Nací en una tierra antigua, sobria, fronteriza entre la sencillez y la sublimidad; una tierra de silencios para dejar netos los sonidos de la naturaleza: Extremadura, allá en los límites del Duero. Después, como tantos otros tuve que volar para vivir. Y durante ese largo vuelo, con la rica perspectiva que da el vuelo de las aves, pude ver otras tierras, otros lugares pregonados de hermosura y mayores riquezas. Y violento rebrotó mi amor radical por aquella mi tierra natal. Aquí, aunque torpes, dejo unas líneas en su homenaje. Recupero y hago mías aquellas palabras de Rilke: “La verdadera patria del hombre es la infancia”
Mi verdadero paraíso te proclamo,
tierra que piso, páramo y piedras.
Me regalas con tus vientos,
con cardos vistes mi mesa,
tierra dura y callada, donde habito,
tierra de la que nació mi alma
Con todo, paraíso eres,
y todos tus frutos acepto
y así te sufro y te gozo
y tu espíritu de barro
como sombra me acompaña.
Serafines violentos guardan tus fronteras,
ángeles blanden espadas
y pequeños querubines
sirven el rojo vino de la esperanza.
Tierra en la que yazgo y me incorporo
como transitorio ciprés,
tierra que me da la vida
tierra que alimenta mi alma.
.:
Ilust.: Amanecer en la dehesa extremeña
Fotografía de Víctor M. Pizarro
Mi verdadero paraíso te proclamo,
tierra que piso, páramo y piedras.
Me regalas con tus vientos,
con cardos vistes mi mesa,
tierra dura y callada, donde habito,
tierra de la que nació mi alma
Con todo, paraíso eres,
y todos tus frutos acepto
y así te sufro y te gozo
y tu espíritu de barro
como sombra me acompaña.
Serafines violentos guardan tus fronteras,
ángeles blanden espadas
y pequeños querubines
sirven el rojo vino de la esperanza.
Tierra en la que yazgo y me incorporo
como transitorio ciprés,
tierra que me da la vida
tierra que alimenta mi alma.
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Ilust.: Amanecer en la dehesa extremeña
Fotografía de Víctor M. Pizarro
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