No sólo compartimos los apellidos,
también, el deseo de haber sido
de nuestros padres los preferidos
y de cada juego, el líder indiscutido.
Jugando juntos, pasábamos el rato,
otras veces como perros y gatos.
A veces riendo cual más expertos,
otras veces llorando como novatos.
Atrapando mariposas con una malla.
Correteando animales en Los Cardos.
Mil aventuras de veranos en la playa.
El motor del auto regado en kilómetros.
Inviernos de lluvia encerrados en casa.
Huyendo de fantasmas con una vela.
Mimbre entre ropa húmeda y brasero
por malos servicios y toques de queda.
Surcando los aires de mis primeros años,
el aroma a pan amasado saliendo a las doce.
Verduras variadas en colores y tamaños.
Tanta carne y ningún sacrificio a los dioses.
Un queso como cubierta de velador.
Tanto cajón de fruta y no ver quién la saca.
¿Cómo fue posible albergar en un refrigerador
tal cantidad de leche y ni una sola vaca?
Entre balones, colores y equipos de futbol.
Entre monturas mexicanas, inglesas y chilenas.
Muchos mundos entre cuatro paredes,
transformadas en particular escuela.
Reunidos en torno a una enorme mesa.
Aprendiendo del mismo programa en la tele
¿Cómo tomamos caminos tan distintos
y al parecer hasta hoy eso aún nos duele?
Entre el amor y la obediencia optamos.
Una mano para acariciar y otra para trabajar.
Entre la culpa y la inocencia transitamos
de no querer o no saber cómo cambiar.
Entre realidad y ficción sin notarlo crecimos.
Entre consignas adoptando distintos lemas.
Los años nos fueron asignando en cuotas,
el pago de nuestros propios problemas.
Nuestra conciencia sabiamente deforma
cada singular e irrepetible obra de arte.
Con el tiempo se transforma en norma;
alegría y enojo existe en todas partes.
Tenemos miedo a sincerarnos
y mirar de frente a la verdad.
Y descubrir que para superarnos
no nos faltó tiempo sino voluntad.
Qué difícil es congeniar amor de familia y de pareja.
No todos se atreven a lidiar con otra mente tan compleja.
Dos lo consiguieron; otro dos no se han casado;
tres se separaron; uno está en veremos.
Este orden aún puede alterarse.
De cada uno está en manos.
Porque no termina de escribirse,
la leyenda de ocho hermanos.
Ocho mundos en dieciséis manos.
Similares, opuestos, todos ejemplos;
de que ninguno vive en vano
y que cada uno es un templo.
Remembranzas que no se dañan
conservadas en esas fotografías,.
Ahora hay letras que acompañan
el fiel testimonio de esos días.