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Palafrén

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PALAFRÉN



No era mas que el palafrén.

Ante él la ciudad extendía sus áridas avenidas

como paños de sudario para ofrendas o justas de caballeros.

Él era el palafrén y las rosas esquivaban caer bajo su caballo.

La sombra de los grandes rascacielos era ominosa.

Las veredas alumbradas por caudales de luciérnagas

eran verrugas insalubres

eran pedazos de ataúd en procesión silenciosa.



Él era el palafrén y a su paso se inclinaban las estatuas

aunque las rosas lo esquivasen.

Cuando llegaron los hombres de torva mirada

las avenidas se replegaron sobre sí mismas.

Las animadas músicas de jazz cerraron sus puertas

y las estilográficas lloraron lágrimas de sangre.

Las jóvenes mecanógrafas procesionaron ante el palafrén

aunque sólo fuese eso

un palafrén humillado.



La ciudad nueva sentía celos enfermizos

de la antigua ciudad de piedra productora de héroes

y adoratrices de los excéntricos dioses.

Los rascacielos sombríos excitaban el brillo de sus vidrieras

para anular los sonidos de las cítaras

y el centelleo de las miradas de fuego

de las mujeres ataviadas con flores.



En la desierta llanura apenas algún lagarto

ofrecía sus homenajes a las gentes de la nueva época.

Ni siquiera el palafrén que ya arrastraba los pabellones derrotados.

Porque el palafrén ya era metáfora y sueño

alimentado por aquellos viejos teoremas.

Las avenidas se vertían con sus luces sobre el ardiente desierto

vaciando la ciudad de automóviles y plegarias.



Peregrinas aves de colores apagados

blasonaban los lábaros desmembrados.

Y las rocas se convocaban en un alarde de majestades.

No era más que el palafrén

detrás quedaron las glorias y sus sustancias

las perspectivas insólitas trazadas desde la ciudad moderna.



De aquella ciudad metálica que abominó de sus glorias

y se repobló con jóvenes y graciosas mecanógrafas.

Los teléfonos no cesaban de sonar

espantando a los traviesos gorriones.



440px-Edward_the_Confessor_Ee.3.59_fol.4r_%28part1%29.jpg
 
Querido miguel me has hecho buscar que es un palafrén, yo creía que era el escudero que llevaba a cuestas de su caballo las armas del rey o el caballero (Asi que yo también estaba equivocado). No te estarás refiriendo al palafrenero? Hay lo dejo.

Al igual que palafrenero sabias que mariscal viene del veterinario (Albéitar) de las caballerizas a cargo de las cuadras de un castillo, que procede de alguna lengua indoeuropea que paso al franco y de hay al ingles como marshal--> marshall, y hoy se dedican a capar gatos y desatascar los intestino de los periquitos, a que es surrealista, pues eso.

Saludos a todas.
 
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PALAFRÉN



No era mas que el palafrén.

Ante él la ciudad extendía sus áridas avenidas

como paños de sudario para ofrendas o justas de caballeros.

Él era el palafrén y las rosas esquivaban caer bajo su caballo.

La sombra de los grandes rascacielos era ominosa.

Las veredas alumbradas por caudales de luciérnagas

eran verrugas insalubres

eran pedazos de ataúd en procesión silenciosa.



Él era el palafrén y a su paso se inclinaban las estatuas

aunque las rosas lo esquivasen.

Cuando llegaron los hombres de torva mirada

las avenidas se replegaron sobre sí mismas.

Las animadas músicas de jazz cerraron sus puertas

y las estilográficas lloraron lágrimas de sangre.

Las jóvenes mecanógrafas procesionaron ante el palafrén

aunque sólo fuese eso

un palafrén humillado.



La ciudad nueva sentía celos enfermizos

de la antigua ciudad de piedra productora de héroes

y adoratrices de los excéntricos dioses.

Los rascacielos sombríos excitaban el brillo de sus vidrieras

para anular los sonidos de las cítaras

y el centelleo de las miradas de fuego

de las mujeres ataviadas con flores.



En la desierta llanura apenas algún lagarto

ofrecía sus homenajes a las gentes de la nueva época.

Ni siquiera el palafrén que ya arrastraba los pabellones derrotados.

Porque el palafrén ya era metáfora y sueño

alimentado por aquellos viejos teoremas.

Las avenidas se vertían con sus luces sobre el ardiente desierto

vaciando la ciudad de automóviles y plegarias.



Peregrinas aves de colores apagados

blasonaban los lábaros desmembrados.

Y las rocas se convocaban en un alarde de majestades.

No era más que el palafrén

detrás quedaron las glorias y sus sustancias

las perspectivas insólitas trazadas desde la ciudad moderna.



De aquella ciudad metálica que abominó de sus glorias

y se repobló con jóvenes y graciosas mecanógrafas.

Los teléfonos no cesaban de sonar

espantando a los traviesos gorriones.



440px-Edward_the_Confessor_Ee.3.59_fol.4r_%28part1%29.jpg
Atisbo de esa peregrinacion que ha sido anunciada y que es capaz de destruir las esencias.
el palafrenero invertebrado que intenta imponer, queda asi una esencia de lucha
historica para que su incendio no destruya los cobijos..., las glorias asentadas como
mordidas por su suprema injerencia de caballero de fuego. bellissimo.
saludos amables de luzyabsenta
 
PALAFRÉN



No era mas que el palafrén.

Ante él la ciudad extendía sus áridas avenidas

como paños de sudario para ofrendas o justas de caballeros.

Él era el palafrén y las rosas esquivaban caer bajo su caballo.

La sombra de los grandes rascacielos era ominosa.

Las veredas alumbradas por caudales de luciérnagas

eran verrugas insalubres

eran pedazos de ataúd en procesión silenciosa.



Él era el palafrén y a su paso se inclinaban las estatuas

aunque las rosas lo esquivasen.

Cuando llegaron los hombres de torva mirada

las avenidas se replegaron sobre sí mismas.

Las animadas músicas de jazz cerraron sus puertas

y las estilográficas lloraron lágrimas de sangre.

Las jóvenes mecanógrafas procesionaron ante el palafrén

aunque sólo fuese eso

un palafrén humillado.



La ciudad nueva sentía celos enfermizos

de la antigua ciudad de piedra productora de héroes

y adoratrices de los excéntricos dioses.

Los rascacielos sombríos excitaban el brillo de sus vidrieras

para anular los sonidos de las cítaras

y el centelleo de las miradas de fuego

de las mujeres ataviadas con flores.



En la desierta llanura apenas algún lagarto

ofrecía sus homenajes a las gentes de la nueva época.

Ni siquiera el palafrén que ya arrastraba los pabellones derrotados.

Porque el palafrén ya era metáfora y sueño

alimentado por aquellos viejos teoremas.

Las avenidas se vertían con sus luces sobre el ardiente desierto

vaciando la ciudad de automóviles y plegarias.



Peregrinas aves de colores apagados

blasonaban los lábaros desmembrados.

Y las rocas se convocaban en un alarde de majestades.

No era más que el palafrén

detrás quedaron las glorias y sus sustancias

las perspectivas insólitas trazadas desde la ciudad moderna.



De aquella ciudad metálica que abominó de sus glorias

y se repobló con jóvenes y graciosas mecanógrafas.

Los teléfonos no cesaban de sonar

espantando a los traviesos gorriones.



440px-Edward_the_Confessor_Ee.3.59_fol.4r_%28part1%29.jpg

Excelente poema, que a través del caballo nos lleva por la historia metafórica de la ciudad y con unos versos finales realmente brillantes. Ameno y admirable tu arte querido amigo Miguel, enhorabuena! un abrazo y mis mejores deseos siempre.
 
Hola, querido Fulgi: gracias por tu, como siempre, erudito y amistoso comentario. Es una confusión habitual, la de palafrén y palafrenero; por eso has hecho bien en tirar de diccionario. También lo hice yo en su momento. Por cierto, te recomiendo que revises tu ortografía; es doloroso leer un "hay lo dejo" en un texto tan documentado. Un abrazo y cuida bien a tus plantas, Rosa incluída.
miguel
 

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