kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
Paz
Acepción de la RAE: Paz. f. Relación de armonía entre las personas, sin enfrentamientos ni conflictos.
La paz endogámica siempre ha estado de moda.
Se trata de una paz de corte básicamente masturbatorio
que, aun siendo necesaria,
no es suficiente para lograr la armonía entre las personas.
Resulta esencial autolesionarse el alma,
tirar abajo el tabique estanco fundido con miseria y cristales
que nos separa de los desgraciados de este mundo
para así contemplar su puta vida hasta la náusea,
hasta que duela de verdad.
Pero claro, eso requiere ponerse en el lugar del otro,
lo cual no parece que sea una cualidad propia del ser humano.
En todo caso, uno puede empezar por practicar en las calles de su propio barrio
prestando, por ejemplo, ayuda a una anciana que avanza
con la torpeza de un escarabajo pelotero
arrastrando su carro de la compra:
sopas de sobre, patatas, arroz y pan.
La paz global suma su grano de arena
en el mismo instante en el que uno se da cuenta
de que aquella señora
está en los huesos y no se ha duchado en meses,
que podría ser tu madre,
y que bajo su vestido negro asoman unos pies descalzos
sembrados por húmedas fumarolas de carmín.
La paz toma forma cuando caminas a su lado
y ella ignora tu presencia por a saber qué pensamientos
que surcan los acantilados de su mente.
Moluscos pensamientos que se abren y se cierran
a golpe de rezo en sus labios de pez.
La anciana solo despierta cuando tocas su hombro
y sobrecogida alza su rostro
con el gesto lunático
de aquel chaval de Caravaggio mordido por una lagartija,
arrebatándote, entonces, el carro sin recordarte,
para, seguidamente, deprimir el temblor de sus pupilas
en el cloroformo de una infinita tristeza.
Y allá por las sombras del portal
se girará una última vez
mostrando una especie de disculpa en su mirada,
y desaparecerá
como si fuera la mismísima Alfonsina enfilando su paso hacia el mar.
La paz empieza a caminar cuando uno siente por esa anciana
la misma ternura que por el niño
que corretea con torpeza por el parque persiguiendo a una paloma.
Acepción de la RAE: Paz. f. Situación en la que no existe lucha armada en un país o entre países.
Los países degeneran en marionetas
manejadas por humanos en su versión más sicópata.
Marionetas que a patadas arrojan por las escaleras,
por ejemplo,
a la anciana que habita
en las letrinas de la bella Europa.
Anciana a la que, una vez muerta
y descalabrada sobre el barro agrietado de su miseria
por no dejar no le dejan puestas ni las bragas.
Y allá se va pudriendo en los arrabales de las grandes naciones.
Después, con urgencia, se levantan los muros
(¡mientras agitan las banderas!),
muros coronados por un jardín de concertinas
(¡mientras agitan las banderas!),
muros bien protegidos por militares
(¡mientras agitan las banderas!),
no fuera a ser que esa especie de perro
que merodea inquieto junto a las vallas de espino
nos venga reclamando justicia
y descuide el vertedero de nuestras comodidades.
Y entretanto las calles se van llenando de patriotas
que agitan las banderas que pusieron en sus manos
marcando su paso al ritmo marcial
de la cuerda que los sujeta.
Quizá, si no se patease a la anciana, no sería necesaria
tanta guerra
ni tanta cuchilla en la frontera.
Quizá llegue el día en que esos mismos muros delimiten
el foso profundo de un zoo macabro llamado primer mundo
y organicen viajes escolares para explicar
que en lo tocante a la falta de compasión del ser humano
demasiado nunca fue suficiente.
Acepción de la RAE: Paz. f. Acuerdo alcanzado entre las naciones por el que se pone fin a una guerra.
La paz es siempre antes de la guerra
nunca después.
Si la condición fuera
que aquellos que firmasen la declaración de guerra,
como muestra de una ejemplar coherencia patriótica,
ocupasen la primera línea del frente donde silba el plomo,
estoy seguro de que muchos de ellos
posaban a un lado su pluma «Montblanc».
Yo les pediría
que antes de que apretasen el botón
fabricasen el experimento de la «doble rendija»
y que se entretuviesen el resto de su puta vida
tratando de comprender al trilero que nos vacila con los electrones.
O que antes de apretar el gatillo
apuntasen con la misma determinación al cielo con un telescopio
una noche limpia de verano.
Que lean y que follen, ¡que follen mucho!,
y que su hijo les explique el ciclo vital del leopardo.
Que se entretengan buscando el patrón de los números primos,
o que coleccionen patitos de plástico, jarras de cerveza,
¡yo qué sé!, ¡lo que sea!,
pero que nos dejen de joder con sus armas.
Es muy probable que todo lo anterior no sirviera para nada,
y entonces…, ¡pues qué sé yo!,
¡pero que no aprieten el puto botón!,
¡que no lo hagan!, que no hagan parir al bombardero
sobre la anciana que habita al otro lado
de sus jodidos trozos de tela.
Después de la guerra ellos hablarán de paz, sí,
y de que la sangre del pueblo ya no corre por los albañales, sí,
pero resulta difícil asimilar la paz de la que hablan...
¿Acaso existe paz en la tremenda nada
que sucede a la última explosión?
Porque después de la guerra, sencillamente, todo deja de ser:
las promesas fueron fusiladas,
los colegios dejaron de ser colegios,
los niños ya se hicieron hombres,
y por no cantar
ya no cantan ni los pájaros.
Solo al cabo de un tiempo, quizá,
de la boca de una guitarra
asome una flor blanca
que termine por abrirse camino
entre las costillas secas del desencanto
y se eleve delicada hacia el cielo
proclamando una nueva esperanza.
La paz es siempre antes de la guerra
nunca después.
Acepción de la RAE: Paz. En el cristianismo, sentimiento de armonía interior que reciben de Dios los fieles. La paz descienda sobre vosotros.
Giordano Bruno,
¡la paz sea contigo!,
Miguel Servet,
¡la paz sea contigo!,
García de Orta,
¡la paz sea contigo!,
Cayetano Ripoll,
¡la paz sea contigo!
Que un meteoro de paz pagana
impacte en el estanque de vuestras cenizas
y que el grito mudo de las ondas se alce
en una espira musical de palomas blancas.
Y que esa bandada de paz caliente
—con vuestra luz en sus picos—
sobrevuele
las frentes expansivas y fecundas de los niños.
Así y solo así
podrá sembrarse
la prosperidad de una eterna primavera de paz
en la estrecha franja de arena
que tenemos reservada en las orillas del tiempo.
Por todos vosotros, que viviréis y reinaréis
en las más bellas estancias de la libertad y de la creación humana,
por los siglos de los siglos,
En Madrid a 10 de noviembre de 2017
Acepción de la RAE: Paz. f. Relación de armonía entre las personas, sin enfrentamientos ni conflictos.
La paz endogámica siempre ha estado de moda.
Se trata de una paz de corte básicamente masturbatorio
que, aun siendo necesaria,
no es suficiente para lograr la armonía entre las personas.
Resulta esencial autolesionarse el alma,
tirar abajo el tabique estanco fundido con miseria y cristales
que nos separa de los desgraciados de este mundo
para así contemplar su puta vida hasta la náusea,
hasta que duela de verdad.
Pero claro, eso requiere ponerse en el lugar del otro,
lo cual no parece que sea una cualidad propia del ser humano.
En todo caso, uno puede empezar por practicar en las calles de su propio barrio
prestando, por ejemplo, ayuda a una anciana que avanza
con la torpeza de un escarabajo pelotero
arrastrando su carro de la compra:
sopas de sobre, patatas, arroz y pan.
La paz global suma su grano de arena
en el mismo instante en el que uno se da cuenta
de que aquella señora
está en los huesos y no se ha duchado en meses,
que podría ser tu madre,
y que bajo su vestido negro asoman unos pies descalzos
sembrados por húmedas fumarolas de carmín.
La paz toma forma cuando caminas a su lado
y ella ignora tu presencia por a saber qué pensamientos
que surcan los acantilados de su mente.
Moluscos pensamientos que se abren y se cierran
a golpe de rezo en sus labios de pez.
La anciana solo despierta cuando tocas su hombro
y sobrecogida alza su rostro
con el gesto lunático
de aquel chaval de Caravaggio mordido por una lagartija,
arrebatándote, entonces, el carro sin recordarte,
para, seguidamente, deprimir el temblor de sus pupilas
en el cloroformo de una infinita tristeza.
Y allá por las sombras del portal
se girará una última vez
mostrando una especie de disculpa en su mirada,
y desaparecerá
como si fuera la mismísima Alfonsina enfilando su paso hacia el mar.
La paz empieza a caminar cuando uno siente por esa anciana
la misma ternura que por el niño
que corretea con torpeza por el parque persiguiendo a una paloma.
Acepción de la RAE: Paz. f. Situación en la que no existe lucha armada en un país o entre países.
Los países degeneran en marionetas
manejadas por humanos en su versión más sicópata.
Marionetas que a patadas arrojan por las escaleras,
por ejemplo,
a la anciana que habita
en las letrinas de la bella Europa.
Anciana a la que, una vez muerta
y descalabrada sobre el barro agrietado de su miseria
por no dejar no le dejan puestas ni las bragas.
Y allá se va pudriendo en los arrabales de las grandes naciones.
Después, con urgencia, se levantan los muros
(¡mientras agitan las banderas!),
muros coronados por un jardín de concertinas
(¡mientras agitan las banderas!),
muros bien protegidos por militares
(¡mientras agitan las banderas!),
no fuera a ser que esa especie de perro
que merodea inquieto junto a las vallas de espino
nos venga reclamando justicia
y descuide el vertedero de nuestras comodidades.
Y entretanto las calles se van llenando de patriotas
que agitan las banderas que pusieron en sus manos
marcando su paso al ritmo marcial
de la cuerda que los sujeta.
Quizá, si no se patease a la anciana, no sería necesaria
tanta guerra
ni tanta cuchilla en la frontera.
Quizá llegue el día en que esos mismos muros delimiten
el foso profundo de un zoo macabro llamado primer mundo
y organicen viajes escolares para explicar
que en lo tocante a la falta de compasión del ser humano
demasiado nunca fue suficiente.
Acepción de la RAE: Paz. f. Acuerdo alcanzado entre las naciones por el que se pone fin a una guerra.
La paz es siempre antes de la guerra
nunca después.
Si la condición fuera
que aquellos que firmasen la declaración de guerra,
como muestra de una ejemplar coherencia patriótica,
ocupasen la primera línea del frente donde silba el plomo,
estoy seguro de que muchos de ellos
posaban a un lado su pluma «Montblanc».
Yo les pediría
que antes de que apretasen el botón
fabricasen el experimento de la «doble rendija»
y que se entretuviesen el resto de su puta vida
tratando de comprender al trilero que nos vacila con los electrones.
O que antes de apretar el gatillo
apuntasen con la misma determinación al cielo con un telescopio
una noche limpia de verano.
Que lean y que follen, ¡que follen mucho!,
y que su hijo les explique el ciclo vital del leopardo.
Que se entretengan buscando el patrón de los números primos,
o que coleccionen patitos de plástico, jarras de cerveza,
¡yo qué sé!, ¡lo que sea!,
pero que nos dejen de joder con sus armas.
Es muy probable que todo lo anterior no sirviera para nada,
y entonces…, ¡pues qué sé yo!,
¡pero que no aprieten el puto botón!,
¡que no lo hagan!, que no hagan parir al bombardero
sobre la anciana que habita al otro lado
de sus jodidos trozos de tela.
Después de la guerra ellos hablarán de paz, sí,
y de que la sangre del pueblo ya no corre por los albañales, sí,
pero resulta difícil asimilar la paz de la que hablan...
¿Acaso existe paz en la tremenda nada
que sucede a la última explosión?
Porque después de la guerra, sencillamente, todo deja de ser:
las promesas fueron fusiladas,
los colegios dejaron de ser colegios,
los niños ya se hicieron hombres,
y por no cantar
ya no cantan ni los pájaros.
Solo al cabo de un tiempo, quizá,
de la boca de una guitarra
asome una flor blanca
que termine por abrirse camino
entre las costillas secas del desencanto
y se eleve delicada hacia el cielo
proclamando una nueva esperanza.
La paz es siempre antes de la guerra
nunca después.
Acepción de la RAE: Paz. En el cristianismo, sentimiento de armonía interior que reciben de Dios los fieles. La paz descienda sobre vosotros.
Giordano Bruno,
¡la paz sea contigo!,
Miguel Servet,
¡la paz sea contigo!,
García de Orta,
¡la paz sea contigo!,
Cayetano Ripoll,
¡la paz sea contigo!
Que un meteoro de paz pagana
impacte en el estanque de vuestras cenizas
y que el grito mudo de las ondas se alce
en una espira musical de palomas blancas.
Y que esa bandada de paz caliente
—con vuestra luz en sus picos—
sobrevuele
las frentes expansivas y fecundas de los niños.
Así y solo así
podrá sembrarse
la prosperidad de una eterna primavera de paz
en la estrecha franja de arena
que tenemos reservada en las orillas del tiempo.
Por todos vosotros, que viviréis y reinaréis
en las más bellas estancias de la libertad y de la creación humana,
por los siglos de los siglos,
amén.
Kalkbadan
En Madrid a 10 de noviembre de 2017
Última edición: