas del libro y se convirtiera en un ser al que pudiéramos abrazar. Qué ganas de habitar ese universo...
Al menos se puede cerrar los ojos y encontrarlo a través de tus letras.
Me alegró mucho saber que habías publicado.
Abrazo muy grande con cariño y admiración.
Ya ves, Cecilia. La Tierra de Oberón no es lejana, tampoco es inexistente, pues basta cerrar los ojos para encontrarla y si miramos detenidamente, la hallaremos próxima al corazón. Titania es un trasunto de la bondad, que se personifica en la Reina, pues todos querríamos que nuestros reyes y gobernantes fuesen como ella.
Gracias por acercarte hasta este cuento. Si te gustó, ya ha cumplido su función pues lo escribí pensando que fuese algo que te podría agradar. Este rincón de prosas infantiles es un espacio restringido y sólo llegan a él los curiosos y quienes esperan historias sencillas y amables, por eso me gusta publicar aquí.
Agradezco tu lectura, tus palabras llenas de ánimo y lo constante de tu presencia.
Un cordial abrazo.
 
Un hermoso y bien armado relato nos compartes, me ha gustado mucho, lo he leído intrigado y encantado de un tirón y me ha dejado sonriente y satisfecho.

u_3b9709d7_zpsyxt4jxnj.gif
 
Hace mucho, mucho tiempo, cuando las montañas eran todavía jóvenes y los mares estrenaban sus olas, cuando los hombres eran todavía pocos y comenzaban su andadura por los valles y las colinas, en la Tierra de Oberón las hadas, los gnomos, los elfos, todas las criaturas mágicas vivían en tranquilidad, ayudando a dar forma al mundo. Cuando llegaba la primavera, salían del Palacio de Luz, donde habían soportado los rigores del invierno y se desperdigaban por todo el Reino, para conseguir que la primavera brillase en todo su esplendor.

Más allá del Bosque Viejo, cruzando el Arroyo Cantarín, siguiendo por el Sendero Alto, se llegaba hasta la cañada de los sequoyas. Todavía no eran tan altos como llegarían a ser con el tiempo, pero ya eran grandes, de anchos troncos y enormes ramas. En uno de los extremos de la cañada, un estanque de aguas claras y frías reflejaba el cielo enmarcado por las hojas de las sequoyas. Allí tenía la morada de verano una pequeña hada, (era tan pequeña que aún no tenía alas) quien se dedicaba en aquel tiempo a aprender todo lo que una buena hada debería saber. Había hecho su casa en el tronco de uno de aquellos árboles, en el hueco que había dejado una rama que, alcanzada hacía unos años por un rayo, tenía el tamaño justo para la vivienda de nuestra amiga.

La primavera era su tiempo preferido, pues la dejaban ir a vivir al bosque y comenzar a desarrollar las tareas más fáciles. Así, se encargaba de despertar en la tierra a las margaritas, que son de las flores más madrugadoras de la primavera. También ayudaba a las amanitas a decorar su sombrerete, procurando que los colores fuesen vistosos y los lunares bien visibles. Su mayor ilusión, sin embargo era vigilar los huevos que las aves iban poniendo en sus nidos, así como estar pendiente de los movimientos de los primeros pájaros nacidos, a fin de que no se lastimasen, ni se cayesen del nido. Por cierto nuestra amiga se llamaba Phaea y, en ocasiones, era demasiado atrevida.

El día de nuestra historia ocurrió que la hermosa estación ya iba avanzada. Las aves estaban terminando de incubar sus huevos y algunos de ellos ya habían roto la cáscara y dejaban salir al polluelo. Phaea estaba muy pendiente de estos jovencitos, pues desconocían los peligros y podían hacerse daño. Les tenía mucho cariño, pues ellos nacían ya con alas y ella todavía tendría que esperar para que se las diesen; por esa razón les consideraba afortunados y ponía especial empeño en cuidarlos. Iba nuestra pequeña amiga bordeando el estanque, cuando se dio cuenta de que en una de las ramas altas de la sequoya más cercana al agua, un nido se agitaba peligrosamente. No se le ocurrió pedir ayuda, sino que muy decidida se procuró una delgada liana, se la enrolló al cuerpo y se puso a trepar por el árbol. Subiría aprovechando las grietas de la corteza y una vez en el nido vería que pasaba y si tenía que asegurar el nido, lo haría con la liana que llevaba encima. Con apuros fue subiendo y cansada por el esfuerzo llegó al fin hasta el nido. Estaba bien sujeto y en su fondo había un pajarillo de largas alas, recién salido del cascarón, que se encontraba solo, pues sus padres habían salido a buscar comida para él. Acaso el miedo o la soledad, le hacían agitarse y por eso se veía el nido como a punto de caer. Phaea se acercó a él con intención de consolarlo, pero el polluelo en un giro brusco golpeó con una de sus alas a nuestra protagonista, lanzándola fuera del nido. El hada se vio caer y lo hacía muy deprisa, pues la cuerda que llevaba enrollada al cuerpo apenas la dejaba moverse y pesaba mucho. El agua del estanque se acercaba rápidamente y Phaea sólo tuvo tiempo para dedicar un pensamiento a Titania, la Reina de las hadas. Cayó en la zona más profunda del estanque y sus ropas mojadas, junto con el miedo y la liana que la oprimía, su pequeño cuerpo se fue yendo hacia el fondo. No podía respirar, estaba aguantando con la boca cerrada y esperando que alguien o algo la pudiese ayudar…

De pronto, un suave apoyo en su espalda comenzó a empujarla hacia la superficie. Rápidamente la luz se iba haciendo más clara y se adivinaba el sol reflejándose en el estanque. De pronto se encontró al aire, ¡podía respirar! Una gran hoja verde, de bordes levantados flotaba en el agua y encima de ella Phaea pudo desembarazarse de aquella liana que la impedía moverse. Mojada como estaba se sentó en aquella gran hoja y lloró, un poco de alegría y un poco de miedo. ¿Cómo saldría de allí? Y mientras pensaba en ello, grandes hojas comenzaron a cubrir la superficie del agua, formando un camino que la permitió llegar hasta la orilla.

Y en la orilla se encontró con Titania, que la miraba sonriente, aunque tuvo que reñirla por haber sido imprudente y no haber pedido ayuda. Phaea volvió la vista hacia el agua y dio las gracias a las hojas que la habían salvado. Titania se inclinó sobre el estanque y dijo en voz alta: “como agradecimiento por haber salvado a una de mis hadas, desde hoy te adornarás con hermosas flores y cubrirás las aguas”.

Por eso, todavía hoy, encontramos en estanques, lagunas, charcas, estas plantas de grandes hojas y bellas flores que conocemos como nenúfares…

¡Ah!, se me olvidaba, los estudiosos a esas plantas de agua las llaman Ninphaeas.

Querido Amigo y Admirado Poeta @Luis Á. Ruiz Peradejordi , es un hermoso relato, rico en detalles, cada estrofa magnifica esa casi -vívido encanto de la tierra de Oberón- al abrir los ojos de la imaginación y ser partícipes de la odisea de la pequeña Hada Phaea remarcando la bondad y preocupación de su reina Titania, la gratitud y respuesta de la Natura como protagonista indispensable en el día a día y como consecuencia, ser testigos del nacimiento de una flor, los nenúfares. Muchas Gracias por compartir su Mágico Arte escrito, siempre es una grata experiencia recorrer mediante sus relatos, el reino de Oberón. Por favor acepte mi saludo afectuoso y mis infatigables mejores deseos sinfín para Usted, en todo
 
Un hermoso y bien armado relato nos compartes, me ha gustado mucho, lo he leído intrigado y encantado de un tirón y me ha dejado sonriente y satisfecho.

u_3b9709d7_zpsyxt4jxnj.gif
Muchas gracias Maramin y bien hallado en el mundo mágico de Titania y Oberón. Este rincón de prosas infantiles me sirve para dar rienda suelta a la imaginación. Me alegra saber que te ha gustado la historia y resultado amena. Muchas gracias por tu lectura y por la amabilidad de tu comentario.
Un cordial saludo.
 
Querido Amigo y Admirado Poeta @Luis Á. Ruiz Peradejordi , es un hermoso relato, rico en detalles, cada estrofa magnifica esa casi -vívido encanto de la tierra de Oberón- al abrir los ojos de la imaginación y ser partícipes de la odisea de la pequeña Hada Phaea remarcando la bondad y preocupación de su reina Titania, la gratitud y respuesta de la Natura como protagonista indispensable en el día a día y como consecuencia, ser testigos del nacimiento de una flor, los nenúfares. Muchas Gracias por compartir su Mágico Arte escrito, siempre es una grata experiencia recorrer mediante sus relatos, el reino de Oberón. Por favor acepte mi saludo afectuoso y mis infatigables mejores deseos sinfín para Usted, en todo
Muchas gracias por acercarse hasta estas líneas. Como ya conoce de anteriores lecturas el mundo de Titania y Oberón, al llegar a este nuevo relato, no le sorprenderá la magia, esa que llevamos dentro, desde la infancia cuando nos contaron los primeros cuentos. Casi sin darme cuenta la Tierra de Oberón va tomando cuerpo y al final configurarán un compendio de historias. Lo mejor para quien escribe es que quien le lee diga que ha disfrutado con la lectura. Ese es el más deseado y feliz de los premios.
Agradezco enormemente su presencia, Grace y le dedico mis mejores deseos y un cariñoso abrazo.
 
Hace mucho, mucho tiempo, cuando las montañas eran todavía jóvenes y los mares estrenaban sus olas, cuando los hombres eran todavía pocos y comenzaban su andadura por los valles y las colinas, en la Tierra de Oberón las hadas, los gnomos, los elfos, todas las criaturas mágicas vivían en tranquilidad, ayudando a dar forma al mundo. Cuando llegaba la primavera, salían del Palacio de Luz, donde habían soportado los rigores del invierno y se desperdigaban por todo el Reino, para conseguir que la primavera brillase en todo su esplendor.


Más allá del Bosque Viejo, cruzando el Arroyo Cantarín, siguiendo por el Sendero Alto, se llegaba hasta la cañada de los sequoyas. Todavía no eran tan altos como llegarían a ser con el tiempo, pero ya eran grandes, de anchos troncos y enormes ramas. En uno de los extremos de la cañada, un estanque de aguas claras y frías reflejaba el cielo enmarcado por las hojas de las sequoyas. Allí tenía la morada de verano una pequeña hada, (era tan pequeña que aún no tenía alas) quien se dedicaba en aquel tiempo a aprender todo lo que una buena hada debería saber. Había hecho su casa en el tronco de uno de aquellos árboles, en el hueco que había dejado una rama que, alcanzada hacía unos años por un rayo, tenía el tamaño justo para la vivienda de nuestra amiga.


La primavera era su tiempo preferido, pues la dejaban ir a vivir al bosque y comenzar a desarrollar las tareas más fáciles. Así, se encargaba de despertar en la tierra a las margaritas, que son de las flores más madrugadoras de la primavera. También ayudaba a las amanitas a decorar su sombrerete, procurando que los colores fuesen vistosos y los lunares bien visibles. Su mayor ilusión, sin embargo era vigilar los huevos que las aves iban poniendo en sus nidos, así como estar pendiente de los movimientos de los primeros pájaros nacidos, a fin de que no se lastimasen, ni se cayesen del nido. Por cierto nuestra amiga se llamaba Phaea y, en ocasiones, era demasiado atrevida.


El día de nuestra historia ocurrió que la hermosa estación ya iba avanzada. Las aves estaban terminando de incubar sus huevos y algunos de ellos ya habían roto la cáscara y dejaban salir al polluelo. Phaea estaba muy pendiente de estos jovencitos, pues desconocían los peligros y podían hacerse daño. Les tenía mucho cariño, pues ellos nacían ya con alas y ella todavía tendría que esperar para que se las diesen; por esa razón les consideraba afortunados y ponía especial empeño en cuidarlos. Iba nuestra pequeña amiga bordeando el estanque, cuando se dio cuenta de que en una de las ramas altas de la sequoya más cercana al agua, un nido se agitaba peligrosamente. No se le ocurrió pedir ayuda, sino que muy decidida se procuró una delgada liana, se la enrolló al cuerpo y se puso a trepar por el árbol. Subiría aprovechando las grietas de la corteza y una vez en el nido vería que pasaba y si tenía que asegurar el nido, lo haría con la liana que llevaba encima. Con apuros fue subiendo y cansada por el esfuerzo llegó al fin hasta el nido. Estaba bien sujeto y en su fondo había un pajarillo de largas alas, recién salido del cascarón, que se encontraba solo, pues sus padres habían salido a buscar comida para él. Acaso el miedo o la soledad, le hacían agitarse y por eso se veía el nido como a punto de caer. Phaea se acercó a él con intención de consolarlo, pero el polluelo en un giro brusco golpeó con una de sus alas a nuestra protagonista, lanzándola fuera del nido. El hada se vio caer y lo hacía muy deprisa, pues la cuerda que llevaba enrollada al cuerpo apenas la dejaba moverse y pesaba mucho. El agua del estanque se acercaba rápidamente y Phaea sólo tuvo tiempo para dedicar un pensamiento a Titania, la Reina de las hadas. Cayó en la zona más profunda del estanque y sus ropas mojadas, junto con el miedo y la liana que la oprimía, su pequeño cuerpo se fue yendo hacia el fondo. No podía respirar, estaba aguantando con la boca cerrada y esperando que alguien o algo la pudiese ayudar…


De pronto, un suave apoyo en su espalda comenzó a empujarla hacia la superficie. Rápidamente la luz se iba haciendo más clara y se adivinaba el sol reflejándose en el estanque. De pronto se encontró al aire, ¡podía respirar! Una gran hoja verde, de bordes levantados flotaba en el agua y encima de ella Phaea pudo desembarazarse de aquella liana que la impedía moverse. Mojada como estaba se sentó en aquella gran hoja y lloró, un poco de alegría y un poco de miedo. ¿Cómo saldría de allí? Y mientras pensaba en ello, grandes hojas comenzaron a cubrir la superficie del agua, formando un camino que la permitió llegar hasta la orilla.


Y en la orilla se encontró con Titania, que la miraba sonriente, aunque tuvo que reñirla por haber sido imprudente y no haber pedido ayuda. Phaea volvió la vista hacia el agua y dio las gracias a las hojas que la habían salvado. Titania se inclinó sobre el estanque y dijo en voz alta: “como agradecimiento por haber salvado a una de mis hadas, desde hoy te adornarás con hermosas flores y cubrirás las aguas”.


Por eso, todavía hoy, encontramos en estanques, lagunas, charcas, estas plantas de grandes hojas y bellas flores que conocemos como nenúfares…


¡Ah!, se me olvidaba, los estudiosos a esas plantas de agua las llaman Ninphaeas.

Mi más sincera felicitación, Luis por escribir con la calidad y el respeto por el idioma que se ve en todos sus trabajos.
Abrazo cordial.
 
Mi más sincera felicitación, Luis por escribir con la calidad y el respeto por el idioma que se ve en todos sus trabajos.
Abrazo cordial.
Muchas gracias por la visita y el comentario. Ciertamente intento escribir siempre con la mayor corrección posible, no sé si lo consigo, pero pongo empeño en hacerlo así. Gracias por notarlo. Un cordial abrazo.
 
Hace mucho, mucho tiempo, cuando las montañas eran todavía jóvenes y los mares estrenaban sus olas, cuando los hombres eran todavía pocos y comenzaban su andadura por los valles y las colinas, en la Tierra de Oberón las hadas, los gnomos, los elfos, todas las criaturas mágicas vivían en tranquilidad, ayudando a dar forma al mundo. Cuando llegaba la primavera, salían del Palacio de Luz, donde habían soportado los rigores del invierno y se desperdigaban por todo el Reino, para conseguir que la primavera brillase en todo su esplendor.


Más allá del Bosque Viejo, cruzando el Arroyo Cantarín, siguiendo por el Sendero Alto, se llegaba hasta la cañada de los sequoyas. Todavía no eran tan altos como llegarían a ser con el tiempo, pero ya eran grandes, de anchos troncos y enormes ramas. En uno de los extremos de la cañada, un estanque de aguas claras y frías reflejaba el cielo enmarcado por las hojas de las sequoyas. Allí tenía la morada de verano una pequeña hada, (era tan pequeña que aún no tenía alas) quien se dedicaba en aquel tiempo a aprender todo lo que una buena hada debería saber. Había hecho su casa en el tronco de uno de aquellos árboles, en el hueco que había dejado una rama que, alcanzada hacía unos años por un rayo, tenía el tamaño justo para la vivienda de nuestra amiga.


La primavera era su tiempo preferido, pues la dejaban ir a vivir al bosque y comenzar a desarrollar las tareas más fáciles. Así, se encargaba de despertar en la tierra a las margaritas, que son de las flores más madrugadoras de la primavera. También ayudaba a las amanitas a decorar su sombrerete, procurando que los colores fuesen vistosos y los lunares bien visibles. Su mayor ilusión, sin embargo era vigilar los huevos que las aves iban poniendo en sus nidos, así como estar pendiente de los movimientos de los primeros pájaros nacidos, a fin de que no se lastimasen, ni se cayesen del nido. Por cierto nuestra amiga se llamaba Phaea y, en ocasiones, era demasiado atrevida.


El día de nuestra historia ocurrió que la hermosa estación ya iba avanzada. Las aves estaban terminando de incubar sus huevos y algunos de ellos ya habían roto la cáscara y dejaban salir al polluelo. Phaea estaba muy pendiente de estos jovencitos, pues desconocían los peligros y podían hacerse daño. Les tenía mucho cariño, pues ellos nacían ya con alas y ella todavía tendría que esperar para que se las diesen; por esa razón les consideraba afortunados y ponía especial empeño en cuidarlos. Iba nuestra pequeña amiga bordeando el estanque, cuando se dio cuenta de que en una de las ramas altas de la sequoya más cercana al agua, un nido se agitaba peligrosamente. No se le ocurrió pedir ayuda, sino que muy decidida se procuró una delgada liana, se la enrolló al cuerpo y se puso a trepar por el árbol. Subiría aprovechando las grietas de la corteza y una vez en el nido vería que pasaba y si tenía que asegurar el nido, lo haría con la liana que llevaba encima. Con apuros fue subiendo y cansada por el esfuerzo llegó al fin hasta el nido. Estaba bien sujeto y en su fondo había un pajarillo de largas alas, recién salido del cascarón, que se encontraba solo, pues sus padres habían salido a buscar comida para él. Acaso el miedo o la soledad, le hacían agitarse y por eso se veía el nido como a punto de caer. Phaea se acercó a él con intención de consolarlo, pero el polluelo en un giro brusco golpeó con una de sus alas a nuestra protagonista, lanzándola fuera del nido. El hada se vio caer y lo hacía muy deprisa, pues la cuerda que llevaba enrollada al cuerpo apenas la dejaba moverse y pesaba mucho. El agua del estanque se acercaba rápidamente y Phaea sólo tuvo tiempo para dedicar un pensamiento a Titania, la Reina de las hadas. Cayó en la zona más profunda del estanque y sus ropas mojadas, junto con el miedo y la liana que la oprimía, su pequeño cuerpo se fue yendo hacia el fondo. No podía respirar, estaba aguantando con la boca cerrada y esperando que alguien o algo la pudiese ayudar…


De pronto, un suave apoyo en su espalda comenzó a empujarla hacia la superficie. Rápidamente la luz se iba haciendo más clara y se adivinaba el sol reflejándose en el estanque. De pronto se encontró al aire, ¡podía respirar! Una gran hoja verde, de bordes levantados flotaba en el agua y encima de ella Phaea pudo desembarazarse de aquella liana que la impedía moverse. Mojada como estaba se sentó en aquella gran hoja y lloró, un poco de alegría y un poco de miedo. ¿Cómo saldría de allí? Y mientras pensaba en ello, grandes hojas comenzaron a cubrir la superficie del agua, formando un camino que la permitió llegar hasta la orilla.


Y en la orilla se encontró con Titania, que la miraba sonriente, aunque tuvo que reñirla por haber sido imprudente y no haber pedido ayuda. Phaea volvió la vista hacia el agua y dio las gracias a las hojas que la habían salvado. Titania se inclinó sobre el estanque y dijo en voz alta: “como agradecimiento por haber salvado a una de mis hadas, desde hoy te adornarás con hermosas flores y cubrirás las aguas”.


Por eso, todavía hoy, encontramos en estanques, lagunas, charcas, estas plantas de grandes hojas y bellas flores que conocemos como nenúfares…


¡Ah!, se me olvidaba, los estudiosos a esas plantas de agua las llaman Ninphaeas.
Solamente paso para darte las gracias por dejarnos disfrutar de todos estos personajes de la Tierra de Oberón que has ido creando, y de sus aventuras. En mi modesta opinión son magníficas, Luis, con ese trasfondo de bondad, ternura, lealtad, etc.... que hace de cada paseo por ellas toda una experiencia mágica.
Creo que son ideales para narrárselas a los mas pequeños, aparte de la belleza narrativa en la que eres un maestro, por los valores que transmiten.
He disfrutado muchísimo con Phaea y todo el entorno tan bien descrito en su aventura, gracias de nuevo. :)
Recibe otro maravillado abrazo.
Javier
 
Solamente paso para darte las gracias por dejarnos disfrutar de todos estos personajes de la Tierra de Oberón que has ido creando, y de sus aventuras. En mi modesta opinión son magníficas, Luis, con ese trasfondo de bondad, ternura, lealtad, etc.... que hace de cada paseo por ellas toda una experiencia mágica.
Creo que son ideales para narrárselas a los mas pequeños, aparte de la belleza narrativa en la que eres un maestro, por los valores que transmiten.
He disfrutado muchísimo con Phaea y todo el entorno tan bien descrito en su aventura, gracias de nuevo. :)
Recibe otro maravillado abrazo.
Javier
Muy agradecido, Javier a tus lecturas y comentarios. El mundo de Titania y Oberón se nutre de las buenas intenciones y deseos. Allí los seres que moran suelen preocuparse de los demás y ofrecer su ayuda. Podrían ser un gran ejemplo para nosotros.
De nuevo gracias. Un gran abrazo.
 
Hace mucho, mucho tiempo, cuando las montañas eran todavía jóvenes y los mares estrenaban sus olas, cuando los hombres eran todavía pocos y comenzaban su andadura por los valles y las colinas, en la Tierra de Oberón las hadas, los gnomos, los elfos, todas las criaturas mágicas vivían en tranquilidad, ayudando a dar forma al mundo. Cuando llegaba la primavera, salían del Palacio de Luz, donde habían soportado los rigores del invierno y se desperdigaban por todo el Reino, para conseguir que la primavera brillase en todo su esplendor.


Más allá del Bosque Viejo, cruzando el Arroyo Cantarín, siguiendo por el Sendero Alto, se llegaba hasta la cañada de los sequoyas. Todavía no eran tan altos como llegarían a ser con el tiempo, pero ya eran grandes, de anchos troncos y enormes ramas. En uno de los extremos de la cañada, un estanque de aguas claras y frías reflejaba el cielo enmarcado por las hojas de las sequoyas. Allí tenía la morada de verano una pequeña hada, (era tan pequeña que aún no tenía alas) quien se dedicaba en aquel tiempo a aprender todo lo que una buena hada debería saber. Había hecho su casa en el tronco de uno de aquellos árboles, en el hueco que había dejado una rama que, alcanzada hacía unos años por un rayo, tenía el tamaño justo para la vivienda de nuestra amiga.


La primavera era su tiempo preferido, pues la dejaban ir a vivir al bosque y comenzar a desarrollar las tareas más fáciles. Así, se encargaba de despertar en la tierra a las margaritas, que son de las flores más madrugadoras de la primavera. También ayudaba a las amanitas a decorar su sombrerete, procurando que los colores fuesen vistosos y los lunares bien visibles. Su mayor ilusión, sin embargo era vigilar los huevos que las aves iban poniendo en sus nidos, así como estar pendiente de los movimientos de los primeros pájaros nacidos, a fin de que no se lastimasen, ni se cayesen del nido. Por cierto nuestra amiga se llamaba Phaea y, en ocasiones, era demasiado atrevida.


El día de nuestra historia ocurrió que la hermosa estación ya iba avanzada. Las aves estaban terminando de incubar sus huevos y algunos de ellos ya habían roto la cáscara y dejaban salir al polluelo. Phaea estaba muy pendiente de estos jovencitos, pues desconocían los peligros y podían hacerse daño. Les tenía mucho cariño, pues ellos nacían ya con alas y ella todavía tendría que esperar para que se las diesen; por esa razón les consideraba afortunados y ponía especial empeño en cuidarlos. Iba nuestra pequeña amiga bordeando el estanque, cuando se dio cuenta de que en una de las ramas altas de la sequoya más cercana al agua, un nido se agitaba peligrosamente. No se le ocurrió pedir ayuda, sino que muy decidida se procuró una delgada liana, se la enrolló al cuerpo y se puso a trepar por el árbol. Subiría aprovechando las grietas de la corteza y una vez en el nido vería que pasaba y si tenía que asegurar el nido, lo haría con la liana que llevaba encima. Con apuros fue subiendo y cansada por el esfuerzo llegó al fin hasta el nido. Estaba bien sujeto y en su fondo había un pajarillo de largas alas, recién salido del cascarón, que se encontraba solo, pues sus padres habían salido a buscar comida para él. Acaso el miedo o la soledad, le hacían agitarse y por eso se veía el nido como a punto de caer. Phaea se acercó a él con intención de consolarlo, pero el polluelo en un giro brusco golpeó con una de sus alas a nuestra protagonista, lanzándola fuera del nido. El hada se vio caer y lo hacía muy deprisa, pues la cuerda que llevaba enrollada al cuerpo apenas la dejaba moverse y pesaba mucho. El agua del estanque se acercaba rápidamente y Phaea sólo tuvo tiempo para dedicar un pensamiento a Titania, la Reina de las hadas. Cayó en la zona más profunda del estanque y sus ropas mojadas, junto con el miedo y la liana que la oprimía, su pequeño cuerpo se fue yendo hacia el fondo. No podía respirar, estaba aguantando con la boca cerrada y esperando que alguien o algo la pudiese ayudar…


De pronto, un suave apoyo en su espalda comenzó a empujarla hacia la superficie. Rápidamente la luz se iba haciendo más clara y se adivinaba el sol reflejándose en el estanque. De pronto se encontró al aire, ¡podía respirar! Una gran hoja verde, de bordes levantados flotaba en el agua y encima de ella Phaea pudo desembarazarse de aquella liana que la impedía moverse. Mojada como estaba se sentó en aquella gran hoja y lloró, un poco de alegría y un poco de miedo. ¿Cómo saldría de allí? Y mientras pensaba en ello, grandes hojas comenzaron a cubrir la superficie del agua, formando un camino que la permitió llegar hasta la orilla.


Y en la orilla se encontró con Titania, que la miraba sonriente, aunque tuvo que reñirla por haber sido imprudente y no haber pedido ayuda. Phaea volvió la vista hacia el agua y dio las gracias a las hojas que la habían salvado. Titania se inclinó sobre el estanque y dijo en voz alta: “como agradecimiento por haber salvado a una de mis hadas, desde hoy te adornarás con hermosas flores y cubrirás las aguas”.


Por eso, todavía hoy, encontramos en estanques, lagunas, charcas, estas plantas de grandes hojas y bellas flores que conocemos como nenúfares…


¡Ah!, se me olvidaba, los estudiosos a esas plantas de agua las llaman Ninphaeas.
Ayyyyy cómo atrapa la lectura de tus letras amigo Luís, te imagino a ti contándole esta historia a los niños y yo allí en medio de ellos admirando tus grandes dotes de escritor, ayy cómo aprenden niños y mayores a amar a nuestra tierra, a sus animales, a sus plantas, a sus rocas, cielos y mares....me ha encantaaaado deleitarme en tu maravilloso relato lleno de ternura y de mágica belleza que nos lleva a soñar. Miles de besos mi querido amigo, llenos de cariño y de admiración....muááááckssssss...Se te echa mucho de menos, mucho.
 
Ayyyyy cómo atrapa la lectura de tus letras amigo Luís, te imagino a ti contándole esta historia a los niños y yo allí en medio de ellos admirando tus grandes dotes de escritor, ayy cómo aprenden niños y mayores a amar a nuestra tierra, a sus animales, a sus plantas, a sus rocas, cielos y mares....me ha encantaaaado deleitarme en tu maravilloso relato lleno de ternura y de mágica belleza que nos lleva a soñar. Miles de besos mi querido amigo, llenos de cariño y de admiración....muááááckssssss...Se te echa mucho de menos, mucho.
Muchas gracias por tu visita y por las bonitas palabras que dedicas a mi pequeño cuento, Isabel.
Hace tiempo que no entro al portal con afán de escribir, tendré que esperar a que llegue el otoño a ver si me animo.
Mis cuentos, como tú bien conoces, son sencillos, pensados para despertar en los pequeños un rescoldo de imaginación y fantasía. Mis héroes suelen ser claros, sencillos y buenos. Y es que me parece importante llegar a los niños de modo que los atraes en la historia.
Publiqué el año pasado un libro de cuentos para niños con estos relatos que cuelgo en MUNDOPOESIA. Y también en ocasiones me llaman de colegios o institutos para ir a leer a los alumnos. Es agradable y siempre paso un buen rato.
Agradezco mucho tus palabras y tu presencia en mis letras, siempre es motivo de satisfacción. Ya sabes, además lo mucho que te admiro. Un gran abrazo y muchos besos.
 
Muchas gracias por tu visita y por las bonitas palabras que dedicas a mi pequeño cuento, Isabel.
Hace tiempo que no entro al portal con afán de escribir, tendré que esperar a que llegue el otoño a ver si me animo.
Mis cuentos, como tú bien conoces, son sencillos, pensados para despertar en los pequeños un rescoldo de imaginación y fantasía. Mis héroes suelen ser claros, sencillos y buenos. Y es que me parece importante llegar a los niños de modo que los atraes en la historia.
Publiqué el año pasado un libro de cuentos para niños con estos relatos que cuelgo en MUNDOPOESIA. Y también en ocasiones me llaman de colegios o institutos para ir a leer a los alumnos. Es agradable y siempre paso un buen rato.
Agradezco mucho tus palabras y tu presencia en mis letras, siempre es motivo de satisfacción. Ya sabes, además lo mucho que te admiro. Un gran abrazo y muchos besos.
Admiro tu labor querido Luís, el contacto con el mundo infantil nos alegra el alma y rejuvenece cada una de las fibras más sensibles del corazón. Miles de besos querido compañero y amigo....muáááckssssss ..Cuídate.
 
Que gran alegría querido Luis con esta historia maravillosa la cual me he perdido de leer por tanto tiempo.
Tus cuentos siempre me transportan suavemente, de forma envolvente a ese mágico mundo que tu creaste, tan puro, tan bello y generoso. Tus historias tienen el poder de pintarme una sonrisa, son un mimo al alma y me hace olvidar por un instante de todo la tristeza o tribulaciones que pueda tener.
Esta en particular me parece muy ejemplificadora, pues es maravilloso poseer ese espíritu solidario pero también es importante pedir ayuda, contar con el otro , saber de nuestras limitaciones y saber que cuando actuamos juntos todo es mas fácil, divertido y no se corren peligros innecesariamente.
Ya sabes que adoro y disfruto infinitamente tus historias: tu talento y sensibilidad son incomparables querido Luis.
Como habrás notado ya no visito asiduamente Mp, solo ocasionalmente publico algo o respondo comentarios, pero si encuentro tus obras es irresistible no detenerme a leerlas.
Muchas gracias por haberla compartido, mis aplausos de pie y un gran abrazo.
 
Que gran alegría querido Luis con esta historia maravillosa la cual me he perdido de leer por tanto tiempo.
Tus cuentos siempre me transportan suavemente, de forma envolvente a ese mágico mundo que tu creaste, tan puro, tan bello y generoso. Tus historias tienen el poder de pintarme una sonrisa, son un mimo al alma y me hace olvidar por un instante de todo la tristeza o tribulaciones que pueda tener.
Esta en particular me parece muy ejemplificadora, pues es maravilloso poseer ese espíritu solidario pero también es importante pedir ayuda, contar con el otro , saber de nuestras limitaciones y saber que cuando actuamos juntos todo es mas fácil, divertido y no se corren peligros innecesariamente.
Ya sabes que adoro y disfruto infinitamente tus historias: tu talento y sensibilidad son incomparables querido Luis.
Como habrás notado ya no visito asiduamente Mp, solo ocasionalmente publico algo o respondo comentarios, pero si encuentro tus obras es irresistible no detenerme a leerlas.
Muchas gracias por haberla compartido, mis aplausos de pie y un gran abrazo.
Muchas gracias Laly por el cariño de tus palabras, por acercarte a mis letras con la puertas de la ilusión abiertas. Siempre es emotivo encontrar en las propias páginas un comentario así. La Tierra de Oberón está ahí y lo está para ser vivida y habitada.
Gracias por tu presencia. Un fuerte abrazo.
 

MundoPoesía se mantiene gracias a la publicidad y al apoyo de nuestros Mecenas.

✦ Hazte Mecenas

Sin publicidad · Blog propio · Apoya la poesía en español

Atrás
Arriba