Bajé del tren, estaba allí en el muelle, me esperaba...
Me he acercado, he sonreido y le he tendido la mano para saludarle cordialmente y agradecerle por acojerme.
En una fracción de segundo, sin poder decir como, ni por qué, me encuentro en sus brazos, en un abrazo loco e irracional...
Mi rostro en el hueco de su hombro respirando su aroma hasta la embriaguez, mi corazón late, late tan fuertemente que tiemblo. La potencia de sus brazos recorre mi ser con ondas eléctricas...
“¡Soy suya!” esta evidencia se impone en mi mente y me perturba...Él también se estremece pues entiendo que tiene la misma emoción y que comparte el mismo estacamiento mental y que no controla nada. Su boca en mi cabello susurra palabras que no comprendo pero su música se filtra en mí como un recuerdo de antaño. Es como un torbellino de alegría inexplicado que me deja sin aire y pierdo la percepción de mí...
Nuestros besos y nuestras caricias nos han anestesiado, ambos enlazados nos hemos olvidado del tiempo, del espacio y de la realidad.
En un suspiro entrecortado, como si llegara de muy lejos creo oír : “te encontré”
dos palabras que me arrancan lágrimas del corazón.
Como en una tormenta hay ritmos, después de la intensidad eléctrica de los vertices, la lluvia se apacigua, nuestros cuerpos se sosiegan, se rozan, se balancean, se mecen, se casan, se unen, se encuentran ...Se encuentran y se reconocen...¡Silencio de adentro absoluto!...
La razón vuelve y los ruidos de la estación, de los coches y de la gente progresivamente regresan en su sitio alrededor de nosotros. En un desgarro nuestros cuerpos se desenlazan el uno del otro y nos miramos por primera vez:
"Buenos días, me dice sonriendo, encantado de conocerla."
Sin embargo nuestras manos no pueden soltarse y nuestros ojos gritan la misma palabra...
Pues, en un sobresalto de consciencia o de inconsciencia me dice :
"¡Ven!"
16/11/08
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