Te las arreglaste para enseñarme a vivir
transmitiéndome tu gusto por lo simple,
mezclándonos en mutuas muestras de cariño
en cada abrazo, cuando te miraba desde abajo.
Te veía enfrentando al frío y la lluvia
e ignorando al sol cruel, inclemente.
Silbando suaves melodías, desconocidas y
caminando por la vida siempre de frente.
Olvidé el número de veces que enfermé.
No supe el nombre de ningún mal ni su remedio.
No recuerdo cuándo dejé de ser un niño,
pero incluso hasta hoy día siento tu alivio.
Cada vez fueron menos las preguntas
y al multiplicarse cada una de las dudas
descubrí que no tenías todas las respuestas.
Poco a poco nos fuimos quedando en silencio.
Sé que aún te duelen mis caídas
y que crees no haber hecho lo suficiente.
Sé que crees no necesitar que te diga
lo que tú sabes que siento por ti.
Tu alegría es por todos conocida.
No puedo pensar en nadie más
que pueda entregarla a tantos
a lo largo de toda su vida.
Eres el libro con más visitas
de todo tamaño y generación
como alegres satélites te orbitan,
otras veces buscando protección.
Y es que hay mucha fuerza y entereza
en tu alma y tus manos laboriosas,
Tras esa sonrisa que oculta tristeza
Existe un jardín de espléndidas rosas.
Tras cada anónimo acto de bondad
subsiste aquella herencia digna de tu imagen
que me hace transitar firme y erguido
regalándote el mismo orgullo que por ti siento.
Si he sido un buen hombre ha sido por ti.
Madre, preocupada de toda su siembra.
Si en algo te he defraudado durante estos años
es porque no logré desprenderme de mi sombra.