Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Hace mucho, mucho tiempo, cuando las montañas eran todavía jóvenes y los mares estrenaban sus olas, cuando los hombres eran todavía pocos y comenzaban su andadura por los valles y las colinas, en la Tierra de Oberón las hadas, los gnomos, los elfos, todas las criaturas mágicas vivían en tranquilidad, ayudando a dar forma al mundo. Cuando llegaba la primavera, salían del Palacio de Luz, donde habían soportado los rigores del invierno y se desperdigaban por todo el Reino, para conseguir que la primavera brillase en todo su esplendor.
Más allá del Bosque Viejo, cruzando el Arroyo Cantarín, siguiendo por el Sendero Alto, se llegaba hasta la cañada de los sequoyas. Todavía no eran tan altos como llegarían a ser con el tiempo, pero ya eran grandes, de anchos troncos y enormes ramas. En uno de los extremos de la cañada, un estanque de aguas claras y frías reflejaba el cielo enmarcado por las hojas de las sequoyas. Allí tenía la morada de verano una pequeña hada, (era tan pequeña que aún no tenía alas) quien se dedicaba en aquel tiempo a aprender todo lo que una buena hada debería saber. Había hecho su casa en el tronco de uno de aquellos árboles, en el hueco que había dejado una rama que, alcanzada hacía unos años por un rayo, tenía el tamaño justo para la vivienda de nuestra amiga.
La primavera era su tiempo preferido, pues la dejaban ir a vivir al bosque y comenzar a desarrollar las tareas más fáciles. Así, se encargaba de despertar en la tierra a las margaritas, que son de las flores más madrugadoras de la primavera. También ayudaba a las amanitas a decorar su sombrerete, procurando que los colores fuesen vistosos y los lunares bien visibles. Su mayor ilusión, sin embargo era vigilar los huevos que las aves iban poniendo en sus nidos, así como estar pendiente de los movimientos de los primeros pájaros nacidos, a fin de que no se lastimasen, ni se cayesen del nido. Por cierto nuestra amiga se llamaba Phaea y, en ocasiones, era demasiado atrevida.
El día de nuestra historia ocurrió que la hermosa estación ya iba avanzada. Las aves estaban terminando de incubar sus huevos y algunos de ellos ya habían roto la cáscara y dejaban salir al polluelo. Phaea estaba muy pendiente de estos jovencitos, pues desconocían los peligros y podían hacerse daño. Les tenía mucho cariño, pues ellos nacían ya con alas y ella todavía tendría que esperar para que se las diesen; por esa razón les consideraba afortunados y ponía especial empeño en cuidarlos. Iba nuestra pequeña amiga bordeando el estanque, cuando se dio cuenta de que en una de las ramas altas de la sequoya más cercana al agua, un nido se agitaba peligrosamente. No se le ocurrió pedir ayuda, sino que muy decidida se procuró una delgada liana, se la enrolló al cuerpo y se puso a trepar por el árbol. Subiría aprovechando las grietas de la corteza y una vez en el nido vería que pasaba y si tenía que asegurar el nido, lo haría con la liana que llevaba encima. Con apuros fue subiendo y cansada por el esfuerzo llegó al fin hasta el nido. Estaba bien sujeto y en su fondo había un pajarillo de largas alas, recién salido del cascarón, que se encontraba solo, pues sus padres habían salido a buscar comida para él. Acaso el miedo o la soledad, le hacían agitarse y por eso se veía el nido como a punto de caer. Phaea se acercó a él con intención de consolarlo, pero el polluelo en un giro brusco golpeó con una de sus alas a nuestra protagonista, lanzándola fuera del nido. El hada se vio caer y lo hacía muy deprisa, pues la cuerda que llevaba enrollada al cuerpo apenas la dejaba moverse y pesaba mucho. El agua del estanque se acercaba rápidamente y Phaea sólo tuvo tiempo para dedicar un pensamiento a Titania, la Reina de las hadas. Cayó en la zona más profunda del estanque y sus ropas mojadas, junto con el miedo y la liana que la oprimía, su pequeño cuerpo se fue yendo hacia el fondo. No podía respirar, estaba aguantando con la boca cerrada y esperando que alguien o algo la pudiese ayudar…
De pronto, un suave apoyo en su espalda comenzó a empujarla hacia la superficie. Rápidamente la luz se iba haciendo más clara y se adivinaba el sol reflejándose en el estanque. De pronto se encontró al aire, ¡podía respirar! Una gran hoja verde, de bordes levantados flotaba en el agua y encima de ella Phaea pudo desembarazarse de aquella liana que la impedía moverse. Mojada como estaba se sentó en aquella gran hoja y lloró, un poco de alegría y un poco de miedo. ¿Cómo saldría de allí? Y mientras pensaba en ello, grandes hojas comenzaron a cubrir la superficie del agua, formando un camino que la permitió llegar hasta la orilla.
Y en la orilla se encontró con Titania, que la miraba sonriente, aunque tuvo que reñirla por haber sido imprudente y no haber pedido ayuda. Phaea volvió la vista hacia el agua y dio las gracias a las hojas que la habían salvado. Titania se inclinó sobre el estanque y dijo en voz alta: “como agradecimiento por haber salvado a una de mis hadas, desde hoy te adornarás con hermosas flores y cubrirás las aguas”.
Por eso, todavía hoy, encontramos en estanques, lagunas, charcas, estas plantas de grandes hojas y bellas flores que conocemos como nenúfares…
¡Ah!, se me olvidaba, los estudiosos a esas plantas de agua las llaman Ninphaeas.
Más allá del Bosque Viejo, cruzando el Arroyo Cantarín, siguiendo por el Sendero Alto, se llegaba hasta la cañada de los sequoyas. Todavía no eran tan altos como llegarían a ser con el tiempo, pero ya eran grandes, de anchos troncos y enormes ramas. En uno de los extremos de la cañada, un estanque de aguas claras y frías reflejaba el cielo enmarcado por las hojas de las sequoyas. Allí tenía la morada de verano una pequeña hada, (era tan pequeña que aún no tenía alas) quien se dedicaba en aquel tiempo a aprender todo lo que una buena hada debería saber. Había hecho su casa en el tronco de uno de aquellos árboles, en el hueco que había dejado una rama que, alcanzada hacía unos años por un rayo, tenía el tamaño justo para la vivienda de nuestra amiga.
La primavera era su tiempo preferido, pues la dejaban ir a vivir al bosque y comenzar a desarrollar las tareas más fáciles. Así, se encargaba de despertar en la tierra a las margaritas, que son de las flores más madrugadoras de la primavera. También ayudaba a las amanitas a decorar su sombrerete, procurando que los colores fuesen vistosos y los lunares bien visibles. Su mayor ilusión, sin embargo era vigilar los huevos que las aves iban poniendo en sus nidos, así como estar pendiente de los movimientos de los primeros pájaros nacidos, a fin de que no se lastimasen, ni se cayesen del nido. Por cierto nuestra amiga se llamaba Phaea y, en ocasiones, era demasiado atrevida.
El día de nuestra historia ocurrió que la hermosa estación ya iba avanzada. Las aves estaban terminando de incubar sus huevos y algunos de ellos ya habían roto la cáscara y dejaban salir al polluelo. Phaea estaba muy pendiente de estos jovencitos, pues desconocían los peligros y podían hacerse daño. Les tenía mucho cariño, pues ellos nacían ya con alas y ella todavía tendría que esperar para que se las diesen; por esa razón les consideraba afortunados y ponía especial empeño en cuidarlos. Iba nuestra pequeña amiga bordeando el estanque, cuando se dio cuenta de que en una de las ramas altas de la sequoya más cercana al agua, un nido se agitaba peligrosamente. No se le ocurrió pedir ayuda, sino que muy decidida se procuró una delgada liana, se la enrolló al cuerpo y se puso a trepar por el árbol. Subiría aprovechando las grietas de la corteza y una vez en el nido vería que pasaba y si tenía que asegurar el nido, lo haría con la liana que llevaba encima. Con apuros fue subiendo y cansada por el esfuerzo llegó al fin hasta el nido. Estaba bien sujeto y en su fondo había un pajarillo de largas alas, recién salido del cascarón, que se encontraba solo, pues sus padres habían salido a buscar comida para él. Acaso el miedo o la soledad, le hacían agitarse y por eso se veía el nido como a punto de caer. Phaea se acercó a él con intención de consolarlo, pero el polluelo en un giro brusco golpeó con una de sus alas a nuestra protagonista, lanzándola fuera del nido. El hada se vio caer y lo hacía muy deprisa, pues la cuerda que llevaba enrollada al cuerpo apenas la dejaba moverse y pesaba mucho. El agua del estanque se acercaba rápidamente y Phaea sólo tuvo tiempo para dedicar un pensamiento a Titania, la Reina de las hadas. Cayó en la zona más profunda del estanque y sus ropas mojadas, junto con el miedo y la liana que la oprimía, su pequeño cuerpo se fue yendo hacia el fondo. No podía respirar, estaba aguantando con la boca cerrada y esperando que alguien o algo la pudiese ayudar…
De pronto, un suave apoyo en su espalda comenzó a empujarla hacia la superficie. Rápidamente la luz se iba haciendo más clara y se adivinaba el sol reflejándose en el estanque. De pronto se encontró al aire, ¡podía respirar! Una gran hoja verde, de bordes levantados flotaba en el agua y encima de ella Phaea pudo desembarazarse de aquella liana que la impedía moverse. Mojada como estaba se sentó en aquella gran hoja y lloró, un poco de alegría y un poco de miedo. ¿Cómo saldría de allí? Y mientras pensaba en ello, grandes hojas comenzaron a cubrir la superficie del agua, formando un camino que la permitió llegar hasta la orilla.
Y en la orilla se encontró con Titania, que la miraba sonriente, aunque tuvo que reñirla por haber sido imprudente y no haber pedido ayuda. Phaea volvió la vista hacia el agua y dio las gracias a las hojas que la habían salvado. Titania se inclinó sobre el estanque y dijo en voz alta: “como agradecimiento por haber salvado a una de mis hadas, desde hoy te adornarás con hermosas flores y cubrirás las aguas”.
Por eso, todavía hoy, encontramos en estanques, lagunas, charcas, estas plantas de grandes hojas y bellas flores que conocemos como nenúfares…
¡Ah!, se me olvidaba, los estudiosos a esas plantas de agua las llaman Ninphaeas.