kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
LA MÉTRICA DEL DOLOR
Bajé a tomar una cerveza
y cuando llegué a la altura de los contenedores de basura
me encontré con uno de esos regalos
que tengo la suerte de estrenar una vez al año.
Una enorme caja de cartón rebosante de objetos
abandonada junto a las faldas de los contendores.
Y es una suerte porque unos minutos más tarde
otros leones habrían tomado posesión del trofeo.
Estas cajas siempre me supieron a tumba.
Me molesta cuando no se respeta el ajuar funerario
y quedan todas las exequias diseminadas sobre la acera.
Pero ahora era yo el puto león jefe
y debía apresurarme
antes de que llegara la turbamulta de hienas.
Y me puse rápidamente en marcha con el inventario:
Un secador de pelo, unos cuadernos con balances,
unos botines negros, unos pintalabios, mucha bisutería,
un pasaporte (?), un par de acuarelas caseras de talentoso trazo,
cintas en VHS: «El último tango en París»,
«Emmanuelle», «Emmanuelle 2»…
—qué recuerdos de infancia con Emmanuelle—
casetes etiquetados a mano, libros a mansalva,
un recorte de la sección de esquelas de un periódico,
y en el lateral de la caja… un álbum de fotos.
¡¡Un puto álbum de fotos!! ¡No me jodas!,
cómo se puede tirar
a la basura un álbum de fotos.
Y me senté en la acera
con esa joya posada en las palmas de mis manos.
Los peatones me miraban de reojo con la gravedad
escorzada del miedo y aceleraban el paso.
—¡Mira, papá, un loco!, —gritó un niño,
y yo le rugí, porque era el puto león jefe.
Y abrí el códice con la misma delicadeza
con la que aquel humanista italiano desempolvó
el manuscrito de Lucrecio que acababa de encontrar
oculto en el claustro de un monasterio alemán.
En las fotos aparecía, en casi todas, un hombre
de unos cincuenta años, con los labios
brillantes, rojos y perfilados,
y una peluca rubia rizada de media melena.
Pero no se trataba de un hombre travestido:
era ella y no él. Era ella, pura y sin matices.
No, no estamos hablando
de disfraces…
Llevaba los botines que estaban en el cofre
y una falda larga entallada. Estaba guapa, se sentía guapa,
y estoy seguro de que en ese instante fue feliz.
Las fotos estaban tomadas en un piso modesto
y en muchas de ellas le acompañaba un hombre más joven,
quizá de cuarenta, con un aire a Burt Reynolds.
Él sacaba morros, con esa impostura quejosa,
mientras miraba fijamente a cámara
y ella le sujetaba el rostro con ternura
suplicando su atención.
Esto sí que es una foto realmente monumental, pensé,
y no la falacia de aquellos dos jóvenes besándose en París.
Las últimas fotos del álbum eran las de un entierro.
Cerré aquel testamento vital
y no tuve el ánimo de seguir indagando.
Además, ya no estaba solo: las hienas
amagaban con morder mis tobillos
ansiosas por abrir en canal a la presa.
Posé el álbum en el bordillo y me fui a tomar
un cubata como el que sostenía aquella mujer feliz.
Escuchaba a los lejos la risa histérica de las putas hienas.
Y mientras se emborrachaba de rosas el cielo de Madrid
me preguntaba quién podría ser tan despreciable
como para abandonar en la basura un álbum de fotos.
Un álbum de fotos es para mí
una urna que custodia
las cenizas de una vida…
¿Será que aquella mujer falleció
y los vándalos de sus herederos tardaron
lo que yo tardo en acabarme esta copa
en vaciar el piso y colgarlo en el jodido idealista?
¿Será que los nazis de sus hijos descubrieron su secreto
y lapidaron su libertad con el deliberado escarnio público
de arrojar a las hienas de la sociedad sus reliquias más íntimas?
¿Quizá falleció su compañero y decidió en el delirio de su duelo
romper de una vez con todo aquello que le hizo tan feliz?
¿Tendrá algo que ver con el hombre que se tiró de un quinto piso
el verano pasado, ese del que unas viejas en el mercado
escuché rezongar que era un depravado maricón?
A saber…
Los vencejos cosían la herida del ocaso.
Todos terminaremos de algún modo
abandonados junto a un contendor
a la espera de ser incinerados por la historia
para siempre.
Es curiosa la poderosa llama, el carácter eterno
que adquiere la levedad…
La levedad es un agujero negro
que atrapa hasta la última migaja del cosmos.
La levedad es absolutamente todo
en ese punto de fuga hacia la nada.
Los poetas deberían hurgar más en los escombros.
El poeta debería practicar la métrica del dolor
recolectando extrañezas, muertes y flores;
¡que el verso fluya en el nácar
que encostra el dolor fascinante de la cruda
y efímera existencia!
Y los vencejos dejaron de volar.
A la mañana siguiente bajé a comprar el pan
pero antes quise pasar por el yacimiento.
Llovía como nunca.
Amo el perfume del alquitrán perlado
por los torrentes celestes de la primavera.
Ya no quedaban ni los huesos de la presa.
Pero de pronto vi aquel recorte de periódico
con su colección de rostros y cruces temblando
sobre la reja de un imbornal.
Por un momento hice el amago de recoger el papel
pero permanecí inmóvil bajo la lluvia contemplando
como el caudal deshacía aquella reliquia de celulosa
hasta que la corriente se llevó
por el sumidero
lo poco que quedaba
Kalkbadan
Madrid, 29 de abril de 2022
(…) poesía es vivir en la carne, adentrándose en ella,
sabiendo de su angustia y de su muerte.
(María Zambrano)
sabiendo de su angustia y de su muerte.
(María Zambrano)
Bajé a tomar una cerveza
y cuando llegué a la altura de los contenedores de basura
me encontré con uno de esos regalos
que tengo la suerte de estrenar una vez al año.
Una enorme caja de cartón rebosante de objetos
abandonada junto a las faldas de los contendores.
Y es una suerte porque unos minutos más tarde
otros leones habrían tomado posesión del trofeo.
Estas cajas siempre me supieron a tumba.
Me molesta cuando no se respeta el ajuar funerario
y quedan todas las exequias diseminadas sobre la acera.
Pero ahora era yo el puto león jefe
y debía apresurarme
antes de que llegara la turbamulta de hienas.
Y me puse rápidamente en marcha con el inventario:
Un secador de pelo, unos cuadernos con balances,
unos botines negros, unos pintalabios, mucha bisutería,
un pasaporte (?), un par de acuarelas caseras de talentoso trazo,
cintas en VHS: «El último tango en París»,
«Emmanuelle», «Emmanuelle 2»…
—qué recuerdos de infancia con Emmanuelle—
casetes etiquetados a mano, libros a mansalva,
un recorte de la sección de esquelas de un periódico,
y en el lateral de la caja… un álbum de fotos.
¡¡Un puto álbum de fotos!! ¡No me jodas!,
cómo se puede tirar
a la basura un álbum de fotos.
Y me senté en la acera
con esa joya posada en las palmas de mis manos.
Los peatones me miraban de reojo con la gravedad
escorzada del miedo y aceleraban el paso.
—¡Mira, papá, un loco!, —gritó un niño,
y yo le rugí, porque era el puto león jefe.
Y abrí el códice con la misma delicadeza
con la que aquel humanista italiano desempolvó
el manuscrito de Lucrecio que acababa de encontrar
oculto en el claustro de un monasterio alemán.
En las fotos aparecía, en casi todas, un hombre
de unos cincuenta años, con los labios
brillantes, rojos y perfilados,
y una peluca rubia rizada de media melena.
Pero no se trataba de un hombre travestido:
era ella y no él. Era ella, pura y sin matices.
No, no estamos hablando
de disfraces…
Llevaba los botines que estaban en el cofre
y una falda larga entallada. Estaba guapa, se sentía guapa,
y estoy seguro de que en ese instante fue feliz.
Las fotos estaban tomadas en un piso modesto
y en muchas de ellas le acompañaba un hombre más joven,
quizá de cuarenta, con un aire a Burt Reynolds.
Él sacaba morros, con esa impostura quejosa,
mientras miraba fijamente a cámara
y ella le sujetaba el rostro con ternura
suplicando su atención.
Esto sí que es una foto realmente monumental, pensé,
y no la falacia de aquellos dos jóvenes besándose en París.
Las últimas fotos del álbum eran las de un entierro.
Cerré aquel testamento vital
y no tuve el ánimo de seguir indagando.
Además, ya no estaba solo: las hienas
amagaban con morder mis tobillos
ansiosas por abrir en canal a la presa.
Posé el álbum en el bordillo y me fui a tomar
un cubata como el que sostenía aquella mujer feliz.
Escuchaba a los lejos la risa histérica de las putas hienas.
Y mientras se emborrachaba de rosas el cielo de Madrid
me preguntaba quién podría ser tan despreciable
como para abandonar en la basura un álbum de fotos.
Un álbum de fotos es para mí
una urna que custodia
las cenizas de una vida…
¿Será que aquella mujer falleció
y los vándalos de sus herederos tardaron
lo que yo tardo en acabarme esta copa
en vaciar el piso y colgarlo en el jodido idealista?
¿Será que los nazis de sus hijos descubrieron su secreto
y lapidaron su libertad con el deliberado escarnio público
de arrojar a las hienas de la sociedad sus reliquias más íntimas?
¿Quizá falleció su compañero y decidió en el delirio de su duelo
romper de una vez con todo aquello que le hizo tan feliz?
¿Tendrá algo que ver con el hombre que se tiró de un quinto piso
el verano pasado, ese del que unas viejas en el mercado
escuché rezongar que era un depravado maricón?
A saber…
Los vencejos cosían la herida del ocaso.
Todos terminaremos de algún modo
abandonados junto a un contendor
a la espera de ser incinerados por la historia
para siempre.
Es curiosa la poderosa llama, el carácter eterno
que adquiere la levedad…
La levedad es un agujero negro
que atrapa hasta la última migaja del cosmos.
La levedad es absolutamente todo
en ese punto de fuga hacia la nada.
Los poetas deberían hurgar más en los escombros.
El poeta debería practicar la métrica del dolor
recolectando extrañezas, muertes y flores;
¡que el verso fluya en el nácar
que encostra el dolor fascinante de la cruda
y efímera existencia!
Y los vencejos dejaron de volar.
A la mañana siguiente bajé a comprar el pan
pero antes quise pasar por el yacimiento.
Llovía como nunca.
Amo el perfume del alquitrán perlado
por los torrentes celestes de la primavera.
Ya no quedaban ni los huesos de la presa.
Pero de pronto vi aquel recorte de periódico
con su colección de rostros y cruces temblando
sobre la reja de un imbornal.
Por un momento hice el amago de recoger el papel
pero permanecí inmóvil bajo la lluvia contemplando
como el caudal deshacía aquella reliquia de celulosa
hasta que la corriente se llevó
por el sumidero
lo poco que quedaba
de aquellos
dos
muchachos.
Kalkbadan
Madrid, 29 de abril de 2022
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