PALAFRÉN
No era mas que el palafrén.
Ante él la ciudad extendía sus áridas avenidas
como paños de sudario para ofrendas o justas de caballeros.
Él era el palafrén y las rosas esquivaban caer bajo su caballo.
La sombra de los grandes rascacielos era ominosa.
Las veredas alumbradas por caudales de luciérnagas
eran verrugas insalubres
eran pedazos de ataúd en procesión silenciosa.
Él era el palafrén y a su paso se inclinaban las estatuas
aunque las rosas lo esquivasen.
Cuando llegaron los hombres de torva mirada
las avenidas se replegaron sobre sí mismas.
Las animadas músicas de jazz cerraron sus puertas
y las estilográficas lloraron lágrimas de sangre.
Las jóvenes mecanógrafas procesionaron ante el palafrén
aunque sólo fuese eso
un palafrén humillado.
La ciudad nueva sentía celos enfermizos
de la antigua ciudad de piedra productora de héroes
y adoratrices de los excéntricos dioses.
Los rascacielos sombríos excitaban el brillo de sus vidrieras
para anular los sonidos de las cítaras
y el centelleo de las miradas de fuego
de las mujeres ataviadas con flores.
En la desierta llanura apenas algún lagarto
ofrecía sus homenajes a las gentes de la nueva época.
Ni siquiera el palafrén que ya arrastraba los pabellones derrotados.
Porque el palafrén ya era metáfora y sueño
alimentado por aquellos viejos teoremas.
Las avenidas se vertían con sus luces sobre el ardiente desierto
vaciando la ciudad de automóviles y plegarias.
Peregrinas aves de colores apagados
blasonaban los lábaros desmembrados.
Y las rocas se convocaban en un alarde de majestades.
No era más que el palafrén
detrás quedaron las glorias y sus sustancias
las perspectivas insólitas trazadas desde la ciudad moderna.
De aquella ciudad metálica que abominó de sus glorias
y se repobló con jóvenes y graciosas mecanógrafas.
Los teléfonos no cesaban de sonar
espantando a los traviesos gorriones.
No era mas que el palafrén.
Ante él la ciudad extendía sus áridas avenidas
como paños de sudario para ofrendas o justas de caballeros.
Él era el palafrén y las rosas esquivaban caer bajo su caballo.
La sombra de los grandes rascacielos era ominosa.
Las veredas alumbradas por caudales de luciérnagas
eran verrugas insalubres
eran pedazos de ataúd en procesión silenciosa.
Él era el palafrén y a su paso se inclinaban las estatuas
aunque las rosas lo esquivasen.
Cuando llegaron los hombres de torva mirada
las avenidas se replegaron sobre sí mismas.
Las animadas músicas de jazz cerraron sus puertas
y las estilográficas lloraron lágrimas de sangre.
Las jóvenes mecanógrafas procesionaron ante el palafrén
aunque sólo fuese eso
un palafrén humillado.
La ciudad nueva sentía celos enfermizos
de la antigua ciudad de piedra productora de héroes
y adoratrices de los excéntricos dioses.
Los rascacielos sombríos excitaban el brillo de sus vidrieras
para anular los sonidos de las cítaras
y el centelleo de las miradas de fuego
de las mujeres ataviadas con flores.
En la desierta llanura apenas algún lagarto
ofrecía sus homenajes a las gentes de la nueva época.
Ni siquiera el palafrén que ya arrastraba los pabellones derrotados.
Porque el palafrén ya era metáfora y sueño
alimentado por aquellos viejos teoremas.
Las avenidas se vertían con sus luces sobre el ardiente desierto
vaciando la ciudad de automóviles y plegarias.
Peregrinas aves de colores apagados
blasonaban los lábaros desmembrados.
Y las rocas se convocaban en un alarde de majestades.
No era más que el palafrén
detrás quedaron las glorias y sus sustancias
las perspectivas insólitas trazadas desde la ciudad moderna.
De aquella ciudad metálica que abominó de sus glorias
y se repobló con jóvenes y graciosas mecanógrafas.
Los teléfonos no cesaban de sonar
espantando a los traviesos gorriones.