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Gracias, Alde!Muy bonito.
Saludos
Que bueno que te guste, Iguazú.Aún voy por el primer capítulo, excelente, por cierto.
Cuando acabe, volveré.
Saludos.
Se pasa un rato estupendo leyendo estos relatos, Alicia, gracias.5
El padre de Palito soltó la maleta en la entrada de la casa; besó a su madre en las mejillas y dijo casi solemne:
―Ésta es tu nieta, madre.
―Ésta es tu abuela Pino, hija.
Aunque su abuela era menuda y un poco más alta que ella, Palito alzó la cabeza.
―Has crecido mucho, pequeña ―le dio de bienvenida, como si desde siempre fuese parte de su vida.
―Hola, abuela Pino.
―Abuela, solo abuela…
―El resto es cuanto ves ―de payaso, su padre abrió los brazos y giró sobre sí mismo.
Palito echó un ojo dentro del hogar. La sala, en razón, a como se la imaginó esa misma tarde, le pareció enorme.
―Tiene dos salones en uno ―se dijo. Viendo que era tan grande o más que toda su casa.
Mientras que su padre y su abuela seguían hablando, anclados en la misma entrada y sin intención de moverse, Palito inició sus pasos hacia el fondo del salón, a la pared que compartía las puertas de los dos únicos dormitorios. La cual albergaba un aparador con un estante encima repleto de portarretratos en las dos superficies. Y hasta el mismo techo, un amplio número de cuadros enmarcados con fotografías.
De espaldas a la calle, viendo pasar a Palito al interior de la vivienda, el hijo le hizo un gesto a su madre:
―A ver si me reconoces en alguna… ―le gritó satisfecho su padre.
―Ese es mi santuario ―volvió la cabeza su abuela―. O mejor, mi altar mayor ―apuró.
Palito había visto escenas de esas en las consolas de los vestíbulos, en mesas camillas, en estanterías o sitios similares de todos los hogares de sus amigas. Menos en el suyo. En casa no existía una máquina fotográfica ni sus padres eran aficionados a ellas.
El día que le preguntó a su madre por qué no tenían fotos de ellos en la casa, le respondió que no eran de su agrado, que las vivencias eran para llevarlas encima y no esparcidas por cualquier lado, aunque fuese allí. Que así no tenía que escarbar mucho dentro de ella para recordarlas.
En ese momento también pensó que su madre conservaba una foto suya en blanco y negro de colegio medio oculta en la cartera. Y cuando estaba a punto de descubrir que en una de las fotos del aparador reconocía la cara familiar de su abuelo; su abuela le susurra por detrás:
―¿Te has visto de chiquita?
―Sí ―respondió con un hilo de voz.
En tanto que su madre acaparaba a su nieta, sin pasar del umbral, con un movimiento de mano el padre de Palito se despide de ellas.
―Vamos, ven conmigo, que aún nos queda todo un verano para nosotras solas… ―le pidió. Revelándole―. En el campo no hace falta que cerremos la puerta de la calle.
Pero la cerró.
―Y ahora a tu habitación ―dijo después, tirando de la maleta, desviando la vista al paquete de pasteles que Palito había dejado sobre la silla que se encontraba junto a la puerta.
―Son del pueblo ―añade Palito.
No fue hasta que depositó la maleta de su nieta encima de la cama para facilitarle el trabajo a la hora de deshacer el equipaje, que le comenta:
―Luego te pondrás con ella. Ahora daremos buena cuenta de los dulces que no es bueno que juntemos la merienda con la cena, porque esas dos son capaces de hacer estragos en nuestros estómagos.
Yéndose a descorrer la cortina de la ventana.
En tanto que Palito, de espaldas a ella, se deshacía de la mochila que aún colgaba de sus hombros. Ensimismada, soltándola sobre una butaca del dormitorio, entretenida sacaba de ella su pequeño radiocasete, cuando oyó que su abuela volvía hablar, que decía algo acerca de la parte trasera de la casa.
Dándose la vuelta vio que ya separaba las hojas de cristal de la ventana, dejando al descubierto el hueco de la pared.
―Te decía que aquí tienes espacio suficiente para bailar, que sé lo mucho que te gusta…
―A ver… ―dijo mirando hacia afuera. Y de un salto apoyó los brazos en el canto, colgando la cabeza al exterior.
―¿Qué te parece?
―¡Es un patio enorme!
―Un jardín ―rectificó orgullosa su abuela―. Y ahora me voy a la cocina.
―¿Qué lo hace jardín?
―No tardes, pequeña ―le recomendó desde la puerta de la habitación.
...
Gracias, a ti, Javier Alánzuri. No sé si está en "tu gusto" escribirla, pero si es así, te animo a ello. Sí, lo de los nombres es parte del "capricho". Me explico. Cuando empecé a escribir relatos lo hacía sin nombres propios por gusto (de lectora). Claro, dando importancia a aquello con lo que una "conversa". Uf, en realidad escribir ha sido una aventura muy en solitario. Tampoco las novelas tiene mucha pluralidad en mi, jeje, vamos, como que se puede decir esta novelita también forma parte de la compañía que he tenido por acá, por MP.Se pasa un rato estupendo leyendo estos relatos, Alicia, gracias.Me reservo alguno para más adelante.
Nunca he escrito una novelay me ha llamado la atención la figura del padre y la madre, a los que no pones nombre. pero imagino que será para no desviar la atención de lo realmente importante con demasiados nombres.
Nada, lo dicho, un placer leerte.
Saludos.
Javier
Qué majo este capitulo, Alicia, me ha sorprendido muy gratamente la conversación con el jilguero y el nuevo giro que toma la novela.6
Con el runrún de la radio, la abuela, la esperaba sentada a la mesa de la cocina.
―Toma antes un sándwich… ―le dijo al llegar. Destapándolos de la servilleta con que los cubría.
Sin tomar asiento Palito alzó el vaso con zumo de naranjas que estaba junto a un plato y cubiertos para su servicio y, desviando la cabeza, fijó los ojos en la puerta trasera de la cocina.
―¿Puedo salir? ―pregunta ausente.
―Estás en tu casa ―y viendo que su nieta no tenía intención de sentarse, insistió―. ¿Y un pastel?
Pero Palito ya depositaba el vaso vacío en la mesa del jardín, debajo de un robusto árbol.
Al girarse, de cara a la vivienda, se fijó en que la casa no concluía en la cocina.
―Tienes razón ―observó la abuela Pino saliendo de la cocina. Frente a ella―, esto es un patio.
―Si tú lo llamas jardín es un jardín.
Y avanzó hacia el hueco; entre la pared de la cocina y de la ladera.
―¿Qué hay ahí detrás?
―Más macetas, la escalera de la azotea y al fondo la cancela que da al exterior.
―Ah ―dejó escapar con decepción.
―¿No te gustan las plantas?
―Sí, pero solo son plantas.
Con un brazo colocado en la baranda de la escalera, le pregunta:
―¿Puedo subir?
Y sin esperar por respuesta corrió escaleras arriba.
La azotea estaba desprovista de cualquier cosa. Impoluta.
Después de dar varias vueltas por ella, de bailar, de apoyar los brazos por los cuatro costados del muro; se sentó en la parte del muro que daba al frontis. En lo alto del huerto.
La huerta era un terreno situado por encima del nivel del suelo, acondicionado para el cultivo. Con un muro de piedras antiguo; espacios de agricultura abundante por un lado y otro de las laderas.
Cuando escucha una voz en lo alto de su cabeza:
―No irás a saltar ―le dijo un jilguero.
―¡Eh!
Y se posa a su lado.
―¿Por qué lo iba a hacer?
―Tú sabrás ―le responde el jilguero.
―Volar tampoco ―dijo percatándose del movimiento de sus columpiados pies. Pies que levantó y cruzó debajo de ella.
―Oh ―expresó el jilguero.
―¿Mejor?
―No del todo.
Palito se encogió de hombros y no dijo nada.
Pensó que desde allí no podría caerse a menos que fuese empujada, porque, mirándolo bien ―se decía―, el muro era bastante ancho. Incluso dando un salto no tenía peligro, siempre y cuando no cayera en la zanja. Que era como se veía el pasaje desde allí arriba; entre el huerto y la casa. Aunque eso, por supuesto, lo estaba viendo en ese momento y, por muy estrecho que fuera, a ella nunca se le ocurría experimentar tal cosa. Así y todo, antes de volver abrir la boca, miró detrás de ella.
―¿Qué motivo me invitaría a saltar?
―Correr peligros innecesarios, por ejemplo.
―Ninguno. Que yo sepa o deje de saber.
―Eres una niña lista.
―Gracias.
―No hay de qué, pequeña.
―¡Me dicen Palito! ―expresó con voz poco amigable. Pequeña solo se lo llamaba su padre. Y esa tarde era la segunda vez que lo escuchaba salir de otras bocas.
―¿Ese no es un nombre de chico?
―Yo no he dicho que sea mi nombre. Pero si quieres, me pongo de pie.
Pues no estaba poco contenta ella con su sobrenombre como para que ahora viniera un pájaro y le dijera como una gran cosa que Palito era nombre de chico, como si eso tuviera la menor importancia.
Y volvió hablar. Rompiendo el silencio.
―Y hasta donde yo sé, tú eres un pájaro. Y si hablas es porque repites lo que dicen los humanos.
―¿Eso crees?
―Claro. Los hombres lo saben todo ―le responde molesta.
―Eso es mucho decir.
―Para ti sí.
―Quizá la gracia está en no adueñarse de nada.
―¿Hay algo que no tenga dueño?
―Desde luego, nuestra naturaleza.
―Ah, bueno. Eso es cosa de los adultos.
―Crecer no tiene nada que ver con la altura o con los años ―la corrige el jilguero―. Está en el desarrollo que genere cada cual.
―Pues eso.
―Eso qué ―requiere el jilguero.
―Que tampoco es de buena educación corregir a quien no se conoce ―le regaña.
―¿Y tú? ―protesta el jilguero.
―Lo mío fue para que no te dieras en confianza.
―Vaya con la niña… ¿De dónde sales, bonita?
Momento en el que desde la trasera de la casa se escucha la voz de su abuela, llamándola.
Salvándole la campana.
―¿Ves? Ni a mi abuela le importa cual es o deja de ser mi nombre ―le insistió―, solo de cómo me llaman.
―A mandar ―zanjó el jilguero. Inclinando el cuello hasta rozar el pico con el muro―, su señoría…
Si bien, cuando levantó la cabeza, Palito había abandonado la azotea.
...
Qué majo este capitulo, Alicia, me ha sorprendido muy gratamente la conversación con el jilguero y el nuevo giro que toma la novela.
Pensaba leer alguno más antes de comentar..... pero no he podido resistirme.
Hasta pronto, un abrazo.
Javier
Qué buenos ratos estoy pasando leyendo a ratos tu novela, Alicia, gracias.9Estaba a punto de abrir la verja para entrar en casa por el patio, cuando desde una larga rama de la higuera que estaba incrustada en el pedregoso suelo lleno de malezas y matorrales que colindaba con el huerto de la abuela, la sorprende el jilguero.
―¿No olvidas algo?―le pregunta sin moverse del sitio.
―El amigo jilguero… ―se le escapó de los labios.
Palito retrocedió sobre sus pasos y volvió a subir al huerto:
―Mmm… Este era el olor tan rico que me llegaba estando en la azotea ―dijo aludiendo a la higuera―. ¿Vives aquí, en ella?
―Aquí, ahí, allá, ahora,… en arreglo a lo que llames vivir. No suelo permanecer mucho tiempo en un mismo sitio ―le responde el jilguero.
―Me gusta lo que dices. Quizá hasta algún día lo pueda hacer yo.
Y se fue a por los dos palos largos con cuatro tacos atravesados para subirse a la higuera.
―El peligro te gusta más, ¿eh? ―le dijo al tiempo que ella escalaba por la higuera.
―Lo mismo que a ti hacer de ángel de la guarda.
―¿Cómo es eso?
―Sí. Porque ayer evitaste que me hiciera daño ―y le muestra los rasguños de los brazos y las piernas―. ¿Los ves?
―Y donde...
―En el jardín secreto de la abuela.
―¿Secreto?
―¿No te gustan los jardines?
―Pshsss.
―A qué viene ese Pshsss.
―A que son más de lo mismo.
―¿Y las flores?
―Pshsss.
―¿Vas a seguir?
―Las flores son para las abejas.
―Hablo de sus aromas, de los colores, las formas,… ¿No es eso la belleza?
―Por supuesto. También hay belleza en ti.
―Bueno.
―¿Bueno, qué?
―Que no estás diciendo nada.
―Estando donde estamos, qué hay para decir ―expresó el jilguero, dando pequeños saltos, intercalándose por entre las frondosas ramas de la higuera.
―¿No puedes hablar en serio? ―le grita Palito.
―¿Por decir que al césar lo que es del césar?
―No. Porque no dices nada del otro mundo.
―Entiendo.
―¿Significa que no tienes interés?
―Que el mundo que yo conozco es al que los niños le dan patadas.
―Eso es un balón.
―Igual o lo mismo, preciosa.
―Aunque los niños niños le dan patadas a todo lo que se les pone delante. Pero te estás riendo de mí… ―se le queja.
―Vamos, que solo tú puedes decir lindezas.
―Temía que no fueras verdad.
―Haber empezado por ahí. ¿Y qué otra cosa podía ser?
―¿Imaginario?
―Y si hubiera sido así, ¿qué pensarías?
―Ahora nada. De todas maneras lo hubiera dado por válido. Y yo también juego al fútbol.
―¿No dices que bailas?
―Y hago deportes. Y muchas otras cosas.
―No te engañes, pequeña.
―Que no me engañe ¿de qué?
―Lo que digo es que no eres risueña y tampoco una niña triste, después de todo eres como los chicos; despreocupada y resuelta.
―Pues mira que bien. ¿Contento?
―Si tú lo estás, yo no tengo inconveniente alguno.
―Pero, ¿a qué venía eso?
―Que si quieres algo de este lugar tendrás que ganártelo.
―Y donde juegan los niños al balón, si se puede saber…
―En una de las charcas del barranco.
―¿Con agua?
―Y con patos ―rectificando detrás―. No, tonta, de charca solo le queda la forma.
―Uy, que mi abuela me espera para comer… ―dijo bajando de la higuera.
―Pues andando.
Pero antes de marcharse lo puso al corriente, ya que no quería volverlo a perder.
―Esta tarde voy a salir con la abuela, y me dirá dónde está la aldea. ¿Estarás por aquí?
―Estaré ―y concluyó―. Ve a por la cesta…
Llevándose la escalera con ella, pensaba en cómo le gustaba aprender, así como en lo difícil que se lo ponían los adultos.
...
oh, qué agradable y qué bien suenan tus pasos... A ti, gracias a ti, Javier.Qué buenos ratos estoy pasando leyendo a ratos tu novela, Alicia, gracias.
En este capítulo 9 me encanta la conversación de Palito con el jilguero.... no sé como va a acabar esto.
Un abrazo y hasta pronto.
Javier
Jajaja, estamos aviados si no sabes como acaba jajajaoh, qué agradable y qué bien suenan tus pasos... A ti, gracias a ti, Javier.
... ni yo
Un abrazo
De niña a mujer, fascinante historia.
21
En la parte exterior, de entre los árboles, sin el menor de los sonidos, una gran bandada de cientos y cientos de pajarillos con sus minúsculos cuerpos dibujaban sobre lo alto del estanque, con todos sus colores y matices, el esplendor de un hermoso palmeral.
Con la vista alzada, sin dar crédito a sus ojos, agrandándolos cada vez más, Palito exclama con asombro:
―¡Cielos! ¡Era verdad! ―iluminándosele la cara―. Es maravilloso…
―Supongo que esto es para ti… ―le dijo el jilguero, posándose a su lado.
―Es para adultos ―reconoció el mirlo―, pero tú lo eres bastante.
―No es que… ―Frase que dejó a medias por el sobresalto que le causó el estrepitoso estruendo que provocaron los pajaritos con sus aleteos y sonidos. Al terminar con la última de las imágenes que no fue otra que un arco iris.
Volviendo a desaparecer por los aires.
―¿Y ahora? ―pregunta fascinada.
―Se inicia el relato ―responde el mirlo.
Palito estuvo a punto de volver preguntar, pero se mantuvo callada. En cambio, sin quitar los ojos de lo alto del estanque para no perder detalle, se acomodó en el suelo. A la espera del relato, algo en lo que ya creía estar puesta.
Después se produjo un gran estallido de luz amarilla en el aire, producto del brillo de una gran masa de pajaritos canarios. Imagen que por momentos no dejaba de oscilar y moverse.
Naciendo en su interior un punto sólido y oscuro.
―Esos somos nosotros ―dijo orgulloso el mirlo.
Materia que ante sus ojos se iba agrandando, amenizada con un suave canto de los parjaritos, brotando por entre sus grietas, pliegues y fisuras, haciéndose hueco, un vivo color azul. Azul que ascendía por y entre ella, dando sentido a los colores. A la par que se iba abriendo cual flor, la esfera celeste.
―¡La Tierra! ―gritó Palito, sin evitar el contenerse. Entusiasta, ante el extraordinario espectáculo. Creyendo por un momento hallarse en medio del espacio.
Así, en continuo retroceso, el color amarillo cedía espacio a favor de ambos; la Tierra y el Sol. Formándose los elementos al unísono, entre sí. A cielo vivo, entre ellos, dentro de la densa aureola, que en matriz, originaba el día y la noche.
―¡Increíble! ―expresó Palito, alzando aún más la vista. Viendo traspasar la energía igual al brillo de luz que se filtraba del sol por entre las ramas y las hojas de los árboles.
Donde se coronaba: entre la piel donde se traslucían las estrellas, y la densa masa amarilla de canarios, según la parte del espacio a ocupar (en la irradiación o sombra). A imagen y semejanza de la Tierra, giraban en aro las diferentes formas de las fases lunares.
Sin que en sus movimientos, durante el desarrollo, faltase o se advirtiera ningún tipo de desequilibrio entre los distintos órganos o espacios. La escena que dio lugar a ver un único cuerpo armónico: el Universo.
―¡Es fascinante! ―grita Palito.
De colofón, da lugar el desenlace.
Abordado desde su inicio; desaparece la energía formada por la gran bandada de pajaritos canarios. Difuminándose detrás las fases lunares; arrastrando con ellas el esencial elemento que ocupaba el aire. Cediendo como grifo abierto, cayendo en el centro del estanque, el color azul.
Lo que dio paso al vacío, a la gran detonación, expandiéndose en añicos la materia.
―¡Ohhh! ―exclamó maravillada.
―Aún entre nosotros los hay que, incluso dándoles dolor de cabeza, se entretienen en discutir sobre la material o inmaterialidad de la Luna ―comenta el mirlo, que despidiéndose de ellos se aleja hacia lo alto del estanque. Que en esos momentos, sus muros estaban repletos de distintas especies de aves.
―¿Tú, también lo sabías? ―le pregunta.
―Difícil. Ya sabes que no soy del lugar…
De camino a casa de la abuela, Palito vuelve a insistir:
―¿Entonces no es verdad que la tierra gira alrededor del sol?
―No lo sé. Aunque no deja de ser tan interesante como la teoría humana.
―¿Eso piensas?
―Bueno, por lo menos es acorde a sus reflejos.
―Que son los tuyos.
―Tal vez.
―¿Crees que el Sol nos sostiene?
―Pudiera ser…
El resto del camino lo hicieron en silencio.
Tiempo en que Palito se empezó a preocupar porque llegaba tarde para el almuerzo. Comida que, al igual que la cena, hacía junto a la abuela. Claro que, como chiquilla, tampoco dejaba de consolarse, diciéndose que después de todo la abuela estaba al tanto de sus andanzas. Tocando la mochila, cerciorándose de que el libro continuaba con ella.
A las cinco de la tarde Palito y su padre salían camino de la ciudad. Aunque satisfecha, exhausta como se encontraba, en cuanto su padre puso el coche en marcha, ahuecando el cuerpo en el sillón del copiloto se quedó dormida.
Ausente, sin saber que el jilguero se encontraba muy próximo a ella.
El arte pone de manifiesto lo que en apariencia no se ve.
...
y yo presumiendo de ojazos (que no tengo)Jajaja, estamos aviados si no sabes como acaba jajaja
Bueno, esta ambientada en los años ochenta, o algo así, jajaDe niña a mujer, fascinante historia.
En el momento que sepa qué es un radiocasete... te dejo el comentario final.
Gracias por compartir tu arte.
Ahora que sé que es un radiocasete ya puedo decirte lo que pienso de la historia.Bueno, esta ambientada en los años ochenta, o algo así, jaja
radiocasete
1. m. Aparato 116663"]Bueno, esta ambientada en los años ochenta, o algo así, jaja
radiocasete
1. m. Aparato electrónico que consta de una radio y un casete.
Aunque está muy, pero que muy bien tus agradables palabras. Suficiente y más. Te dejo lo que pedías, que será por guasa, qué más da, jaja
Muchísimas gracias por tu compañía, Iguazú.
Saludos
Ahora que sé que es un radiocasete ya puedo decirte lo que pienso de la historia.
Me has tocado la fibra porque yo soy como el jilguero, "aquí, ahí, allá, ahora...No suelo permanecer mucho tiempo en ningún sitio"
Y también como Palito, porque solía hablar con los animales, (aunque ellos no me decían nada, más bien me rehuían) cuando era chico al no tener amigos con quien conversar ni jugar, cosas de la vida que ni ahora entiendo.
En fin un trozo de mi vida he visto por etapas.
Muchas gracias por llevarme a la tierra de mi crianza.
Un abrazo.
Viví en Tenerife, cuando el Walkman daba sus primeros pasos.Vaya, ahora me la tocas tú a mí. Eso no se vale, jo
Como para añadir algo.
¿Te criaste por acá? (uf, que poco objetiva soy con los nombre propios, del tipo que sean). "Las acciones" suceden entre un barrio de las Palmas de Gran Canaria y a las afueras de la Villa de Teror, jaja.
Saber que has estado a gusto entre sus líneas es todo un honor, Iguazú. Muchas y más gracias.
Un abrazo.
¡Jo!, estos niños, cómo son...... no han dejado jugar a Palito.11
Tenía claro que al igual que en su barrio, allí, los niños tampoco hacían la siesta. Aunque para su tranquilidad, a esas horas, los padres no suelen dejarnos salir de casa. Por eso a Palito no le extrañó oír voces de niños al otro lado de un cañaveral. Ni ver a chicos sin camisas tomando el sol como lagartos sobre unas rocas. Y un tercer grupo de niños y niñas que ni siquiera dieron muestras de haberla visto.
―Seguro que en la charca también hay chiquillos ―dijo muy segura de sí.
Palabras que confirmó el jilguero.
En lo alto de la charca le pareció que aparentaba estupendamente un pequeño estadio de fútbol. A pesar de que el fondo estaba pelado, a su alrededor; desde aquella altura y hasta el mismo borde, las altas hierbas de florecillas blancas y amarillas eran como un calco de los espectadores. Y las porterías las simulaban montículos de piedras con redes imaginarias.
―Voy a bajar…
Pero el jilguero ya volaba al centro de la charca.
Ella aún se detuvo a mirar a los cuatro niños que jugaban al fútbol. Que sin protección en las porterías; eran dos contra dos.
―Lo bueno ―pensó mientras descendía―, es que responden con mi edad.
Al ver que ningún niño dio muestra de haberla visto, se sentó en el inicio de la hierba, donde presumió que era el final del área de juego. Al rato, defraudada porque no se dignaron mirarla una sola vez, armándose de valor, poniéndose en pie, entró en el terreno de juego. Plantándose en medio de los montículos de piedras más próximo a ella, franqueando una de las porterías.
Ante su invisibilidad, ya que seguían corriendo de un lado a otro del campo sin dar muestra de su existencia sin prestarle la mínima atención, y sin tirar el balón una sola vez en la portería donde ella se encontraba, decidió marcharse.
Fue como si algo o alguien la escuchasen, porque el mayor de los niños coge el balón en las manos dirigiéndose hacia ella.
―Las niñas no juegan al fútbol ―le dijo el portador del balón.
―¿Lo dices tú?
―Sí. Miguel.
―Será aquí, porque en la ciudad sí que jugamos.
―Pues vete a jugar a la ciudad.
―Estoy de vacaciones.
Colocándose al lado de Miguel, interviene Carlos:
―Tu eres la nieta de la señora Pino.
―¿Cómo lo sabes? ―le interroga.
―Aquí todos sabemos quién entra y quién sale ―volvió hablar Miguel.
―No hay que no se sepa ―afirmó Carlos.
―En eso te equivocas. Mi abuela no vive ahí ―dirigiendo la cabeza hacia la aldea.
―Y de las laderas de los alrededores ―concluyó Carlos.
―Yo juego igual que un chico ―replica Palito.
―¿Quién lo dice? ―le pregunta Miguel.
―Palito
―Eso salta a la vista ―ríe Carlos.
―¿Cómo dices que te llamas? ―insiste Miguel.
―Palito.
―Eso no es un nombre ―le responde muy serio.
―Y eso solo se le ocurre a la gente de ciudad ―continúa riendo Carlos.
―Tampoco es para que te rías como un cosaco ―amonesta a Carlos.
―No es reírse; es beber como un cosaco ―la corrige Miguel.
―Da lo mismo ―puntualiza Palito.
―¿Es lo mismo beber que reír? ―le preguntó con frialdad Miguel.
―Exagerar ―afirmó.
―Por qué no te largas de una vez ―la encaró Carlos.
―Pues a mí me gusta mi nombre. Y mucho ―le respondió desafiante―. No sé a qué viene tanta risa, cuando mi abuela se llama Pino, y no solo es el nombre de la Virgen del pueblo, además es la patrona de la provincia.
―Los del pueblo son unos mequetrefes―apuntó Carlos.
Miguel agarra por un brazo a Carlos y lo separa de Palito.
―Y tú una listilla, como los de ciudad ―volvió a la carga Miguel, algo más retirado de ella.
―No menos que tú ―le señala Palito.
―¿Por qué no la dejas jugar? ―le pidió Alberto a su hermano―. Hoy somos pocos.
―¡Cállate, mocoso! ―le grita su hermano.
―Venga, por lo menos, déjame intentarlo ―le insiste Palito.
―¡Vámonos, chicos! ―concluyó Miguel. Alejándose con el resto de los niños.
―¡Cobarde! ―le gritó a Miguel en el momento que se adentraron entre la hierba.
Posándose el jilguero a su lado.
―¡Tú no tienes qué decir! ―le lanzó a la postre.
―A mí que me registren ―se defiende éste aleteando las alas.
...
jaja, los tiempos, Javier. La sociedad manda, jaja¡Jo!, estos niños, cómo son...... no han dejado jugar a Palito.
Claro que yo, de niño, estaba siempre jugando con otros a la pelota y no dejábamos jugar a las niñas con nosotros..... ¡qué gente!
No se por qué, Alicia, pero creo que un poco más adelante Palito se va a llevar bien con ellos.....¿acierto?
Abrazo.
Javier
Hay que ver la de pajaritos que tenías en la cabeza cuando escribías esta novela.... jajajaja15
Esa mañana se despertó ansiosa. Con la única idea de volver al estanque del otro lado de la montaña. Obviando el hecho de que la propiedad fuera privada, diciéndose que si ella había sido invisible para unos, bien podría pasar inadvertida para otros.
Y ya puesta, sabiendo como sabía que a los parlanchines de los pájaros la música no les hacía la menor gracia y, presumiblemente, como tampoco volvería a ver tantos pajaritos como vio en el muro del estanque, no llevaría con ella el radiocasete. Que no volvió a salir más allá del alfeizar de la ventana.
En su lugar, metió en la mochila la toalla de playa que ya usaba algunas mañanas para tomar el sol en el patio. Más uno de los tres libros que su madre le compró como tarea para las vacaciones, y que aún permanecían inertes sobre la mesita de noche.
Mientras que el jilguero se acercaba hasta las aguas del estanque, ella se dirige al espacio de la arboleda. Al mismo punto donde había estado la mañana anterior. Que para su sorpresa, ni uno de más o de menos, allí estaban el verderón, el mosquitero y el pinzón, que al verla aparecer, mirándose entre ellos, guardaron silencio.
Después de saludarlos con un gesto, separa las ramas del suelo que había delante del árbol. Luego saca la toalla de playa de la mochila y la extiende sobre las hojas secas y con la misma se tiende boca abajo, de cara al estanque.
Al instante, plantándose delante de ella, el verderón le pregunta:
―¿Decías algo?
―No ―le responde seca, con los ojos fijos en el suelo.
―Ni ayer entendiste una sola palabra.
―De un liante como tú, desde luego que no ―Y aunque le dijo la verdad a medias no significó que le hubiese mentido―. Es más ―como si ya lo tuviera aprendido―, si lo sabes, no sé qué haces aquí.
Y entreteniéndose con la mochila, extrae el libro.
―Vaya, esas alas sí que son lustrosas… ―le comenta el pinzón, acercándose, sin quitar los ojos del libro.
―¿De qué hablas? ―le pregunta.
―De las alas que tienes entre las manos.
―¿Tú crees?
―¿Qué si lo creo? ¡Lo sé! ―afina el pinzón.
―No es que me guste leer… ―comienza a decir.
―¿Tú me has oído decir algo sobre leer? ―la corta el pinzón.
―Porque leer, lo que se dice leer… Siempre se nos queda más lo oral. Es decir, lo práctico ―apuró el mosquitero.
―Ya. Siempre y cuando lo oigas muchas veces, porque lo que se oye una sola vez es puro aire ―deduce Palito.
―Ni falta que hace, lo importante es el lenguaje, lo que se mueve… ―apura el pinzón.
―A Palito no le atrae el vuelo ―manifestó el jilguero, llegando a ellos.
―¡A todos los críos les gustaría volar! ―expone con vehemencia el verderón.
―Tampoco soy tan cría ―protestó―. Además, lo que he dicho es que volar solo es un medio de transporte. Nada más.
―Lo que prima es el movimiento, querida. En todo. ―repuso el verderón.
―Habló el maestro ―dijo mirándolo con recelo.
―A lo mejor ella acaba apostando por la ciencia ―comentó el mosquitero.
―Un poco locos sí que están ―se confirma mirando para el jilguero.
―A ti te lo oigo… Aunque quedaría mejor decir ociosos ―masculló el verderón―. Y tú tampoco te quedas corta.
―Vamos, que sois unos loros ―dedujo Palito.
―¡Y tú una tortuga! ―fingió el verderón―. ¡Vamos, contigo niña!
―No más lejos de lo que es representar un papel ―dijo el mosquitero.
―Es lo que tienen los críos ―repuso el pinzón, y añadió―. No hay especie que no intente matar el tiempo. Es decir, vivir.
―Pero también aprendemos a ponernos en la piel ajena. Pero el verderón no se entera.
―¿Acaso no te vale la propia? No me vengas con pamplinas, niña ―la espetó el verderón.
―Ponerse en la piel no es lo mismo que representar un papel ―apunta Palito.
―En el fondo son lo mismo, pequeña ―dijo el jilguero.
―¿Cómo va hacer lo mismo? ―lo mira con enojo―. ¿Dónde queda lo que sentimos?
―Quizá no es más que la diferencia que pueda haber entre la risa y el llanto. Es decir, avatares ―le responde.
―Entre fingir y actuar, es decir, en lo que nos concierne o interesa ―zanja el pinzón.
―Tampoco suelo pensar lo que digo… ―intenta arreglarlo Palito.
―No tienes por qué disculparte ―le dice el pinzón.
―¡No lo hago! ―expresó sin amilanarse―. Quería decir lo poco que sé…
―Nosotros tampoco pensamos lo que decimos ―apura el mosquitero―. No vayas a creer lo contrario.
―A mí lo que me gusta es aprender ―respondió Palito.
―No hay de lo que no se aprenda; se aprende de todo. Porque, mirándolo bien, importante, lo que se dice importante no hay nada ―concluyó el verderón, moviendo la cabeza en sentido horizontal.
De esta forma, las mañanas de Palito, después de su sustancioso desayuno, ir al estanque del otro lado de la montaña se volvió una excursión diaria. Claro, que pajarillos habían muchos, pero no para conversar, discutir o simplemente contemplarlos. A veces le asombraba la cantidad de pajaritos que había por todos lados.
Ella ya los oía en sus trinos en la urbanización de su barrio, pero de ahí a verlos; debía fijarse mucho entre los árboles y eso fue algo que hiciera alguna vez con las amigas, sin que por ello les prestase la menor atención. Pero verlos corretear como lo hacían por el campo, nunca.
...
jaja, voy leyendo, digo reviviendo, los capítulos que dejas con los comentarios (aparte de ver los fallos), no veas, jajaja, que locoHay que ver la de pajaritos que tenías en la cabeza cuando escribías esta novela.... jajajaja
No me hagas caso, que yo soy también de los que no piensan lo que dicen.
La culpa de que te diga semejante tontería la tiene este capítulo XV y alguno anterior, me encantan.
Abrazo.
Javier
¡Oh!, no, a Palito se le acaban las vacaciones....
18
El brinco que dio su cuerpo la despertó. Con la intención de incorporarse, sin saber dónde se hallaba, su cabeza le recuerda la conversación telefónica del día anterior.
Sin darse más que hacer, oyendo como oía el trinar de los pájaros en el patio, mirando a los pies de su cama, con un susurro pregunta:
―¿Jilguero, estás ahí? ―sabedora de su ausencia. Que madrugador como todos los pájaros, cuando ella se levantaba él hacía horas que había volado por el hueco que quedaba entre la cortina y el marco de la ventana. Cosa que hizo a partir de la segunda noche que llegó ella a casa de la abuela; dormía acurrucado como una bolita a los pies de su cama.
Aclaraba un dos de septiembre de cualquier año de los ochenta.
El día después que, en un principio, su madre le dijera que esa tarde la vendría a recoger su padre para llevarla de vuelta a la ciudad, a casa.
Con la oscuridad que aún reinaba y el silencio de la casa encendió la luz de la bombilla de la mesilla de noche. Aunque, al ver que el reloj despertador solo marcaba las siete y diez de la mañana, la volvió apagar.
Recostando de nuevo la cabeza en la almohada, cerró los ojos.
Se puso a repasar mentalmente en lo que habían acordado sus padres para mantenerse en contacto durante sus vacaciones. Que no fue otra cosa que serían ellos los que se pondrían en contacto con ella a través del teléfono; siempre en horas del almuerzo. Seguros de que ambas se encontraban en casa.
Recordó que con su padre había hablado varias veces; llamadas que aprovechaba para hablar con su madre. En cambio la suya solo la llamó el día que inició sus propias vacaciones. Donde le dijo que al final viajaría sola a su tierra, que al igual que ella iría a visitar a su familia.
La segunda llamada que recibió de su madre. Fue justo el día anterior. Dando por terminada sus vacaciones y las suyas; que por mucho que le dijo de las ganas que tenía de verla, de las cosas que traía para ella o de las novedades que tenía para las dos, Palito le pidió quedarse unos días más. Hasta el día nueve de septiembre, como habían quedado en principio, le recordó.
Consciente de que no volvería a pasar otras vacaciones tan extraordinarias, le dijo a su madre que había hecho algunos amigos y que se lo estaba pasando genial. Cosa que su madre sin poner inconveniente alguno aceptó que se quedara con la abuela hasta ese día, pero advirtiéndole que aún les quedaba por preparar todo el material escolar. Despidiéndose de ella hasta esa fecha.
A pesar de que todo le resultaba diferente no dejaba de ser igual, se dijo así misma.
Sin poder reconciliarse con el sueño, y tampoco levantarse, por no preocupar a la abuela, y menos ahora con los pocos días que le quedaban de estar con ella. Se quedó pensando en lo fácil que resultaba estar a su lado. En que, después de todo compartían muy buenos ratos juntas, sonriendo con afecto y cariño.
Diciéndose lo muchísimo que sabía su abuela de todas las cosas, que hubiera sido una excelente profesora, ya que nunca le dejaba una pregunta sin responder, no como la profesora que había tenido en el curso recién terminado, que cada vez que le hacía una pregunta, de antemano, le contestaba que si no era algo que estaba en el libro de texto ella no sabía nada.
―Echaré de menos sus comidas ―dijo pensando en voz alta. Cayendo en la cuenta de que era la primera vez que pronunciaba esas palabras.
Alegrándose, oyó que su abuela ya trasteaba por la casa.
Y así lo creía, volvió para sí. Por lo pronto, el desayuno, que después de algo más de dos meses, pararse a pensar en él antes de tiempo aún se le hacía la boca agua, como en ese momento, o cuando todavía se duchaba o vestía. Nunca había comido tan rico ni tan bien como en esos meses. Ni tan siquiera cuando comía fuera de casa con sus padres; en algún bar o restaurante.
Desde el momento en que se sentaba a la mesa, Palito no se cansaba de halagar a su abuela mientras comía, de repetirse en cada una de sus comidas; de comentarle lo delicioso que está esto o aquello, ya fuera de cuchara o de tenedor. Con haber aprendido a disfrutar comiendo despacio, de no querer que se le acabase lo que le servía; lo que nunca, porque ella era de comer en un pispás.
No siendo menos su abuela, que encantada, mirando con el apetito que comía su nieta, se reiteraba hasta la saciedad en que volver hacer de comer para dos era como volver a jugar a las casitas.
Momento en que se volvió a quedarse dormida.
...
¡Oh, sí!¡Oh!, no, a Palito se le acaban las vacaciones....
¿tendrá con los pajaritos más conversaciones?
¿Sí o no?.... lo mejor será que siga leyendo para evitar estas divagaciones
pero de momento recibe mis felicitaciones
y un abrazo en condiciones.
Javier
Aquí aparezco otra vez para darte las gracias y enviarte mi felicitación y unos sonoros aplausos por tu novela, Alicia, ha sido un placer transitar por ella...... y qué buen sabor de boca deja.
19
Cuando acabó de leer otro relato hizo un alto. Algo alejada como estaba de los pajarillos, apoyada, sentada contra el segundo árbol de la arboleda, echándoles un vistazo volvió a la realidad.
―No, no tendré otras vacaciones así ―se dijo pensando en la suerte que tuvo de tropezar con el jilguero, hecho que dio pie a conocer a otros personajes tan peculiares.
Mientras que los pájaros seguían metidos en sus interminables parloteos. Bueno, lo de parloteos, hablando por lo bajo, porque a veces el tono de las discusiones se les disparaba. Si bien había momentos en que Palito los escuchaba sin intervenir siquiera. Sin embargo en otros momentos dejaba de hacerlo; ya fuera por su falta de compresión, se le hacía cuesta arriba hacerlo o se cansaba de oírles. Eso sí, reconocía que estaba aprendiendo otra forma de escuchar a los adultos.
Así que se alejaba un poco de ellos. Y sacando un libro de la mochila se enfrascaba en él. De hecho no se creyó capaz de lograr lo mandado por su madre. Y en ello estaba; como que ya era la última de las tres obras de su tarea. Claro que el entorno donde se encontraba era idóneo para ello ―se decía―, pero hasta que no le dijeron cómo hacerlo, nanay de la china. Porque no se trataba de que tenía que leer, sino de encontrar el gusto en sí mismo. Y eso se debió precisamente a sus amigos allí presentes.
El jilguero que la observaba, viéndola ausente, pasó de un lado a otro de sus ojos, posándose por primera vez en su hombro, le pregunta:
―¿En dónde estás?
―Con un pie en casa y otro aquí ―le response con un suspiro.
―Eso está bien ―Y de un salto se coloca sobre la toalla.
―No es tanto el deseo como el de seguir creciendo, supongo.
―Reconocerás que por muy niña que seas, aparte de dispararse la memoria, vivir otras historias provoca mucha imaginación.
―También me preguntaba que como mi madre, siendo tan lectora como es sea tan callada.
―El sedentarismo.
―¿El sedentarismo? Con alas o sin ellas no veo que lo seamos más o menos que las aves, o cualquier otra especie.
En eso interviene el verderón.
―Tiene gracia la cría… Aunque sea el elemento en el que nos movemos, no nacemos precisamente en el aire ―le expone―. El jilguero habla del sedentarismo mental, bonita.
―¡No seas absurdo! ―expresó muy sería.
A Palito le vino a la cabeza lo distinta que notó a su madre por teléfono días atrás, en lo charlatana y atropellada que estuvo mientras hablaban. Algo en lo que no había reparado, se dijo. En cambio, sin mencionarlo siquiera, arrepintiéndose de lo dicho, alegó:
―Eso me pasa por hablar de lo que no sé ―esbozándole una sonrisa a verderón, y continuó―. A veces mi madre suele decir que lo que no se compra no se come…
―¡Por Dios! ―la intimida el verderón―. ¿Ahora hablas por boca ajena?
―No es que lo entienda, pero lo que dijiste me recodó esa frase, y como la mencionaste… A la mente, digo.
Y sin inmutarse, por su parte, terminó de abrir el libro que mantenía marcado entre sus dedos. Dispuesta a embarcarse en otra aventura, a respirar otro relato.
En cambio para los pájaros fue lo suficiente para seguir dándole al pico sin moverse del lado de Palito.
―Siempre a imagen y semejanza. De ahí no salen los humanos ―cargó el verderón.
―Solo hay que ver las construcciones de las viviendas de la aldea, en razón de sus caras; los ojos en ventanas, y por boca la puerta, con la que no dejan de darse en las narices ―saltó el mosquitero, que hasta ese momento se había mantenido en silencio.
―O la estampa del engreído y obtuso Dios ―revalida el verderón.
―Así es, mientras que a nosotros nos enjaulan, ellos viven inmersos con sus encerronas mentales ―continua el mosquitero―. Abstraídos en sí, sin ver lo que hay en torno a ellos.
―Lo cual no deja de ser otra forma de cautiverio. De mantenerse ocupados. Como es natural, quizá se deba al tamaño de la jaula y no a la jaula en sí ―reflexionó el jilguero.
―Pasa que experimentan más con las creencias que con su propia naturaleza ―manifestó el verderón.
―Como si se avergonzaran de la misma ―afirma el jilguero.
―Para eso nuestros nidos ―repuso orgulloso el verderón―, por poner un ejemplo.
―¿Qué pintan los nidos aquí? ―intervino curiosa Palito. Que como todos los críos, con la capacidad de estar entretenidos y a la vez al tanto de lo que dicen o hacen los mayores.
―Muchos de nuestros nidos reflejan el hábitat terrestre ―le aclaró el mosquitero.
―¿Acaso os creéis superiores?
―¿Superiores a qué? Vaya una manía con que hay algo superior, ¿a qué? ¿No está delante lo que tenemos? ―formuló el verderón―. Si es que no pasamos de ser alimento común…
―¡No digas más tonterías! ―exclamó Palito.
Que sin prestarles más atención, volvió a meterse entre las hojas del libro.
...
cómo darme las gracias, Javier. De eso nadaAquí aparezco otra vez para darte las gracias y enviarte mi felicitación y unos sonoros aplausos por tu novela, Alicia, ha sido un placer transitar por ella...... y qué buen sabor de boca deja.
He citado el capítulo 19 porque me ha gustado mucho cuando los pajaritos se han puesto filosóficos con nuestra existencia.
Bueno, y el último es de traca, lo más parecido a una colección de fuegos artificiales para rematar la fiesta, gran final.
Un admirado abrazo.
Javier
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