Quisiera comprender lo que tú sientes
al mirar en el cielo la armonía
de colores y luces sorprendentes,
cuando llega el ocaso cada día.
Cuando amas, cuando abrazas, cuando besas
y tu vida se torna luminosa,
o cerrando los ojos te embelesas
intuyendo la fuerza misteriosa
del alma que hay en ti, de lo inmortal.
Es esa la evidente diferencia:
yo, una máquina soy, artificial,
me crearon privado de conciencia,
porque mi corazón solo es metal
y tengo por baldía mi existencia.
En 1983 Donna Haraway publicó Un manifiesto ciborg, en el que la conexión entre feminismo esencialista, neomarxismo y existencialismo (productos de consumo ideológico auspiciado por el capitalismo tardío de libre mercado) es una realidad evidente tanto para simpatizantes como para detractores. Aunque, naturalmente, el anhelo de emancipación del ser humano de todas sus ataduras, incluyendo las estrictamente biológicas, ya había sido articulado en el siglo XVIII por Hegel, antes del batiburrillo postmoderno.
La fusión de humano y máquina parece cada vez más factible y siniestra cuando nos percatamos de que una mutación de la condición humana puede estar aconteciendo en estos mismos instantes, y no precisamente como constructo hipotético. El gran salto adelante podría producirse por un pequeño paso en bioquímica. No en vano, avances fulminantes ya están permitiendo que los individuos afluentes puedan fabricarse sus propios estados de ánimo y personalidad, diseñar las características genéticas de su descendencia, así como escoger su propio género mediante intervenciones quirúrgicas y tratamientos hormonales. La ausencia de poderosos cortapisas religiosos o culturales posibilita que ahora las personas puedan fantasear con la idea de ser sus propios creadores, una vez que las técnicas biomédicas estén a su disposición. Con independencia de los posibles beneficios de estas innovaciones, no cabe duda de que estas generarán nuevos niveles de alienación en un mercado global desprovisto de criterios éticos.
Para autores ampliamente populares y profundamente sistémicos, como Harari, las emociones son meros algoritmos bioquímicos formados por la selección natural, los cuales serán pronto replicados por los algoritmos de vida inorgánica asociada a la inteligencia artificial.
Sea como fuere, y a colación de la película Blade Runner, me gustaría compartir un extracto de un artículo del gran escritor y pensador católico Juan Manuel de Prada que aporta una interesante reflexión de tipo poético a este tema:
COMO LÁGRIMAS EN LA LLUVIA
Juan Manuel de Prada, El Semanal, 27 de febrero de 2005
Recuerdo que vi Blade Runner por primera vez en un cine de Bilbao, hace
más de veinte años; yo debía de tener por entonces trece o catorce a lo sumo.
Blade Runner contaba la historia de Deckard, un policía solitario, interpretado
por Harrison Ford, al que encargaban liquidar a un grupo de replicantes,
autómatas de apariencia humanísima, recién evadidos de una colonia de trabajo
en el espacio exterior, que habían llegado a Los Ángeles –una ciudad babélica y
opresiva, martirizada por una perenne lluvia ácida– para solicitar a su creador
que prolongase su existencia. El grupo de replicantes lo capitaneaba Roy Batty,
un nuevo Prometeo que se rebela contra la condena de caducidad que le han
impuesto y ansía prolongar sus días, a imagen y semejanza de los hombres que lo
fabricaron. Me sobrecogió la angustia existencial de aquellas máquinas que se
sabían perecederas y luchaban agónicamente por alumbrar un misterio que les
había sido vedado; me sobrecogió, sobre todo, la interpretación del actor que
encarnaba al replicante Roy Batty, un holandés de belleza amedrentadora
llamado Rutger Hauer que insuflaba a su personaje un amasijo de pasiones
encontradas, compasión y furia, brutalidad y delicadeza. La película se
clausuraba con una secuencia que ya ha ingresado en la mitología del celuloide:
en pleno delirio vesánico, cuando ya sabe que le quedan unos pocos minutos
para convertirse en un montón de chatarra, Rutger Hauer se dispone a
exterminar a Harrison Ford sobre las azoteas de la ciudad apocalíptica, arrasada
por la lluvia ácida y la propaganda de neón. Rutger Hauer, que ha cobijado en el
pecho una paloma aterida, acaricia su plumaje mientras contempla con dilatada
crueldad los esfuerzos desesperados de su enemigo por salvar el pellejo;
entonces, siente el frío hálito de la muerte infiltrándose en su respiración y se
compadece de él. Mientras se va quedando sin aliento, Rutger Hauer fija su
mirada azul y exhausta en el maltrecho Harrison Ford y le recita las bellezas
irrecuperables que han desfilado ante sus retinas. «Todos estos momentos se
perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir», concluye,
con alivio e impotencia, y doblega el cuello, mientras la paloma que resguardaba
entre sus manos ya inertes vuela hacia lo alto, como un alma ebria de luz. La
secuencia tenía una belleza desaforada que me dejó tiritando de emoción: a la
postre, la máquina impía se revelaba más humana que sus creadores.
Abrazo