La métrica del dolor

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa
LA MÉTRICA DEL DOLOR
(…) poesía es vivir en la carne, adentrándose en ella,
sabiendo de su angustia y de su muerte.

(María Zambrano)

Bajé a tomar una cerveza
y cuando llegué a la altura de los contenedores de basura
me encontré con uno de esos regalos
que tengo la suerte de estrenar una vez al año.
Una enorme caja de cartón rebosante de objetos
abandonada junto a las faldas de los contendores.
Y es una suerte porque unos minutos más tarde
otros leones habrían tomado posesión del trofeo.
Estas cajas siempre me supieron a tumba.
Me molesta cuando no se respeta el ajuar funerario
y quedan todas las exequias diseminadas sobre la acera.
Pero ahora era yo el puto león jefe
y debía apresurarme
antes de que llegara la turbamulta de hienas.
Y me puse rápidamente en marcha con el inventario:
Un secador de pelo, unos cuadernos con balances,
unos botines negros, unos pintalabios, mucha bisutería,
un pasaporte (?), un par de acuarelas caseras de talentoso trazo,
cintas en VHS: «El último tango en París»,
«Emmanuelle», «Emmanuelle 2»…
—qué recuerdos de infancia con Emmanuelle—
casetes etiquetados a mano, libros a mansalva,
un recorte de la sección de esquelas de un periódico,
y en el lateral de la caja… un álbum de fotos.
¡¡Un puto álbum de fotos!! ¡No me jodas!,
cómo se puede tirar
a la basura un álbum de fotos.

Y me senté en la acera
con esa joya posada en las palmas de mis manos.
Los peatones me miraban de reojo con la gravedad
escorzada del miedo y aceleraban el paso.
—¡Mira, papá, un loco!, —gritó un niño,
y yo le rugí, porque era el puto león jefe.

Y abrí el códice con la misma delicadeza
con la que aquel humanista italiano desempolvó
el manuscrito de Lucrecio que acababa de encontrar
oculto en el claustro de un monasterio alemán.

En las fotos aparecía, en casi todas, un hombre
de unos cincuenta años, con los labios
brillantes, rojos y perfilados,
y una peluca rubia rizada de media melena.
Pero no se trataba de un hombre travestido:
era ella y no él. Era ella, pura y sin matices.
No, no estamos hablando
de disfraces…
Llevaba los botines que estaban en el cofre
y una falda larga entallada. Estaba guapa, se sentía guapa,
y estoy seguro de que en ese instante fue feliz.
Las fotos estaban tomadas en un piso modesto
y en muchas de ellas le acompañaba un hombre más joven,
quizá de cuarenta, con un aire a Burt Reynolds.
Él sacaba morros, con esa impostura quejosa,
mientras miraba fijamente a cámara
y ella le sujetaba el rostro con ternura
suplicando su atención.
Esto sí que es una foto realmente monumental, pensé,
y no la falacia de aquellos dos jóvenes besándose en París.
Las últimas fotos del álbum eran las de un entierro.

Cerré aquel testamento vital
y no tuve el ánimo de seguir indagando.
Además, ya no estaba solo: las hienas
amagaban con morder mis tobillos
ansiosas por abrir en canal a la presa.
Posé el álbum en el bordillo y me fui a tomar
un cubata como el que sostenía aquella mujer feliz.
Escuchaba a los lejos la risa histérica de las putas hienas.

Y mientras se emborrachaba de rosas el cielo de Madrid
me preguntaba quién podría ser tan despreciable
como para abandonar en la basura un álbum de fotos.
Un álbum de fotos es para mí
una urna que custodia
las cenizas de una vida…
¿Será que aquella mujer falleció
y los vándalos de sus herederos tardaron
lo que yo tardo en acabarme esta copa
en vaciar el piso y colgarlo en el jodido idealista?
¿Será que los nazis de sus hijos descubrieron su secreto
y lapidaron su libertad con el deliberado escarnio público
de arrojar a las hienas de la sociedad sus reliquias más íntimas?
¿Quizá falleció su compañero y decidió en el delirio de su duelo
romper de una vez con todo aquello que le hizo tan feliz?
¿Tendrá algo que ver con el hombre que se tiró de un quinto piso
el verano pasado, ese del que unas viejas en el mercado
escuché rezongar que era un depravado maricón?
A saber…

Los vencejos cosían la herida del ocaso.

Todos terminaremos de algún modo
abandonados junto a un contendor
a la espera de ser incinerados por la historia
para siempre.
Es curiosa la poderosa llama, el carácter eterno
que adquiere la levedad…
La levedad es un agujero negro
que atrapa hasta la última migaja del cosmos.
La levedad es absolutamente todo
en ese punto de fuga hacia la nada.

Los poetas deberían hurgar más en los escombros.
El poeta debería practicar la métrica del dolor
recolectando extrañezas, muertes y flores;
¡que el verso fluya en el nácar
que encostra el dolor fascinante de la cruda
y efímera existencia!

Y los vencejos dejaron de volar.

A la mañana siguiente bajé a comprar el pan
pero antes quise pasar por el yacimiento.
Llovía como nunca.
Amo el perfume del alquitrán perlado
por los torrentes celestes de la primavera.
Ya no quedaban ni los huesos de la presa.
Pero de pronto vi aquel recorte de periódico
con su colección de rostros y cruces temblando
sobre la reja de un imbornal.
Por un momento hice el amago de recoger el papel
pero permanecí inmóvil bajo la lluvia contemplando
como el caudal deshacía aquella reliquia de celulosa
hasta que la corriente se llevó
por el sumidero
lo poco que quedaba
de aquellos

dos

muchachos.​


Kalkbadan
Madrid, 29 de abril de 2022

 
Última edición:
Pues sí, los poetas deben "hurgar en los escombros". Y es que tras el dolor, el olvido y/o el despropósito humanos a veces se esconden historias realmente bellas, especiales y sorprendentes, la mejor y auténtica esencia de la vida y de las personas, aunque haya que mancharse y excavar en la basura para poder encontrarlas.
Me ha parecido una prosa poética realista preciosa y muy lograda, Andreas. Creo sinceramente que tu literatura está llegando a niveles verdaderamente altos de calidad (desde que te leo siempre ha sido muy buena, pero no para de crecer).
Mis aplausos por este magnífico trabajo y un fuerte abrazo amigo.
 
mierda, qué gran poema kalk. opino igual que luis. tu poesía ya era mejor que un vergo de mariconadas autoimpresas por allí, pero es que ésto ya es sacar la pelota del estadio (no como sergio ramos, sino como en el beisbol).

gracias por traer esta calidad al foro, bróder.

salud a vos.
 
LA MÉTRICA DEL DOLOR

Bajé a tomar una cerveza
y cuando llegué a la altura de los contenedores de basura
me encontré con uno de esos regalos
que tengo la suerte de estrenar una vez al año.
Una enorme caja de cartón rebosante de objetos
abandonada junto a las faldas de los contendores.
Y es una suerte porque unos minutos más tarde
otros leones habrían tomado posesión del trofeo.
Estas cajas siempre me supieron a tumba.
Me molesta cuando no se respeta el ajuar funerario
y quedan todas las exequias diseminadas sobre la acera.
Pero ahora era yo el puto león jefe
y debía apresurarme
antes de que llegara la turbamulta de hienas.
Y me puse rápidamente en marcha con el inventario:
Un secador de pelo, unos cuadernos con balances,
unos botines negros, unos pintalabios, mucha bisutería,
un pasaporte (?), un par de acuarelas caseras de talentoso trazo,
cintas en VHS: «El último tango en París»,
«Emmanuelle», «Emmanuelle 2»…
—qué recuerdos de infancia con Emmanuelle—
casetes etiquetados a mano, libros a mansalva,
un recorte de la sección de esquelas de un periódico,
y en el lateral de la caja… un álbum de fotos.
¡¡Un puto álbum de fotos!! ¡No me jodas!,
cómo se puede tirar
a la basura un álbum de fotos.

Y me senté en la acera
con esa joya posada en las palmas de mis manos.
Los peatones me miraban de reojo con la gravedad
escorzada del miedo y aceleraban el paso.
—¡Mira, papá, un loco!, —gritó un niño,
y yo le rugí, porque era el puto león jefe.

Y abrí el códice con la misma delicadeza
con la que aquel humanista italiano desempolvó
el manuscrito de Lucrecio que acaba de encontrar
oculto en el claustro de un monasterio alemán.

En las fotos salía, en casi todas, un hombre
de unos cincuenta años, con los labios
brillantes, rojos y perfilados,
y una peluca rubia rizada de media melena.
Pero no se trataba de un hombre travestido:
era ella y no él. Era ella, pura y sin matices.
No, no estamos hablando
de disfraces…
Llevaba los botines que estaban en el cofre
y una falda larga entallada. Estaba guapa, se sentía guapa,
y estoy seguro de que en ese instante fue feliz.
Las fotos estaban tomadas en un piso modesto
y en muchas de ellas le acompañaba un hombre más joven,
quizá de cuarenta, con un aire a Burt Reynolds.
Él sacaba morros, con esa impostura quejosa,
mientras miraba fijamente a cámara
y ella le sujetaba el rostro con delicadeza
suplicando su atención.
Esto sí que es una foto realmente monumental, pensé,
y no la falacia de aquellos dos jóvenes besándose en París.
Las últimas fotos del álbum eran las de un entierro.

Cerré aquel testamento vital
y no tuve el ánimo de seguir indagando.
Además, ya no estaba solo: las hienas
amagaban con morder mis tobillos
ansiosas por abrir en canal a la presa.
Posé el álbum en el bordillo y me fui a tomar
un cubata como el que sostenía aquella mujer feliz.
Escuchaba a los lejos la risa histérica de las putas hienas.

Y mientras se emborrachaba de rosas el cielo de Madrid
me preguntaba quién podría ser tan despreciable
como para abandonar en la basura un álbum de fotos.
Un álbum de fotos es para mí
una urna que custodia
las cenizas de una vida…
¿Será que aquella mujer falleció
y los vándalos de sus herederos tardaron
lo que yo tardo en acabarme esta copa
en vaciar el piso y colgarlo en el jodido idealista?
¿Será que los nazis de sus hijos descubrieron su secreto
y lapidaron su libertad con el deliberado escarnio público
de arrojar a las hienas de la sociedad sus reliquias más íntimas?
¿Quizá falleció su compañero y decidió en el delirio de su duelo
romper de una vez con todo aquello que le hizo tan feliz?
¿Tendrá algo que ver con el hombre que se tiró de un quinto piso
el verano pasado, ese del que unas viejas en el mercado
escuché rezongar que era un depravado maricón?
A saber…

Los vencejos cosían la herida del ocaso.

Todos terminaremos de algún modo
abandonados junto a un contendor
a la espera de ser incinerados por la historia
para siempre.
Es curiosa la poderosa llama, el carácter eterno
que adquiere la levedad…
La levedad es un agujero negro
que atrapa hasta la última migaja del cosmos.
La levedad es absolutamente todo
en ese punto de fuga hacia la nada.

Los poetas deberían hurgar más en los escombros.
El poeta debería practicar la métrica del dolor
recolectando extrañezas, muertes y flores;
¡que el verso fluya en el nácar
que encostra el dolor fascinante de la cruda
y efímera existencia!

Y los vencejos dejaron de volar.

A la mañana siguiente bajé a comprar el pan
pero antes quise pasar por el yacimiento.
Llovía como nunca.
Amo el perfume del alquitrán perlado
por los torrentes celestes de la primavera.
Ya no quedaban ni los huesos de la presa.
Pero de pronto vi aquel recorte de periódico
con su colección de rostros y cruces temblando
sobre la reja de un imbornal.
Por un momento hice el amago de recoger el papel
pero permanecí inmóvil bajo la lluvia contemplando
como el caudal deshacía aquella reliquia de celulosa
hasta que la corriente se llevó
por el sumidero
lo poco que quedaba
de aquellos

dos

muchachos.​


Kalkbadan
Madrid, 29 de abril de 2022
Una historia bien contada ,felicitaciones por tan acertada prosa poética , saludos cordiales
 
Pues sí, los poetas deben "hurgar en los escombros". Y es que tras el dolor, el olvido y/o el despropósito humanos a veces se esconden historias realmente bellas, especiales y sorprendentes, la mejor y auténtica esencia de la vida y de las personas, aunque haya que mancharse y excavar en la basura para poder encontrarlas.
Me ha parecido una prosa poética realista preciosa y muy lograda, Andreas. Creo sinceramente que tu literatura está llegando a niveles verdaderamente altos de calidad (desde que te leo siempre ha sido muy buena, pero no para de crecer).
Mis aplausos por este magnífico trabajo y un fuerte abrazo amigo.

¡Querido Luis! Muchísimas gracias por tu valiosa huella. No sabes cómo me alegra que el texto te haya movido a escribir este comentario. Es un verdadero regalo. Efectivamente, compañero, la belleza brutal suele hacer su aparición allá en el desencanto y bajo los escombros. Experimentar esa belleza que nos estremece es un acto de pura trascendencia, una obra del espíritu, un poema es sí mismo.
Un abrazo enorme, amigo mío, y gracias.

Y es que tras el dolor, el olvido y/o el despropósito humanos a veces se esconden historias realmente bellas, especiales y sorprendentes, la mejor y auténtica esencia de la vida y de las personas, aunque haya que mancharse y excavar en la basura para poder encontrarlas.

Bello, compa...
 
mierda, qué gran poema kalk. opino igual que luis. tu poesía ya era mejor que un vergo de mariconadas autoimpresas por allí, pero es que ésto ya es sacar la pelota del estadio (no como sergio ramos, sino como en el beisbol).

gracias por traer esta calidad al foro, bróder.

salud a vos.
¡Charlie! Joder, cómo me alegro de que te haya llegado este texto. Sé que aprecias los versos honestos que nacen de ese brote verde que asoma poderoso entre las grietas del desencanto. Se nota cuando comentas, se nota en tu poesía.

Es de esos poemas que uno tiene ya sentido y reflexionado y que lo de menos es acuñarlo en papel.
Gracias a vosotros por vuestra siempre generosa lectura. Salud, compañero. ¡Un abrazo fuerte!
 
Última edición:
Una historia bien contada ,felicitaciones por tan acertada prosa poética , saludos cordiales
¡Viajero! Me alegro de que te gustara. Son difíciles estos poemas largos. Y es que una parte tediosa te puede arruinar perfectamente el texto entero. Y a mí me cuesta mucho ser magro cuando tengo una historia que contar, así que me alegro que la encuentres hilvanada.
¡Saludos y gracias por la lectura!
 
LA MÉTRICA DEL DOLOR

Bajé a tomar una cerveza
y cuando llegué a la altura de los contenedores de basura
me encontré con uno de esos regalos
que tengo la suerte de estrenar una vez al año.
Una enorme caja de cartón rebosante de objetos
abandonada junto a las faldas de los contendores.
Y es una suerte porque unos minutos más tarde
otros leones habrían tomado posesión del trofeo.
Estas cajas siempre me supieron a tumba.
Me molesta cuando no se respeta el ajuar funerario
y quedan todas las exequias diseminadas sobre la acera.
Pero ahora era yo el puto león jefe
y debía apresurarme
antes de que llegara la turbamulta de hienas.
Y me puse rápidamente en marcha con el inventario:
Un secador de pelo, unos cuadernos con balances,
unos botines negros, unos pintalabios, mucha bisutería,
un pasaporte (?), un par de acuarelas caseras de talentoso trazo,
cintas en VHS: «El último tango en París»,
«Emmanuelle», «Emmanuelle 2»…
—qué recuerdos de infancia con Emmanuelle—
casetes etiquetados a mano, libros a mansalva,
un recorte de la sección de esquelas de un periódico,
y en el lateral de la caja… un álbum de fotos.
¡¡Un puto álbum de fotos!! ¡No me jodas!,
cómo se puede tirar
a la basura un álbum de fotos.

Y me senté en la acera
con esa joya posada en las palmas de mis manos.
Los peatones me miraban de reojo con la gravedad
escorzada del miedo y aceleraban el paso.
—¡Mira, papá, un loco!, —gritó un niño,
y yo le rugí, porque era el puto león jefe.

Y abrí el códice con la misma delicadeza
con la que aquel humanista italiano desempolvó
el manuscrito de Lucrecio que acaba de encontrar
oculto en el claustro de un monasterio alemán.

En las fotos salía, en casi todas, un hombre
de unos cincuenta años, con los labios
brillantes, rojos y perfilados,
y una peluca rubia rizada de media melena.
Pero no se trataba de un hombre travestido:
era ella y no él. Era ella, pura y sin matices.
No, no estamos hablando
de disfraces…
Llevaba los botines que estaban en el cofre
y una falda larga entallada. Estaba guapa, se sentía guapa,
y estoy seguro de que en ese instante fue feliz.
Las fotos estaban tomadas en un piso modesto
y en muchas de ellas le acompañaba un hombre más joven,
quizá de cuarenta, con un aire a Burt Reynolds.
Él sacaba morros, con esa impostura quejosa,
mientras miraba fijamente a cámara
y ella le sujetaba el rostro con delicadeza
suplicando su atención.
Esto sí que es una foto realmente monumental, pensé,
y no la falacia de aquellos dos jóvenes besándose en París.
Las últimas fotos del álbum eran las de un entierro.

Cerré aquel testamento vital
y no tuve el ánimo de seguir indagando.
Además, ya no estaba solo: las hienas
amagaban con morder mis tobillos
ansiosas por abrir en canal a la presa.
Posé el álbum en el bordillo y me fui a tomar
un cubata como el que sostenía aquella mujer feliz.
Escuchaba a los lejos la risa histérica de las putas hienas.

Y mientras se emborrachaba de rosas el cielo de Madrid
me preguntaba quién podría ser tan despreciable
como para abandonar en la basura un álbum de fotos.
Un álbum de fotos es para mí
una urna que custodia
las cenizas de una vida…
¿Será que aquella mujer falleció
y los vándalos de sus herederos tardaron
lo que yo tardo en acabarme esta copa
en vaciar el piso y colgarlo en el jodido idealista?
¿Será que los nazis de sus hijos descubrieron su secreto
y lapidaron su libertad con el deliberado escarnio público
de arrojar a las hienas de la sociedad sus reliquias más íntimas?
¿Quizá falleció su compañero y decidió en el delirio de su duelo
romper de una vez con todo aquello que le hizo tan feliz?
¿Tendrá algo que ver con el hombre que se tiró de un quinto piso
el verano pasado, ese del que unas viejas en el mercado
escuché rezongar que era un depravado maricón?
A saber…

Los vencejos cosían la herida del ocaso.

Todos terminaremos de algún modo
abandonados junto a un contendor
a la espera de ser incinerados por la historia
para siempre.
Es curiosa la poderosa llama, el carácter eterno
que adquiere la levedad…
La levedad es un agujero negro
que atrapa hasta la última migaja del cosmos.
La levedad es absolutamente todo
en ese punto de fuga hacia la nada.

Los poetas deberían hurgar más en los escombros.
El poeta debería practicar la métrica del dolor
recolectando extrañezas, muertes y flores;
¡que el verso fluya en el nácar
que encostra el dolor fascinante de la cruda
y efímera existencia!

Y los vencejos dejaron de volar.

A la mañana siguiente bajé a comprar el pan
pero antes quise pasar por el yacimiento.
Llovía como nunca.
Amo el perfume del alquitrán perlado
por los torrentes celestes de la primavera.
Ya no quedaban ni los huesos de la presa.
Pero de pronto vi aquel recorte de periódico
con su colección de rostros y cruces temblando
sobre la reja de un imbornal.
Por un momento hice el amago de recoger el papel
pero permanecí inmóvil bajo la lluvia contemplando
como el caudal deshacía aquella reliquia de celulosa
hasta que la corriente se llevó
por el sumidero
lo poco que quedaba
de aquellos

dos

muchachos.​


Kalkbadan
Madrid, 29 de abril de 2022

La métrica del dolor está en el costado, pones las manos y ahí se hunden. En la carne y el varadero. Besis.
 
LA MÉTRICA DEL DOLOR

Bajé a tomar una cerveza
y cuando llegué a la altura de los contenedores de basura
me encontré con uno de esos regalos
que tengo la suerte de estrenar una vez al año.
Una enorme caja de cartón rebosante de objetos
abandonada junto a las faldas de los contendores.
Y es una suerte porque unos minutos más tarde
otros leones habrían tomado posesión del trofeo.
Estas cajas siempre me supieron a tumba.
Me molesta cuando no se respeta el ajuar funerario
y quedan todas las exequias diseminadas sobre la acera.
Pero ahora era yo el puto león jefe
y debía apresurarme
antes de que llegara la turbamulta de hienas.
Y me puse rápidamente en marcha con el inventario:
Un secador de pelo, unos cuadernos con balances,
unos botines negros, unos pintalabios, mucha bisutería,
un pasaporte (?), un par de acuarelas caseras de talentoso trazo,
cintas en VHS: «El último tango en París»,
«Emmanuelle», «Emmanuelle 2»…
—qué recuerdos de infancia con Emmanuelle—
casetes etiquetados a mano, libros a mansalva,
un recorte de la sección de esquelas de un periódico,
y en el lateral de la caja… un álbum de fotos.
¡¡Un puto álbum de fotos!! ¡No me jodas!,
cómo se puede tirar
a la basura un álbum de fotos.

Y me senté en la acera
con esa joya posada en las palmas de mis manos.
Los peatones me miraban de reojo con la gravedad
escorzada del miedo y aceleraban el paso.
—¡Mira, papá, un loco!, —gritó un niño,
y yo le rugí, porque era el puto león jefe.

Y abrí el códice con la misma delicadeza
con la que aquel humanista italiano desempolvó
el manuscrito de Lucrecio que acaba de encontrar
oculto en el claustro de un monasterio alemán.

En las fotos salía, en casi todas, un hombre
de unos cincuenta años, con los labios
brillantes, rojos y perfilados,
y una peluca rubia rizada de media melena.
Pero no se trataba de un hombre travestido:
era ella y no él. Era ella, pura y sin matices.
No, no estamos hablando
de disfraces…
Llevaba los botines que estaban en el cofre
y una falda larga entallada. Estaba guapa, se sentía guapa,
y estoy seguro de que en ese instante fue feliz.
Las fotos estaban tomadas en un piso modesto
y en muchas de ellas le acompañaba un hombre más joven,
quizá de cuarenta, con un aire a Burt Reynolds.
Él sacaba morros, con esa impostura quejosa,
mientras miraba fijamente a cámara
y ella le sujetaba el rostro con delicadeza
suplicando su atención.
Esto sí que es una foto realmente monumental, pensé,
y no la falacia de aquellos dos jóvenes besándose en París.
Las últimas fotos del álbum eran las de un entierro.

Cerré aquel testamento vital
y no tuve el ánimo de seguir indagando.
Además, ya no estaba solo: las hienas
amagaban con morder mis tobillos
ansiosas por abrir en canal a la presa.
Posé el álbum en el bordillo y me fui a tomar
un cubata como el que sostenía aquella mujer feliz.
Escuchaba a los lejos la risa histérica de las putas hienas.

Y mientras se emborrachaba de rosas el cielo de Madrid
me preguntaba quién podría ser tan despreciable
como para abandonar en la basura un álbum de fotos.
Un álbum de fotos es para mí
una urna que custodia
las cenizas de una vida…
¿Será que aquella mujer falleció
y los vándalos de sus herederos tardaron
lo que yo tardo en acabarme esta copa
en vaciar el piso y colgarlo en el jodido idealista?
¿Será que los nazis de sus hijos descubrieron su secreto
y lapidaron su libertad con el deliberado escarnio público
de arrojar a las hienas de la sociedad sus reliquias más íntimas?
¿Quizá falleció su compañero y decidió en el delirio de su duelo
romper de una vez con todo aquello que le hizo tan feliz?
¿Tendrá algo que ver con el hombre que se tiró de un quinto piso
el verano pasado, ese del que unas viejas en el mercado
escuché rezongar que era un depravado maricón?
A saber…

Los vencejos cosían la herida del ocaso.

Todos terminaremos de algún modo
abandonados junto a un contendor
a la espera de ser incinerados por la historia
para siempre.
Es curiosa la poderosa llama, el carácter eterno
que adquiere la levedad…
La levedad es un agujero negro
que atrapa hasta la última migaja del cosmos.
La levedad es absolutamente todo
en ese punto de fuga hacia la nada.

Los poetas deberían hurgar más en los escombros.
El poeta debería practicar la métrica del dolor
recolectando extrañezas, muertes y flores;
¡que el verso fluya en el nácar
que encostra el dolor fascinante de la cruda
y efímera existencia!

Y los vencejos dejaron de volar.

A la mañana siguiente bajé a comprar el pan
pero antes quise pasar por el yacimiento.
Llovía como nunca.
Amo el perfume del alquitrán perlado
por los torrentes celestes de la primavera.
Ya no quedaban ni los huesos de la presa.
Pero de pronto vi aquel recorte de periódico
con su colección de rostros y cruces temblando
sobre la reja de un imbornal.
Por un momento hice el amago de recoger el papel
pero permanecí inmóvil bajo la lluvia contemplando
como el caudal deshacía aquella reliquia de celulosa
hasta que la corriente se llevó
por el sumidero
lo poco que quedaba
de aquellos

dos

muchachos.​


Kalkbadan
Madrid, 29 de abril de 2022


Querido Andreas, me dejas sin palabras, suscribo cada palabra del magnífico comentario de Luis, y creo como Charlie que te has salido.
No se trata solo de la historia que cuentas, se trata de como lo cuentas, uno no puede parar de leer desde el asombro, con ese gusto que da estar ante un hallazgo poético de altura, con la emoción y la sensibilidad a flor de piel. Qué hermoso este verso:
"los vencejos cosían la herida del ocaso"


"Los poetas deberían hurgar más en los escombros.
El poeta debería practicar la métrica del dolor
recolectando extrañezas, muertes y flores;
¡que el verso fluya en el nácar
que encostra el dolor fascinante de la cruda"
y efímera existencia!

De eso está hecho tu poema, de hurgar entre los escombros de una vida y conmoverse, y dejarte invadir, tú lo has conseguido, Andreas, con este magistral poema que generosamente nos compartes.

"¡¡Un puto álbum de fotos!! ¡No me jodas!,
cómo se puede tirar
a la basura un álbum de fotos."

"Un álbum de fotos es para mí
una urna que custodia
las cenizas de una vida…"


Recibe un fuerte abrazo con admiración y cariño.
Isabel
 
Última edición:
LA MÉTRICA DEL DOLOR

Bajé a tomar una cerveza
y cuando llegué a la altura de los contenedores de basura
me encontré con uno de esos regalos
que tengo la suerte de estrenar una vez al año.
Una enorme caja de cartón rebosante de objetos
abandonada junto a las faldas de los contendores.
Y es una suerte porque unos minutos más tarde
otros leones habrían tomado posesión del trofeo.
Estas cajas siempre me supieron a tumba.
Me molesta cuando no se respeta el ajuar funerario
y quedan todas las exequias diseminadas sobre la acera.
Pero ahora era yo el puto león jefe
y debía apresurarme
antes de que llegara la turbamulta de hienas.
Y me puse rápidamente en marcha con el inventario:
Un secador de pelo, unos cuadernos con balances,
unos botines negros, unos pintalabios, mucha bisutería,
un pasaporte (?), un par de acuarelas caseras de talentoso trazo,
cintas en VHS: «El último tango en París»,
«Emmanuelle», «Emmanuelle 2»…
—qué recuerdos de infancia con Emmanuelle—
casetes etiquetados a mano, libros a mansalva,
un recorte de la sección de esquelas de un periódico,
y en el lateral de la caja… un álbum de fotos.
¡¡Un puto álbum de fotos!! ¡No me jodas!,
cómo se puede tirar
a la basura un álbum de fotos.

Y me senté en la acera
con esa joya posada en las palmas de mis manos.
Los peatones me miraban de reojo con la gravedad
escorzada del miedo y aceleraban el paso.
—¡Mira, papá, un loco!, —gritó un niño,
y yo le rugí, porque era el puto león jefe.

Y abrí el códice con la misma delicadeza
con la que aquel humanista italiano desempolvó
el manuscrito de Lucrecio que acaba de encontrar
oculto en el claustro de un monasterio alemán.

En las fotos salía, en casi todas, un hombre
de unos cincuenta años, con los labios
brillantes, rojos y perfilados,
y una peluca rubia rizada de media melena.
Pero no se trataba de un hombre travestido:
era ella y no él. Era ella, pura y sin matices.
No, no estamos hablando
de disfraces…
Llevaba los botines que estaban en el cofre
y una falda larga entallada. Estaba guapa, se sentía guapa,
y estoy seguro de que en ese instante fue feliz.
Las fotos estaban tomadas en un piso modesto
y en muchas de ellas le acompañaba un hombre más joven,
quizá de cuarenta, con un aire a Burt Reynolds.
Él sacaba morros, con esa impostura quejosa,
mientras miraba fijamente a cámara
y ella le sujetaba el rostro con delicadeza
suplicando su atención.
Esto sí que es una foto realmente monumental, pensé,
y no la falacia de aquellos dos jóvenes besándose en París.
Las últimas fotos del álbum eran las de un entierro.

Cerré aquel testamento vital
y no tuve el ánimo de seguir indagando.
Además, ya no estaba solo: las hienas
amagaban con morder mis tobillos
ansiosas por abrir en canal a la presa.
Posé el álbum en el bordillo y me fui a tomar
un cubata como el que sostenía aquella mujer feliz.
Escuchaba a los lejos la risa histérica de las putas hienas.

Y mientras se emborrachaba de rosas el cielo de Madrid
me preguntaba quién podría ser tan despreciable
como para abandonar en la basura un álbum de fotos.
Un álbum de fotos es para mí
una urna que custodia
las cenizas de una vida…
¿Será que aquella mujer falleció
y los vándalos de sus herederos tardaron
lo que yo tardo en acabarme esta copa
en vaciar el piso y colgarlo en el jodido idealista?
¿Será que los nazis de sus hijos descubrieron su secreto
y lapidaron su libertad con el deliberado escarnio público
de arrojar a las hienas de la sociedad sus reliquias más íntimas?
¿Quizá falleció su compañero y decidió en el delirio de su duelo
romper de una vez con todo aquello que le hizo tan feliz?
¿Tendrá algo que ver con el hombre que se tiró de un quinto piso
el verano pasado, ese del que unas viejas en el mercado
escuché rezongar que era un depravado maricón?
A saber…

Los vencejos cosían la herida del ocaso.

Todos terminaremos de algún modo
abandonados junto a un contendor
a la espera de ser incinerados por la historia
para siempre.
Es curiosa la poderosa llama, el carácter eterno
que adquiere la levedad…
La levedad es un agujero negro
que atrapa hasta la última migaja del cosmos.
La levedad es absolutamente todo
en ese punto de fuga hacia la nada.

Los poetas deberían hurgar más en los escombros.
El poeta debería practicar la métrica del dolor
recolectando extrañezas, muertes y flores;
¡que el verso fluya en el nácar
que encostra el dolor fascinante de la cruda
y efímera existencia!

Y los vencejos dejaron de volar.

A la mañana siguiente bajé a comprar el pan
pero antes quise pasar por el yacimiento.
Llovía como nunca.
Amo el perfume del alquitrán perlado
por los torrentes celestes de la primavera.
Ya no quedaban ni los huesos de la presa.
Pero de pronto vi aquel recorte de periódico
con su colección de rostros y cruces temblando
sobre la reja de un imbornal.
Por un momento hice el amago de recoger el papel
pero permanecí inmóvil bajo la lluvia contemplando
como el caudal deshacía aquella reliquia de celulosa
hasta que la corriente se llevó
por el sumidero
lo poco que quedaba
de aquellos

dos

muchachos.​


Kalkbadan
Madrid, 29 de abril de 2022

Conservamos "las cenizas de una vida" porque lo verdaderamente significativo se va convirtiendo en un lastre que aumenta en volumen hasta hundirnos por completo.
Un abrazo, kalkbadan.
 
Querido Andreas, me dejas sin palabras, suscribo cada palabra del magnífico comentario de Luis, y creo como Charlie que te has salido.
No se trata solo de la historia que cuentas, se trata de como lo cuentas, uno no puede parar de leer desde el asombro, con ese gusto que da estar ante un hallazgo poético de altura, con la emoción y la sensibilidad a flor de piel. Qué hermoso este verso:
"los vencejos cosían la herida del ocaso"


"Los poetas deberían hurgar más en los escombros.
El poeta debería practicar la métrica del dolor
recolectando extrañezas, muertes y flores;
¡que el verso fluya en el nácar
que encostra el dolor fascinante de la cruda"
y efímera existencia!

De eso está hecho tu poema, de hurgar entre los escombros de una vida y conmoverse, y dejarte invadir, tú lo has conseguido, Andreas, con este magistral poema que generosamente nos compartes.

"¡¡Un puto álbum de fotos!! ¡No me jodas!,
cómo se puede tirar
a la basura un álbum de fotos."

"Un álbum de fotos es para mí
una urna que custodia
las cenizas de una vida…"


Recibe un fuerte abrazo con admiración y cariño.
Isabel

¡Querida Isabel! Me alegra tanto saber que te gustó este ramo de versos, compa. Ya sabes que en poemas largos uno puede caer en la perorata y lo cansino con mucha facilidad. Por eso tu opinión me estimula a seguir investigando este tipo de escritura más torrencial.
Gracias por dedicarme tu lectura y tus palabras. Un regalo, amiga.
Un abrazo enorme.
 
Conservamos "las cenizas de una vida" porque lo verdaderamente significativo se va convirtiendo en un lastre que aumenta en volumen hasta hundirnos por completo.
Un abrazo, kalkbadan.
Interesante, como siempre, tu comentario, amigo Sergio.
Espero asumir mi propio hundimiento con la mayor naturalidad posible. Para mí "las cenizas de una vida" tienen algo de sagrado; fotogramas de nuestras líneas de universo, ni más ni menos... Muchas gracias por dejar tu huella.
¡Un abrazo, compañero!
 
LA MÉTRICA DEL DOLOR

Bajé a tomar una cerveza
y cuando llegué a la altura de los contenedores de basura
me encontré con uno de esos regalos
que tengo la suerte de estrenar una vez al año.
Una enorme caja de cartón rebosante de objetos
abandonada junto a las faldas de los contendores.
Y es una suerte porque unos minutos más tarde
otros leones habrían tomado posesión del trofeo.
Estas cajas siempre me supieron a tumba.
Me molesta cuando no se respeta el ajuar funerario
y quedan todas las exequias diseminadas sobre la acera.
Pero ahora era yo el puto león jefe
y debía apresurarme
antes de que llegara la turbamulta de hienas.
Y me puse rápidamente en marcha con el inventario:
Un secador de pelo, unos cuadernos con balances,
unos botines negros, unos pintalabios, mucha bisutería,
un pasaporte (?), un par de acuarelas caseras de talentoso trazo,
cintas en VHS: «El último tango en París»,
«Emmanuelle», «Emmanuelle 2»…
—qué recuerdos de infancia con Emmanuelle—
casetes etiquetados a mano, libros a mansalva,
un recorte de la sección de esquelas de un periódico,
y en el lateral de la caja… un álbum de fotos.
¡¡Un puto álbum de fotos!! ¡No me jodas!,
cómo se puede tirar
a la basura un álbum de fotos.

Y me senté en la acera
con esa joya posada en las palmas de mis manos.
Los peatones me miraban de reojo con la gravedad
escorzada del miedo y aceleraban el paso.
—¡Mira, papá, un loco!, —gritó un niño,
y yo le rugí, porque era el puto león jefe.

Y abrí el códice con la misma delicadeza
con la que aquel humanista italiano desempolvó
el manuscrito de Lucrecio que acaba de encontrar
oculto en el claustro de un monasterio alemán.

En las fotos salía, en casi todas, un hombre
de unos cincuenta años, con los labios
brillantes, rojos y perfilados,
y una peluca rubia rizada de media melena.
Pero no se trataba de un hombre travestido:
era ella y no él. Era ella, pura y sin matices.
No, no estamos hablando
de disfraces…
Llevaba los botines que estaban en el cofre
y una falda larga entallada. Estaba guapa, se sentía guapa,
y estoy seguro de que en ese instante fue feliz.
Las fotos estaban tomadas en un piso modesto
y en muchas de ellas le acompañaba un hombre más joven,
quizá de cuarenta, con un aire a Burt Reynolds.
Él sacaba morros, con esa impostura quejosa,
mientras miraba fijamente a cámara
y ella le sujetaba el rostro con delicadeza
suplicando su atención.
Esto sí que es una foto realmente monumental, pensé,
y no la falacia de aquellos dos jóvenes besándose en París.
Las últimas fotos del álbum eran las de un entierro.

Cerré aquel testamento vital
y no tuve el ánimo de seguir indagando.
Además, ya no estaba solo: las hienas
amagaban con morder mis tobillos
ansiosas por abrir en canal a la presa.
Posé el álbum en el bordillo y me fui a tomar
un cubata como el que sostenía aquella mujer feliz.
Escuchaba a los lejos la risa histérica de las putas hienas.

Y mientras se emborrachaba de rosas el cielo de Madrid
me preguntaba quién podría ser tan despreciable
como para abandonar en la basura un álbum de fotos.
Un álbum de fotos es para mí
una urna que custodia
las cenizas de una vida…
¿Será que aquella mujer falleció
y los vándalos de sus herederos tardaron
lo que yo tardo en acabarme esta copa
en vaciar el piso y colgarlo en el jodido idealista?
¿Será que los nazis de sus hijos descubrieron su secreto
y lapidaron su libertad con el deliberado escarnio público
de arrojar a las hienas de la sociedad sus reliquias más íntimas?
¿Quizá falleció su compañero y decidió en el delirio de su duelo
romper de una vez con todo aquello que le hizo tan feliz?
¿Tendrá algo que ver con el hombre que se tiró de un quinto piso
el verano pasado, ese del que unas viejas en el mercado
escuché rezongar que era un depravado maricón?
A saber…

Los vencejos cosían la herida del ocaso.

Todos terminaremos de algún modo
abandonados junto a un contendor
a la espera de ser incinerados por la historia
para siempre.
Es curiosa la poderosa llama, el carácter eterno
que adquiere la levedad…
La levedad es un agujero negro
que atrapa hasta la última migaja del cosmos.
La levedad es absolutamente todo
en ese punto de fuga hacia la nada.

Los poetas deberían hurgar más en los escombros.
El poeta debería practicar la métrica del dolor
recolectando extrañezas, muertes y flores;
¡que el verso fluya en el nácar
que encostra el dolor fascinante de la cruda
y efímera existencia!

Y los vencejos dejaron de volar.

A la mañana siguiente bajé a comprar el pan
pero antes quise pasar por el yacimiento.
Llovía como nunca.
Amo el perfume del alquitrán perlado
por los torrentes celestes de la primavera.
Ya no quedaban ni los huesos de la presa.
Pero de pronto vi aquel recorte de periódico
con su colección de rostros y cruces temblando
sobre la reja de un imbornal.
Por un momento hice el amago de recoger el papel
pero permanecí inmóvil bajo la lluvia contemplando
como el caudal deshacía aquella reliquia de celulosa
hasta que la corriente se llevó
por el sumidero
lo poco que quedaba
de aquellos

dos

muchachos.​


Kalkbadan
Madrid, 29 de abril de 2022
Excelente poema. Un abrazo.
 
LA MÉTRICA DEL DOLOR

Bajé a tomar una cerveza
y cuando llegué a la altura de los contenedores de basura
me encontré con uno de esos regalos
que tengo la suerte de estrenar una vez al año.
Una enorme caja de cartón rebosante de objetos
abandonada junto a las faldas de los contendores.
Y es una suerte porque unos minutos más tarde
otros leones habrían tomado posesión del trofeo.
Estas cajas siempre me supieron a tumba.
Me molesta cuando no se respeta el ajuar funerario
y quedan todas las exequias diseminadas sobre la acera.
Pero ahora era yo el puto león jefe
y debía apresurarme
antes de que llegara la turbamulta de hienas.
Y me puse rápidamente en marcha con el inventario:
Un secador de pelo, unos cuadernos con balances,
unos botines negros, unos pintalabios, mucha bisutería,
un pasaporte (?), un par de acuarelas caseras de talentoso trazo,
cintas en VHS: «El último tango en París»,
«Emmanuelle», «Emmanuelle 2»…
—qué recuerdos de infancia con Emmanuelle—
casetes etiquetados a mano, libros a mansalva,
un recorte de la sección de esquelas de un periódico,
y en el lateral de la caja… un álbum de fotos.
¡¡Un puto álbum de fotos!! ¡No me jodas!,
cómo se puede tirar
a la basura un álbum de fotos.

Y me senté en la acera
con esa joya posada en las palmas de mis manos.
Los peatones me miraban de reojo con la gravedad
escorzada del miedo y aceleraban el paso.
—¡Mira, papá, un loco!, —gritó un niño,
y yo le rugí, porque era el puto león jefe.

Y abrí el códice con la misma delicadeza
con la que aquel humanista italiano desempolvó
el manuscrito de Lucrecio que acaba de encontrar
oculto en el claustro de un monasterio alemán.

En las fotos salía, en casi todas, un hombre
de unos cincuenta años, con los labios
brillantes, rojos y perfilados,
y una peluca rubia rizada de media melena.
Pero no se trataba de un hombre travestido:
era ella y no él. Era ella, pura y sin matices.
No, no estamos hablando
de disfraces…
Llevaba los botines que estaban en el cofre
y una falda larga entallada. Estaba guapa, se sentía guapa,
y estoy seguro de que en ese instante fue feliz.
Las fotos estaban tomadas en un piso modesto
y en muchas de ellas le acompañaba un hombre más joven,
quizá de cuarenta, con un aire a Burt Reynolds.
Él sacaba morros, con esa impostura quejosa,
mientras miraba fijamente a cámara
y ella le sujetaba el rostro con delicadeza
suplicando su atención.
Esto sí que es una foto realmente monumental, pensé,
y no la falacia de aquellos dos jóvenes besándose en París.
Las últimas fotos del álbum eran las de un entierro.

Cerré aquel testamento vital
y no tuve el ánimo de seguir indagando.
Además, ya no estaba solo: las hienas
amagaban con morder mis tobillos
ansiosas por abrir en canal a la presa.
Posé el álbum en el bordillo y me fui a tomar
un cubata como el que sostenía aquella mujer feliz.
Escuchaba a los lejos la risa histérica de las putas hienas.

Y mientras se emborrachaba de rosas el cielo de Madrid
me preguntaba quién podría ser tan despreciable
como para abandonar en la basura un álbum de fotos.
Un álbum de fotos es para mí
una urna que custodia
las cenizas de una vida…
¿Será que aquella mujer falleció
y los vándalos de sus herederos tardaron
lo que yo tardo en acabarme esta copa
en vaciar el piso y colgarlo en el jodido idealista?
¿Será que los nazis de sus hijos descubrieron su secreto
y lapidaron su libertad con el deliberado escarnio público
de arrojar a las hienas de la sociedad sus reliquias más íntimas?
¿Quizá falleció su compañero y decidió en el delirio de su duelo
romper de una vez con todo aquello que le hizo tan feliz?
¿Tendrá algo que ver con el hombre que se tiró de un quinto piso
el verano pasado, ese del que unas viejas en el mercado
escuché rezongar que era un depravado maricón?
A saber…

Los vencejos cosían la herida del ocaso.

Todos terminaremos de algún modo
abandonados junto a un contendor
a la espera de ser incinerados por la historia
para siempre.
Es curiosa la poderosa llama, el carácter eterno
que adquiere la levedad…
La levedad es un agujero negro
que atrapa hasta la última migaja del cosmos.
La levedad es absolutamente todo
en ese punto de fuga hacia la nada.

Los poetas deberían hurgar más en los escombros.
El poeta debería practicar la métrica del dolor
recolectando extrañezas, muertes y flores;
¡que el verso fluya en el nácar
que encostra el dolor fascinante de la cruda
y efímera existencia!

Y los vencejos dejaron de volar.

A la mañana siguiente bajé a comprar el pan
pero antes quise pasar por el yacimiento.
Llovía como nunca.
Amo el perfume del alquitrán perlado
por los torrentes celestes de la primavera.
Ya no quedaban ni los huesos de la presa.
Pero de pronto vi aquel recorte de periódico
con su colección de rostros y cruces temblando
sobre la reja de un imbornal.
Por un momento hice el amago de recoger el papel
pero permanecí inmóvil bajo la lluvia contemplando
como el caudal deshacía aquella reliquia de celulosa
hasta que la corriente se llevó
por el sumidero
lo poco que quedaba
de aquellos

dos

muchachos.​


Kalkbadan
Madrid, 29 de abril de 2022
La lectura de este poema es todo un lujo, Andreas, me parece genial.... y solamente quiero darte las gracias por compartirlo.
Un fuerte abrazo.
Javier
 

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