Pedro Olvera
#ElPincheLirismo
Hace rato que se hizo de noche.
El viejo pescador se remanga los perniles del pijama,
se sienta al borde del colchón y mete los pies en el agua.
Con elegante movimiento de caña arroja el anzuelo invisible;
la tersa piel del mar se rompe y salpica en el piso:
en un instante miles de estrellas ríen y saltan.
El techo podrido está siempre nublado, pero no importa nada
porque las estrellas sonrientes saltan en el piso,
en el mar del piso frente al muelle de madera de la cama.
Hace rato que llegó la madrugada.
El viejo pescador contempla el faro que parpadea en el buró,
pero tampoco hoy se asomará un barco por la ventana.
El hilo tiembla de repente y tiembla también un corazón.
El mar arremolina el piso, las estrellas huyen a los rincones.
Los brazos del viejo reclaman la fuerza del viento;
el pez combatiente reclama la fuerza del mar bravío.
El corazón del hombre y el corazón del pez
se disputan a muerte el mismo aliento.
Hace rato que la ciudad despertó,
pero el hombre no mira el fuego fatuo de las cortinas.
El hombre exhausto contempla su mirada muerta
que fijamente lo mira desde el anzuelo de aire que la traspasa.
En esa pupila inerte una sirena se consume y le grita:
Me has encontrado, ¿qué harás ahora si el mar es afuera?
El viejo contempla las paredes sucias, las botellas vacías,
y devuelve el pez a las aguas tranquilas.
Bajo la sábana, el pescador se aleja despacio sobre la arena.
El viejo pescador se remanga los perniles del pijama,
se sienta al borde del colchón y mete los pies en el agua.
Con elegante movimiento de caña arroja el anzuelo invisible;
la tersa piel del mar se rompe y salpica en el piso:
en un instante miles de estrellas ríen y saltan.
El techo podrido está siempre nublado, pero no importa nada
porque las estrellas sonrientes saltan en el piso,
en el mar del piso frente al muelle de madera de la cama.
Hace rato que llegó la madrugada.
El viejo pescador contempla el faro que parpadea en el buró,
pero tampoco hoy se asomará un barco por la ventana.
El hilo tiembla de repente y tiembla también un corazón.
El mar arremolina el piso, las estrellas huyen a los rincones.
Los brazos del viejo reclaman la fuerza del viento;
el pez combatiente reclama la fuerza del mar bravío.
El corazón del hombre y el corazón del pez
se disputan a muerte el mismo aliento.
Hace rato que la ciudad despertó,
pero el hombre no mira el fuego fatuo de las cortinas.
El hombre exhausto contempla su mirada muerta
que fijamente lo mira desde el anzuelo de aire que la traspasa.
En esa pupila inerte una sirena se consume y le grita:
Me has encontrado, ¿qué harás ahora si el mar es afuera?
El viejo contempla las paredes sucias, las botellas vacías,
y devuelve el pez a las aguas tranquilas.
Bajo la sábana, el pescador se aleja despacio sobre la arena.
4 de junio de 2020