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Se oyen aun los pasos en la avenida
la tarde apenas abre sus brazos
y nosotros aquí,
como una sombra gris
que se cierne muda sobre la cresta del tiempo.
Desde la ventana pueden verse
los cuerpos que brillan a la luz,
los faroles son un paisaje que vienen y van
como el olor de la tierra húmeda
por donde galopamos a pelo en el fragor del silencio
Hay una madrugada que se hace infinita
en su lucha por llegar.
Y seguimos aquí,
con los ojos cerrados
los recuerdos nos roban el momento
corren, se pierden,
somos como estatuas de hielo
sin deseos,
sin amor,
solo el olvido,
solo la vida.
Oyendo la lluvia me dejo llevar
y vuelvo al momento en que siempre estás
esa gota, un sueño,
el ayer que se hace hoy,
mañana o quizás toda la vida,
como aquella,
nuestra primera vez.
Esa vez de tu mirada
en la que vivo eternamente
de tu mano buscando mi pecho,
de las ganas de tu abrazo,
de tu boca vacilante,
de los labios que dejaron mil "te amo" sembrados en mi cuerpo.
Te miro y me hablas
de los viajes sin retorno
que hicieron nuestros besos,
de tu rostro hurgando en mi rostro,
del agua que alborota mis recuerdos.
Y no se como decirte amor,
del tiempo ,
de los años,
de la espera,
de ese invierno
que se ha hecho hielo
y de este absurdo sentimiento
que me regresa a la eternidad.
Déjame leerte desde el umbral de tus ojos mientras permanece la mirada detenida en la infinitud de la palabra.
La vida se apaga y la tristeza alimenta la nostalgia como un tiempo sin luz como una melodía de violines que va apagando sus notas, lentamente, antes de morirse.
Quisiera ser otra vez esa risa que ocupaba mi corazón cada noche cuando apenas eras una llamada en el universo del amor, una gota de rocío en el caudal de un río que me llenaba de momentos.
Hay un sendero en nuestro bosque que conduce a los jazmines, a las caricias aromadas que se llenaban de besos en la penumbra de nuestros días cuando todo era risas y flores, cuando la vida era una promesa que nos mostraba su más amable cara y al final estaremos siempre nosotros.
Amaneció lento el día abriéndose paso entre mis párpados,
he sentido amanecer muchas veces
días enroscados con descuido a mi desgana.
Se asoman desde la impávida
arrogancia del reloj, que sin parpadear,
completa con paciencia sus horas.
Me aferro a mi cama
con tu cuerpo ceñido a mis sueños,
tu rostro inmóvil en cualquier
lejano paisaje y tu sonrisa,
dormida en otros ojos.
Esos que yo recuerdo abrochándose amorosos
a mis pechos, a mis piernas o a mis labios,
embriagados de violetas,
en el viento cálido en que se puebla una mirada.
¿Desde qué amor llegaba esa risa
a abrillantar tus pupilas,
a inquietar mi voz inventando un balbuceo?
¿Desde qué noche me aprendiste de memoria
con tu aliento reclamando mi alma
y tus manos abriendo caminos
como inquieta presencia
que desordenaba mi estancia?
No sé cómo explicarte de este frío
que se aprieta al corazón presagiando tormenta,
no sé de encrucijadas, ni de refugios, ni de tu sombra,
solo tu voz diciendo su última palabra.
Quererte ha sido un oasis de emociones
un merodeo continuo por los confines de mi alma que te reconoce como luminosa presencia.
Todo se llena de ti,
como ese rocío que va dejando la lluvia
que nos cala la piel y se vuelve torrente en la sangre,
como un anhelo de estar entre tus brazos
y extraviarme en todos tus silencios.
Me crecen flores en los ojos cuando te veo,
mi vientre es un alboroto de colores
que se viste de sol, de agua, de memoria,
y se acopla a tus manos, a tus besos.
Y llega la luz cada mañana en tu mirada,
tus manos se desprenden de las mías
y se hacen horizonte
allí donde mi corazón sabe que estás,
donde él sabe que siempre esperas.
Ver el archivos adjunto 63461 Estoy aquí extrañándote
como si fueras el siempre de mis días
o esos encuentros de cuerpos,
que inventan recuerdos
entre el espacio de vida
donde me hiciste luz.
Y te descubro invadiendo mis versos
tejiendo momentos
entre lo que fuimos y lo que somos
hasta que mi pluma se calla para hacernos nunca.
Desde el profundo silencio
que se apodera de nosotros
que se nos pega a la piel,
nos invade el anhelo de estar,
de existir en comunión con nuestros dedos
en ese perfecto lugar
donde nuestras manos permanecen.
Mi risa siempre fue tu motivo
cuando apretabas mis manos
en esa locura tuya de no soltarme.
Tus dedos habitaban
en comunión con mis auroras
haciendo del mundo su causa
mientras me mantenían asida,
pegada a tu cuerpo, a tu sangre, a tus ganas.
No quise deberme a tus ojos
a ese gris azul que heredaron de las aguas
y levantaban olas con sus crestas plateadas
desafiantes bajo el sol.
Fuimos dos orillas,
como una tristeza que surgía de la noche,
yo estaba allí
en medio de tus labios,
degustando tu silencio.
Hablabas de amor
de mariposas de colores
de la agonía de las plazas
donde quedan los besos que se dieron en las sombras,
de los sueños apurando las últimas gotas del alba.
Y allí nació la poesía desnuda,
desde el cielo de tu boca,
hasta esa alma solitaria
donde sembraste tu semilla.
Hay una extraña magia que hace de tus brazos mi refugio, como aquella primera vez,
en que juntos, en Venecia,
inventamos el amor.
Nos tomamos de las manos
recorriendo la estrechez de sus espacios
en la penumbra que precede al amanecer.
Caminamos gozando de nosotros,
del sonido de las góndolas meciéndose en la orilla
invitando a los besos, al abrazo,
a la melodía de las almas que latían en un solo acorde.
Bajo la luz de la luna se iluminaba el canal
las risas se mezclaron con los besos
nos sorprendió el día, descalzos,
el sol rozaba nuestros rostros.
Y supe que respirar
era tu aliento en mi aliento
que el amor era tu cuerpo en mi piel.
La eternidad era un abrazo que
que nunca se rompió en esa ciudad que nos sedujo.
Hay días que te tengo en la punta de la lengua
te nombro,
te siento en cada uno de mis versos,
en mis manos
que se deslizan sin reparos por las sombras
como suspiros suspendidos como un vuelo de azucenas en el infinito trino del tiempo.
En mi almohada
acaricio tus cabellos
huelo la esencia aromada de tu cuerpo
de donde se deprende tu voz a solas conmigo, como una íntima confesión.
Mis sábanas despiertan acumulando deudas
de sonrisas, de piernas, de bocas, de la entrañable textura de tu piel. Como un beso que se pierde en el umbral de la palabra que se entrega sin pedir nada
o como una caricia que se asoma al alba buscando un cuerpo donde acomodarse.
A veces son unos ojos
que callados buscan los míos
como ese punto de encuentro en que coincide también el amor.
Ana Mercedes Villalobos Ver el archivos adjunto 63172
Hay momentos en que las letras no hacen versos, en que unos labios que no saben besar se llenan de suspiros y no suspiran, se vuelven ermitaños.
Las palabras se bordan a las manos, se tallan como caricias, se hacen deseo en la piel.
Noches vacías de cuerpos como un anhelo que no tiene destino, un instante sin tu sonrisa cuando el tiempo se detiene.
Momento de calzarnos, de intentar de nuevo el camino entre paisajes en que las letras se hilen sin tropiezos, para llenar el espacio de mi vida en que te amo.
Todo empezó en tus ojos o quizás fue tu boca o tu perfume con olor a madera que aroma mi madrugada que se mete en mi pecho con la certeza del que llega a su hogar.
Mi corazón tiene memoria del brillo de una luna que encendió la hoguera en mi sangre que habitó mis primeros pasos, de tu mano tomando mi mano para caminar los tuyos.
Y te instalas allí, entre mi boca y mis besos, acostado a la sombra del camino que es mi cuerpo y me lees en silencio, cada poro de mi piel es tu palabra detenida como un punto de luz en la penumbra.
Cuando las palabras no bastan,
nace el poema
desde el sentimiento más profundo.
Un breve murmullo
que en el tiempo se hace eterno
y nos señala el camino.
Sentada a la orilla del verso,
me pregunté alguna vez
si podría ser poeta,
si mis letras sabrían expresarse.
Quería que mi voz se abrazara al infinito,
quería construir un mundo con mis manos,
asomada a las profundidades del alma
Ahora estoy aquí, con el corazón en ascuas
tanteando la vida que se ha hecho grito y vacío,
futuro y anhelo
que se anuda a mi garganta.
Y con la certeza de que es ese pequeño milagro
que se gesta cada día en el papel,
lo que me hace soñar con el verde y el azul
que dan luz al mundo, y que toda la magia cabe
dentro de la tinta de mi pluma.
Un rumor de olas se asoma a la ventana como silente tacto de los siglos han dejado todas sus horas en el lecho.
La certeza de tu gesto de diciembre
trae campanas en los labios, los besos fluyen insaciables
conjugando el verbo en todos sus tiempos.
Apretada a tus caderas
me entrego a la realidad de tu presencia no hace falta más.
Yo que construí mi amor a punta de cincel, estoy aquí, procurando no sea leve el encuentro dos cuerpos fundidos en amaneceres, siempre propicios.
Las voces se confunden en murmullos, una suave melodía que acompaña las caricias, suspiros, pieles fusionadas, posesivas tumbadas sobre las sábanas, dibujando el rayo que parte en dos el universo.
Todo es posible cuando el pulso nos reclama, el instante preciso de las bocas, de las manos, el deseo que ya no puede contenernos se prende como sol en las pupilas.
Una madrugada infinita que desde arriba nos contempla.
Antes de ti no existía el norte ni el sur no había calendario donde contar los días días y noches se declararon hostiles. Desfilaban las horas en solitaria letanía
ausentes de manos, de ese olor a tierra
donde se pronuncian los versos donde comienzan a doler por tanta ausencia.
Vacías de entregas y atardeceres.
Antes de ti hasta el mundo me era ajeno. Los versos lugares deshabitados.
Tanto tiempo sin abrazar unos besos a mis labios que mi boca se desdibujó en mi rostro.
Hoy que mis noches se visten con tu cuerpo me sobra el tiempo que se escurre por mi espalda como el punto final de la luz sobre la tarde.
Se llenan de nostalgias mis horas
contemplando tu rostro
en el añil de un mar embravecido
donde navega mi deseo
vestido siempre de mañana.
Es frío el crepúsculo en tu ausencia
sin tu abrazo,
en la mudez que plena la tarde
la furia del agua me arrastra hacia el vacío,
como esa silenciosa presencia que se instala
en tu mirada, quieta, callada.
Al norte veo tus ojos con la promesa en las pupilas,
al sur el bosquejo de tu boca
y los besos robados que acercan los extremos,
como un volcán con su lava incandescente
que nos derrite.
Ana Mercedes Villalobos Ver el archivos adjunto 60367
Tu mirada artesana teje malabares
detrás de tus pupilas,
donde el vacío desdibuja el siglo.
La memoria no sabe de historias
que no llegaron a hilarse,
que murieron antes de ser vividas,
sólo añoran el tacto de la piel
que recubre el silencio
en esta eterna fulguración de mis noches.
No calla la voz, sólo se hace palabras,
versos, caricias en el umbral de los labios.
Desde el otro lado del océano
inician su solitaria travesía,
sobre cada espacio
donde dejaste tu esencia
junto al temblor de tu cuerpo.
En esa orilla naufragan las esperanzas,
nuestras almas no se encontraron,
pasaron por encima de la vida, de los mares
atravesaron el horizonte ajenas a nosotros.
Es posible esa luz en tus ojos,
ese brillo que me enciende
y me convoca,
porque todo comienza desde ti.
Como un tiempo sin manillas,
infinito en la plenitud de mis manos
que se abren a tu risa,
ante cada palabra que adorna tu mirada,
calladas, absolutas, latentes.
Son verano tus brazos que me rescatan de la noche, del abismo, de la soledad
que se vestía con mi piel.
Yo me abrazo a tus versos,
me aferro a cada letra como una rama
que se adentra en el vacío
y se brinda para impedir la caída,
para borrar el dolor de los siglos,
del universo, de la ausencia.
Tu eres el amor,
ese que hace nacer el poema
que ha inspirado mi pluma
que traza e inflama mi lenguaje
y lo hace infinito en estos segundos
pequeño paréntesis,
en que no estás junto a mi.