Sí, si se de Cuba, de hecho tengo familia (no muy cercana, pero familia al fin y al cabo) en la isla.
Lo que no voy a hacer es vender mi pensamiento a nadie, y si digo que a Stalin, Hitler, Nixon, Kissinger o Duvalier los considero personalmente peores que a Castro, a parte de decirlo entre otras cosas porque me sale de los cojones (los españoles somos muy chulos), lo digo porque doy razones para ello, que a algunos les puedan gustar mis ideas y a otros les pueda joder no es mi problema, es el de el de ellos, pero como es lo que pienso lo digo y punto.
Por otro lado ni tú tienes 80 años ni yo 20, tú has viajado mucho, te has buscado la vida y has sufrido en tu carne o en la de tus familiares una dictadura, ...yo también. (La verdad es que acepto lecciones de muy pocas personas)
Aquí Franco no fue mejor, mis abuelos sufrieron su represión, mi padre de joven tenía que coger papeles en la basura para poder estudiar (de lo pobres que eran), y el primer coche se lo compró con casi 40 años, y yo sufrí, aunque infinitamente menos, las consecuencias del franquismo en mi país
Y aún así si alguien me dice que Hitler fue peor que Franco, le digo que tiene razón y no pongo el grito en el cielo..
Aclarado este punto, José, ahora también te digo que Castro me parece también un hijo de puta, no me tienes que contar todo lo malo que hizo, pues lo sé o me lo imagino, y yo nunca le he defendido, pero ni me identifico política ni ideológicamente con los ignorantes y cabrones comunistas castristas, ni tampoco con los cabrones anticastristas ultra-derechistas y ultra-republicanos de Miami.[/QU
... vuestros círculos progresistas se complacen en llamar al régimen existente «dictadura». Yo, en cambio, llevo diez días viajando por España, desplazándome de riguroso incógnito. Observo cómo vive la gente, lo miro con mis propios ojos asombrados y pregunto: ¿saben ustedes lo que quiere decir esta palabra, conocen ustedes lo que se esconde tras este término?
Voy a proponerles algunos ejemplos.
Un español cualquiera no está vinculado a un lugar determinado, a una ciudad o a un pueblo donde tiene forzosamente que residir. Puede desplazarse de un lugar a otro según le plazca. Nuestro ciudadano soviético, en cambio, no lo puede hacer: estamos encadenados a nuestro lugar de residencia por la famosa propiska, el visado de la policía. Las autoridades locales deciden si puedo cambiar de residencia o no. Estoy totalmente en sus manos, pueden hacer conmigo lo que quieran.
Luego me entero de que los españoles pueden salir libremente de su país. En la Unión Soviética esto no existe. Desde hace poco, bajo la presión de la opinión pública mundial, y especialmente de los Estados Unidos, se está dejando salir a una pequeña parte de los judíos. Pero la otra parte y todos los demás pueblos que habitan la URSS están privados de este derecho. Nos encontramos en nuestro propio país como en una cárcel.
Paseo por Madrid, o por otras ciudades españolas, de las cuales he visitado doce, y veo que en los quioscos se venden los principales periódicos europeos. En cambio, si en mi país apareciera un periódico extranjero a la venta, se alargarían diez manos para agarrarlo.
Veo, otro ejemplo, que aquí funcionan libremente las fotocopiadoras, cualquiera por cinco pesetas puede sacar libremente una fotocopia. En nuestro país tal cosa no sólo está prohibida, sino que es delito: toda persona que utilice una copiadora para fines particulares y no para el Estado, para la Administración, será condenado por actividades contrarrevolucionarias.
En su país, puede que con algunas limitaciones, están autorizadas y tienen lugar algunas huelgas. En nuestro país, en sesenta años jamás fue autorizada una sola huelga. En los primeros años del régimen, los huelguistas cayeron bajo ráfagas de ametralladora, o fueron encarcelados como contrarrevolucionarios, aunque sólo exigían mejoras de carácter económico. Hoy día, ya a nadie se le ocurre, a nadie se le pasa por la cabeza, la idea de organizar una huelga. Más todavía: publiqué un día en la revista Novi Mir una narración, Por el bien de la causa. En ella, un personaje, un estudiante, pronunciaba la frase «Vamos a hacer huelga». Pues bien, antes de que la narración pasara la censura, ya la propia mesa de redacción de la revista eliminó la palabra «huelga». La palabra «huelga» está prohibida en mi país.
No, vuestros progresistas pueden usar la palabra que quieran, pero «dictadura» no. ¡Si nosotros tuviéramos las libertades que tienen ustedes, nos quedaríamos boquiabiertos, exclamaríamos que es algo nunca visto!
Desde hace sesenta años, no tenemos ninguna libertad.
Hace poco en vuestro país se proclamó una amnistía. Algunos dicen que fue una amnistía limitada. Pero sin embargo a los terroristas, que con las armas en la mano luchaban contra el orden establecido, se les rebajó parte de la condena.
A nosotros, en cambio, en sesenta años sólo se nos concedió una amnistía, ¡y ésta sí que fue limitada! Nosotros íbamos a la cárcel para morir allí. Muy pocos regresaron para contarlo