esthergranados
Poeta adicto al portal
Seguía atrapado allí dentro, paralizado por el miedo. A menudo penetraba en el mundo oscuro y húmedo de la cueva donde vivían. Le gustaba llevarles cigarrillos que ellos fumaban compulsivamente hasta marearse. Esa mañana, bajó a la gruta con una cajetilla de tabaco barato en el bolsillo y con ganas de divertirse: le parecía gracioso verlos casi borrachos. Entró gritando para asustarlos. Le sorprendieron los sonidos inquietantes del lenguaje con el que se comunicaban: a esas horas solían descansar. Empezó a preocuparse cuando lo rodearon. Manoteó torpemente en el aire para defenderse e intentó escapar: no le dejaron. Esperó con resignación. Se acercó el más audaz; notó el primer mordisco y sintió la tibieza de la sangre resbalando por el cuello. Los demás, planeaban sobre su cabeza esperando su turno.