Luis Á. Ruiz Peradejordi
Poeta que considera el portal su segunda casa
Me dijo
Me dijo: mira, ¡mis manos están vacías!
Miré sus manos abiertas y hallé los surcos
de las muchas horas de trabajo.
Encontré las huellas de tantas heridas
como se formaron con los aperos del campo.
Allí estaba también el poso
que las caricias habían dejado,
las que había entregado
a su amor generosamente
y aquellas, más delicadas,
con que había regalado a sus pequeños.
Miré sus manos y tenían los aromas
del pan que amasaba cada día
y el perfume de los bollos preparados
para los días de fiesta.
También estaba el trajín de las agujas
cuando confeccionaba ropas
o cosía los rotos de cada jornada.
Las manos que curaban
los rasponazos, los moratones,
que, una vez impuestas,
aliviaban los dolores.
La miré a los ojos,
con los míos enturbiados por las lágrimas,
para decirle, casi al oído:
pues yo las veo llenas.
Me dijo: mira, ¡mis manos están vacías!
Miré sus manos abiertas y hallé los surcos
de las muchas horas de trabajo.
Encontré las huellas de tantas heridas
como se formaron con los aperos del campo.
Allí estaba también el poso
que las caricias habían dejado,
las que había entregado
a su amor generosamente
y aquellas, más delicadas,
con que había regalado a sus pequeños.
Miré sus manos y tenían los aromas
del pan que amasaba cada día
y el perfume de los bollos preparados
para los días de fiesta.
También estaba el trajín de las agujas
cuando confeccionaba ropas
o cosía los rotos de cada jornada.
Las manos que curaban
los rasponazos, los moratones,
que, una vez impuestas,
aliviaban los dolores.
La miré a los ojos,
con los míos enturbiados por las lágrimas,
para decirle, casi al oído:
pues yo las veo llenas.
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