La Sexorcisto
Lluna V. L.
Miles de personas saben que cuando llega el frío ártico
las preguntas y las verdades son un nuevo juego
para conocer con qué milésima concilia el alba.
Se espera que se escriba sobre lo escrito.
A través del monolito entra la luz
para indicar la dirección hacia Yandalys;
tan puta, tan princesa, tan lejana y cercana,
como una mano en el agujero.
Ahí están las ruinas para beber.
Si sabes la elegía, debes cantar rápido
en los sueños a las sombras azuladas,
así las calles devolverán lo dado en cada esquina y cantón.
Dioses de madera que son cojera astillada
y herejes entonando baladas de rock a sus murallas.
Besos que quedan en la moldura
como huellas de que tras todo hay algo más que un cráneo,
el asiento trasero del coche se abate
para que te tumbes encima de mí,
en ese instante hay cosas por saber que no se van a conocer
por eso te rodeo con los brazos.
Cuando llega la sinfonía de la destrucción con el orgasmo
cerramos los ojos y contraemos los músculos.
Alguien intenta parar el mundo cruel y despiadado,
huesos contra hierro blindado en una plaza donde no dejan soñar,
la urbe sin hacer en un páramo que no quiere se construido;
las leyendas infinitas que dicen que fue destruida por una enorme ola
o que los ciudadanos se murieron de hambre
y la arena reclamó los dominios de los escorpiones, tritones y cornejas.
Todo acaba porque tiene que empezar.
En una mañana rosácea los arqueólogos vuelven a descubrir
la ciudadela perdida con jeroglíficos olvidados,
maleza que se resiste a dejar ver lo que se tiene que ver,
el tiempo va despedazando lentamente esqueletos que quieren volver atrás,
y el pasado quiere regresar pero las galas de oro son mortajas,
chamanes que fracasaron mirando demasiado el cielo de nocturno.
Pocos milagros, muchos golpes.
Una bóveda ritual o tal vez una casa de prostitución,
corazón diamantino o quizás blando como argamasa,
a las malvas les gusta crecer rápido para dejar en el substrato el pasado
que se devuelve al suelo como tierra fértil y abonada,
escucha al viento silbar entre las piedras pulidas
ponte una cabeza, dos orejas, algo.
Es un destino tras un destino.
El moho aguarda con paciencia historias de amnesia sobre un lugar mítico
y cuentos acerca de un sitio donde las drogas son gratis,
un punto en el horizonte al que llegar,
edificios altos que sobreviven a la crecida del agua
ciénagas que alargan orillas silenciosas
los pájaros no cantan a los espejos que brillan,
cuentos perdidos en la arquitectura.
Niños que caminan y no saben donde están
cronistas con aliento de dragón citando en las redes sociales
los motivos de porqué no existió tal maravillosa ciudad;
utopías vacacionales al centro de la nada,
mierda para armar revoluciones.
Basural de líneas imaginarias sin sentido.
Entona el discurso desde cualquier montón de escombros,
no hay que odiar si ya estaba todo construido pero no te lo dejaban ver,
debes aprender que es de nuevo el barro y la arcilla.
Misteriosa, real
la legendaria, el parque de atracciones.
Yandalys.
las preguntas y las verdades son un nuevo juego
para conocer con qué milésima concilia el alba.
Se espera que se escriba sobre lo escrito.
A través del monolito entra la luz
para indicar la dirección hacia Yandalys;
tan puta, tan princesa, tan lejana y cercana,
como una mano en el agujero.
Ahí están las ruinas para beber.
Si sabes la elegía, debes cantar rápido
en los sueños a las sombras azuladas,
así las calles devolverán lo dado en cada esquina y cantón.
Dioses de madera que son cojera astillada
y herejes entonando baladas de rock a sus murallas.
Besos que quedan en la moldura
como huellas de que tras todo hay algo más que un cráneo,
el asiento trasero del coche se abate
para que te tumbes encima de mí,
en ese instante hay cosas por saber que no se van a conocer
por eso te rodeo con los brazos.
Cuando llega la sinfonía de la destrucción con el orgasmo
cerramos los ojos y contraemos los músculos.
Alguien intenta parar el mundo cruel y despiadado,
huesos contra hierro blindado en una plaza donde no dejan soñar,
la urbe sin hacer en un páramo que no quiere se construido;
las leyendas infinitas que dicen que fue destruida por una enorme ola
o que los ciudadanos se murieron de hambre
y la arena reclamó los dominios de los escorpiones, tritones y cornejas.
Todo acaba porque tiene que empezar.
En una mañana rosácea los arqueólogos vuelven a descubrir
la ciudadela perdida con jeroglíficos olvidados,
maleza que se resiste a dejar ver lo que se tiene que ver,
el tiempo va despedazando lentamente esqueletos que quieren volver atrás,
y el pasado quiere regresar pero las galas de oro son mortajas,
chamanes que fracasaron mirando demasiado el cielo de nocturno.
Pocos milagros, muchos golpes.
Una bóveda ritual o tal vez una casa de prostitución,
corazón diamantino o quizás blando como argamasa,
a las malvas les gusta crecer rápido para dejar en el substrato el pasado
que se devuelve al suelo como tierra fértil y abonada,
escucha al viento silbar entre las piedras pulidas
ponte una cabeza, dos orejas, algo.
Es un destino tras un destino.
El moho aguarda con paciencia historias de amnesia sobre un lugar mítico
y cuentos acerca de un sitio donde las drogas son gratis,
un punto en el horizonte al que llegar,
edificios altos que sobreviven a la crecida del agua
ciénagas que alargan orillas silenciosas
los pájaros no cantan a los espejos que brillan,
cuentos perdidos en la arquitectura.
Niños que caminan y no saben donde están
cronistas con aliento de dragón citando en las redes sociales
los motivos de porqué no existió tal maravillosa ciudad;
utopías vacacionales al centro de la nada,
mierda para armar revoluciones.
Basural de líneas imaginarias sin sentido.
Entona el discurso desde cualquier montón de escombros,
no hay que odiar si ya estaba todo construido pero no te lo dejaban ver,
debes aprender que es de nuevo el barro y la arcilla.
Misteriosa, real
la legendaria, el parque de atracciones.
Yandalys.
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