Domingo de una mañana de invierno,
se supone que hoy era un día en el que podía aprovechar a dormir un poco más de lo habitual, aunque fueran dos horas más de sueño, un par de horas más apartado del mundanal ruido de al otro lado de la ventana a pesar de que fuese domingo pero no, alguien a quien no esperaba ni por imaginación, tubo que presentarse de imprevisto, era él, el incordio del sueño, ¡el desvelo! Había venido hasta mi cama cuando las farolas aún no se habían apagado, el reloj de la mesilla reflejaba las seis y media de la mañana, las tenues luces del parque, las mismas que me acompañan cuando disfruto del silencio en los jardines sentado en un banco, estaban sentadas en la silla de la habitación, el tic-tac no hacía más que turbar al silencio y a mis adormecidos ojos y me estaba empezando a poner nervioso. Me di la vuelta buscando el calor de la almohada, tratando de olvidar al jodío despertador (por no ponerme a quitarle la pila) pero no conseguía reconciliar el sueño y entre que pensaba que hacer y no hacer, me encontré con un café caliente en el estómago, las manos en los bolsillos del abrigo y caminando por solitarias y calladas calles...
¡Qué gusto fue pasear sin ruidos!
El cielo estaba cautivo por nubes anaranjadas, se había despertado una tíbia brisa haciendo danzar la suave llovizna que me acompañaba, había un mirlo asperjándose debajo de un banco y los árboles desnudos, parecían estar llorando más que las propias nubes mientras yo seguía caminando sin importar mojarme... (Me gusta sentir la pureza del agua sobre mi rostro besándome y abrazándome mientras respiro el aroma de la tierra mojada sin perturbar al silencio...) como el tiempo que llega y pasa sigiloso sin darme cuenta hasta que no veo tiznadas de blanco mis sienes. ¡Qué inexorable e implacable es el tiempo, que hace su camino y nadie puede pararle...! ¿Verdad mujer, verdad?
Como tú, como yo, que no fuimos capaces ni con tus manos ni con las mías viendo como se llenaban nuestras vidas de años vacíos.
El tiempo separó nuestros caminos, ya no tengo pasos para otros senderos más que el del errante mientras que tú vas y vienes surcando otras estrellas que a buen seguro serán transitorias. Vas y vienes fingiendo ser otra, con otras risas, con otros gozos queriendo escuchar de bocas hambrientas pero vacías lo que mis labios te decían cuando te besaba y que nunca te detuviste a escucharlos.
De tanto quererte y de esperar tu fuente, mi corazón fue ahogándose y vistiéndose de luto hasta llegar a hacer de su pena, un traje perpetuo. De entre las sombras y el olvido, clamé a tu alma sin saber yo quien era pero tú, oíste, que no escuchaste el dolor de un corazón quebrado, me dijiste adiós sin mirarme para toda la vida y tus palabras, afiladas dagas clavadas en mi pecho, me decían que debía olvidarte... y quizás debiera haberlo hecho, quizás no debí dar luz a mi esperanza ciega para no hacerle sufrir por algo que mi alma sabe que nunca llegará pero al quedarme solo, vienes callada y riente a mi recuerdo y al recordarte puedo sentir la suavidad de tu piel pegada a la mía, el candor de tu mirada alterando mis latidos, el calor de tus labios junto a los míos recuperando cuanto nos privó el tiempo pero al volver a la realidad, lo único que acierto a ver es lo lejos que quedaron aquellos días, aquellos años en los que pudimos reencontrarnos en el tiempo, aquella vida de besos que hoy son preguntas ahogándose en la llovizna. No, ya no puedo encontrarte allí, en el tiempo, donde siempre te busqué con tu nombre... donde siempre estabas ausente.
Si te di mucho o me diste poco, no tiene sentido saberlo e inútiles son los reproches, quizás debiera conformarme con lo que me has dado pero lo que te deba y lo que te guardes, se quedará en el baúl del tiempo.
Y en este amanecer lluvioso de un domingo de invierno, donde no se ve un alma ni se oye trino alguno, ya no importa si muero y tú quedas abajo, el tiempo seguirá pasando sigiloso, tiznando tu cabello, besando tu piel arrugada, y el cielo seguirá llorando a tu paso... hasta borrar la huella de mi ausencia.
Luis
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