Guille Betancourt
Poeta recién llegado
En este, quizás el último
valladar de la tristeza,
donde ha quedado un espacio
vacío entre mi huella y el silencio,
aquí,
ante todas las pesadillas incubadas por el mar,
aquí en donde el aire
se inflama con tu voz y resplandecen
los incendios en el cielo de octubre,
aquí bajo tu herida
de mármol y silencio,
oculto mi cicatriz de la lluvia de fuego,
todo el fuego que pedí
para encender tu altar.
Hoy
ya no sientes el grave peligro
de pactar con la nostalgia. Yo sé
cómo sabe a miedo y distancia
el infierno del hombre,
porque cada instante es tu instante,
y en cada gota del tiempo se han mojado tus pies.
En este, quizás el último
suicidio de la flor, cuando se pierde
tu llama en la sed de los espejos,
cuando me hiela
la pampa de tu nombre y tus mensajes
son cisnes naufragando por el cielo,
aquí donde el tiempo empezó a latir
en las manos de una paloma,
aquí,
cuando se abrieron
los horizontes y ya buscaba
tu vacío aún sin forma,
ser de nada y luz de viento,
aquí donde el reflejo de tu piel
es todo mi recuerdo de la nieve,
te digo ahora
todas las palabras que no fueron
devueltas al cristal,
aquí siempre la noche, tu única estrella,
su lenta muerte,
a ti te las digo,
para que nadie conozca
cuántos siglos hace
que recordabas lo hondo que grabé
estas marcas del adiós,
ahora incomprensibles,
aquí, para que valgan mis labios sellados
ante tu orilla, tu sal y tu relámpago,
para que nadie sepa nunca que llevas
bordada en el pecho la oriflama del dolor,
y no me devuelva cada mañana
esta memoria de laberintos insolubles.
valladar de la tristeza,
donde ha quedado un espacio
vacío entre mi huella y el silencio,
aquí,
ante todas las pesadillas incubadas por el mar,
aquí en donde el aire
se inflama con tu voz y resplandecen
los incendios en el cielo de octubre,
aquí bajo tu herida
de mármol y silencio,
oculto mi cicatriz de la lluvia de fuego,
todo el fuego que pedí
para encender tu altar.
Hoy
ya no sientes el grave peligro
de pactar con la nostalgia. Yo sé
cómo sabe a miedo y distancia
el infierno del hombre,
porque cada instante es tu instante,
y en cada gota del tiempo se han mojado tus pies.
En este, quizás el último
suicidio de la flor, cuando se pierde
tu llama en la sed de los espejos,
cuando me hiela
la pampa de tu nombre y tus mensajes
son cisnes naufragando por el cielo,
aquí donde el tiempo empezó a latir
en las manos de una paloma,
aquí,
cuando se abrieron
los horizontes y ya buscaba
tu vacío aún sin forma,
ser de nada y luz de viento,
aquí donde el reflejo de tu piel
es todo mi recuerdo de la nieve,
te digo ahora
todas las palabras que no fueron
devueltas al cristal,
aquí siempre la noche, tu única estrella,
su lenta muerte,
a ti te las digo,
para que nadie conozca
cuántos siglos hace
que recordabas lo hondo que grabé
estas marcas del adiós,
ahora incomprensibles,
aquí, para que valgan mis labios sellados
ante tu orilla, tu sal y tu relámpago,
para que nadie sepa nunca que llevas
bordada en el pecho la oriflama del dolor,
y no me devuelva cada mañana
esta memoria de laberintos insolubles.